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Si los besos curaran

una historia conmovedora

Si los besos curaran

Pedro Solís, ganador del Goya al Mejor Corto de Animación, describe su vida junto a su hijo, aquejado de parálisis cerebral en grado severo

20.02.11 - 09:13 -
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Pedro Solís junto a su hijo Nicolás. Fotos y vídeo: José Ramón Ladra
Las grandes frases se dicen sin avisar. A Pedro Solís le salió de los adentros durante la gala de los premios Goya, como una salva de cañonazos y entre el ruido de la Ley Sinde y otras batallas. Recogía el Goya al Mejor Corto de Animación, cuando, entre los agradecimientos y las retahílas que nadie escucha, coló una bomba en los corazones del público: «Para mi hijo Nicolás, porque la vida se lo ha puesto difícil desde que nació y porque si los besos curaran, sería el niño más sano del mundo. Gracias».
Se lo dice siempre su abuela Filo: «Si los besos curaran...». Cuatro palabras. Podrían ser el clímax de una película, el inicio de una novela, la inscripción en la fachada de un gran palacio o un microcuento en sí mismas, si no fueran la cruda y a la vez bellísima realidad de la vida de una persona de 7 años que no habla, que ríe a su manera, que tiene unas manos de pianista que no puede usar y que no es capaz de tenerse en pie sobre sus pantorrillas sin ayuda.
Recibe en brazos de su padre en el salón del piso de Guadalajara en cuyas paredes se intuyen muchas lágrimas, algunas sonrisas y toneladas de cariño. Pedro, de 42 años, y Lola Gómez, su mujer, de 39, son la carantoña que no cesa, trufada de frases que calientan la noche fría de febrero en La Alcarria. «¿Qué te pasa subcampeón? Porque subcampeón es mucho mejor que ser campeón. Suena mucho mejor», le dice Pedro a su hijo, constantemente recostado sobre sus regazos.
Tiene parálisis cerebral en grado severo. No se mueve con coordinación y es dependiente, pero sonríe. «Se comunica con gestos. Se ríe a carcajadas cuando juega, y si se aburre, te llama», explica su madre. La vida se le torció a Nico el 9 de diciembre de 2004. Lola hacía las compras de Navidad con una amiga en Guadalajara cuando sintió un dolor raro. Sabía por experiencia que no eran contracciones, ya había sido madre de Alejandra, la mayor, de 12 años. La placenta se desprendió y cuando llegaron al hospital Lola había perdido mucha sangre. La ingresaron en la UCI y al cerebro de Nico le faltó el oxígeno suficiente como para marcar el resto de su vida.
El resultado se llama leucomalacia bilateral, una alteración de la sustancia blanca de su cerebro. «Su cabeza es una máquina de escribir en la que, si tocas una tecla, tocas todas a la vez. Su cerebro pone a la vez en marcha el bíceps y el tríceps, que son músculos antagónicos. Por eso está en tensión», describe su padre.
Pedro estaba en Madrid cuando tuvo noticias del parto. Al llegar al hospital, supo de lo sucedido... a medias. «Me dijeron que venía cortito de oxígeno, pero que se estaba recuperando. A las horas, me llamaron porque no respiraba bien y hacía movimientos raros». El cuento arrancó triste: «Llegas allí y ves a una ranita llena de cables rodeada de enfermeras guapetonas...».
La moraleja
La biografía de Solís tiene conexiones especiales, como las neuronas de Nico. En la sala del hospital se sintió como cuando Santiago Segura dijo su nombre como ganador del Goya: «Fue algo parecido. Sentí que esas cosas sólo pasaban en las películas, que no era yo el que estaba allí y que mi vida iba a cambiar radicalmente desde ese mismo momento».
Acostumbrado a llevar a la gente que quiere en brazos, no soltó la estatuilla en toda la noche. El premio había llegado por sus méritos en el corto de animación 'La Bruxa', trabajado mano a mano con su hermano Juan Solís –supervisor de personajes de la productora Ilion, los de 'Planet 51'–. Cuenta la historia de una simpática hechicera que hace lo imposible por conseguir el amor y decide convertir a su sapo en un príncipe que, cuando llega, prefiere a un barbudo gasolinero.
El guión lleva en su adn la historia de Pedro y Nicolás. Todo comenzó quince días antes de aquel puñetero 9 de diciembre. Cenaban con unos amigos y la pareja comentaba, en tono de broma, que ellos siempre habían querido una niña más. «Dije que no quería estar pendiente las noches de fin de semana de un hijo que se fuera de botellón y a hacer tonterías con el coche para impresionar a las tías». Cuando en el hospital le comunicaron el estado de su hijo, se dio cuenta de que al fin y al cabo, había conseguido que «no fuera de botellón y que nunca hiciera el tonto con el coche». Y surgió la moraleja: «Cuidado con lo que deseas», pensó, y la idea resultó la espina dorsal del cortometraje. ¿Es este un cuento agridulce? Solís arquea las cejas, aprieta los labios, no dice nada. «Hombre, cuando sonríe te sientes feliz, pero...». Y resopla.
De momento, Solís se dedica a vivir, porque después de la sorpresa, vino otra sorpresa más. Nico necesitaba de todo y en la cesta de los recursos había muy poco: al margen de la economía familiar, en la cuenta del 'haber' figuraba una ayuda de 48 euros por parte del Estado. No llegaba ni para una sesión de terapia del niño. «Yo no entendía nada. Vi la cantidad de medios personales, técnicos y de formación que se emplearon para sacar adelante a Nico y después, no me daban los medios para atender a ese niño. Te llegas a plantear hasta qué punto es ético y en qué tipo de país vivimos». La factura sentimental del problema de Nico sólo la conoce su familia. La bancaria, asusta. 3.000 euros de silla, 600 de un asiento de gomaespuma, las férulas que hay que cambiar constantemente cuando crece, fisio, terapias... «Afortunadamente, ahora contamos con una ayuda por la Ley de Dependencia –les llegan 500 euros mensuales– y la Fundación Nipace de Guadalajara –Fundacionnipace.org– que trae tratamientos como el Therasuit». Se trata de un traje que se utiliza en Estados Unidos para tratar desórdenes sensoriales y neuronales y que se usaba para rehabilitar a los astronautas rusos a la vuelta del espacio. Ahora niños de todo el mundo acuden a Guadalajara para mejorar con este tratamiento.
Está harto de médicos. Piensa que cualquier extraño es uno de esos que terminan por manipular y molestar su pequeño cuerpo. ¡Un médico! Nico se asusta del flash y se tensa ante el ruido de la cámara de fotos, que dispara como una metralleta para captar la ingente ternura que llena el salón de este piso de Guadalajara. Está cansado. Lleva un día agotador: de nueve a tres va al colegio, después a comer a casa, una siesta relámpago y a terapia: fisioterapia, osteoterapia, hidroterapias. Eso, un día normal, cuando no sufre una crisis, ni tiene que acudir al hospital con una bronquitis.
Chocolate y foie
En el tratamiento hay mucha ciencia y cierto ingenio. Cuando Nico no puede toser, basta con que tome un trocito de mortadela. La adora. También le gustan el chocolate y el foie. «No sabes tú nada...», le dice su madre.
El teléfono no para de sonar con enhorabuenas y felicitaciones por el Goya que reposa en un aparador del salón y por la sentencia del premiado, que sigue trabajando en el largometraje 'Tadeo Jones, la película', un personaje que ya obtuvo un Goya. No sabe si el premio de la semana pasada marcará un hito en su carrera, un biografía que acostumbra a dibujar meandros, si no quiebros, cada cierto tiempo. Solís comenzó su vida laboral como técnico en una empresa de mantenimiento y junto a su hermano Juan se metió poco a poco en el mundo de la modelación 3D. Con éxito. Terminó trabajando en los juegos 'Comandos' y 'Imagina ser diseñadora de moda', el más vendido en España. Luego la vida le hizo ser padre de un niño con problemas, su nueva profesión.
–¿Y el futuro?
–No lo sé. Miras por ese agujero y da mucho miedo. Preferimos no abrir esa puerta, porque asusta. En esta casa vivimos como Johny Rambo: «Día a día, señor».
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