La segunda juventud de los tamborileros extremeños

En plena clase. El aula reúne a alumnos de entre 8 años (Víctor, a la izquierda, y a su lado Álvaro, de 12) y más de setenta. :: ANDY SOLÉ/
En plena clase. El aula reúne a alumnos de entre 8 años (Víctor, a la izquierda, y a su lado Álvaro, de 12) y más de setenta. :: ANDY SOLÉ

La música tradicional recobra en Las Hurdes el protagonismo perdido y vuelve a ser vista con orgullo

Antonio J. Armero
ANTONIO J. ARMEROCáceres

Los martes por la tarde, Mesegal multiplica por dos su población. «¿Cuánta gente duerme aquí cada noche?». El alcalde, en un ejercicio de rigor que para sí quisiera el Instituto Nacional de Estadística, mira hacia arriba y señala casas con los dedos. «Cuatro allí, tres en aquella otra, dos, cuatro, otros tres, dos más... Veintiocho». O sea, dos menos que el total de alumnos matriculados en el segundo curso de la escuela de tamborileros. Aprendices de entre ocho y setenta y tantos años que cada martes, a las siete de la tarde, se juntan en la biblioteca municipal para seguir el paso que les marca Nano Jiménez, hijo y nieto de tamborileros, admirador de tío Jesús ‘Carca’ y tío Ezequiel ‘el alguacil’. Estamos en Las Hurdes, y aquí, a la gente se le sigue mencionando con el tío por delante y el apodo por detrás.

Las tradiciones se respetan. Y algunas resurgen, en un síntoma de que algo está cambiando. «Hemos tenido unos años en los que había gente a la que le daba como vergüenza esto de la flauta y el tamboril, pero eso está desapareciendo», dice uno de los alumnos. Y lo refrenda Nano, el profesor. «Se está recuperando para las bodas en vez de contratar orquestas o charangas, y hasta se están haciendo otra vez las alboradas –cuenta–, al modo en que se han hecho toda la vida». O sea: a las cuatro de la mañana del día antes de la boda, el tamborilero acude a casa de la novia a romper el silencio sin miramientos, acompañado por la familia del novio. En la segunda estación, los parientes de la novia van con el músico allí donde vive el novio. Y en la tercera les toca a los padrinos. Así se hacía antiguamente y de este modo se vuelve a hacer ahora.

La ilusión de aprender

Ese orgullo resucitado está enterrando complejos y explica que aparte de los treinta matriculados, haya también más de sesenta personas en lista de espera. Casar de Palomero, Caminomorisco, Pinofranqueado, Aceituna, Cabezo... Desde todos estos sitios viaja gente hasta Mesegal cada martes por la tarde. Desde Casares de Hurdes (a 45 minutos por carretera) viaja Ismael (71 años). La clase empieza a las siete, pero él llega a las cinco. «Lo primero que hago es tomarme un café en Pino (Pinofranqueado), y luego me quedo en el coche tocando».

Lo hace con la flauta y con uno de los seis tamboriles que tiene. No con su favorito, claro está. Ese, un regalo de sus tres hijas, «lo reservo para las fiestas grandes», explica el hombre, que tiene otro tamboril que suena tan bien que se lo quiso comprar uno de Zamora. No lo vendió. Esta herramienta, tan ligada a esta zona en la que Extremadura se junta con Castilla y León, es un tercio del equipaje del tamborilero. Las otras dos partes son para la flauta y la cachiporra (el palo de madera con punta redondeada que sirve para golpear el tamboril).

En las clases, quien sirve el primer cachiporrazo, el que da la entrada a los demás, «el pequeño maestro» como le llaman sus compañeros, es Víctor Sevillano, de Marchagaz. Tiene ocho años y el mismo apellido que Huecco, el famoso cantante originario de esta comarca cacereña en la que mantiene casa y negocio. «Mi padre me comunicó que había este curso y yo me apunté porque la tradición de los tamborileros estaba desapareciendo y no quiero que se pierda», justifica el pequeño, con la propiedad y el academicismo de un catedrático en miniatura.

«Cuando hace buen tiempo, la gente del pueblo se sienta frente a la escuela a escuchar la clase», cuenta el alcalde

«Nos piden que toquemos el Redoble. Solo la hemos visto en dos o tres clases, así que vamos a hacerlo bien, ¿vale?». Nano Jiménez motiva al grupo. Víctor ‘el pequeño maestro’ da los primeros toques, le sigue el profesor y luego el resto. Y los alumnos del curso de tamborileros interpretan ese segundo himno extremeño con pulcritud. Y luego ‘Picao jurdano’ con el mismo acierto.

–«Suena bien de verdad, alcalde». –«Muy bien», certifica José Luis Azabal, regidor socialista de Pinofranqueado, municipio del que dependen Mesegal y otras nueve alquerías. Entre ellas, Avellanar, donde viven siete personas, y Ovejuela o Erías, que están por encima del medio centenar.

Para poder hablar hay que abandonar el aula, porque 19 tamboriles y flautas –no todos los días acuden todos los alumnos– sonando a la vez inundan la habitación, por mucho que se atemperen. Fuera llueve y hace frío. Con el buen tiempo, cuenta el alcalde, la gente se arremolina frente al local que hace de escuela. Se quedan allí escuchando. Jóvenes y mayores, hombres y mujeres. Como en las clases. «Yo me apunté porque me gusta muchísimo el tamboril, y lo he tocado de siempre aunque no tuviera ni idea», dice Feli Martín de Cáceres (66 años, de Pinofranqueado).

«No me gusta faltar a clase»

Ella es una de las seis mujeres entre la treintena de alumnos. El día antes de la clase hizo un viaje largo, pero da igual. No hay pereza. «Vine de Ibiza, que hemos estado allí de vacaciones, pero es que no me gusta faltar a las clases», explica. Pocas cosas, más allá del cuidado de los nietos, hacen que se pierda una lección de Nano, el profesor que conoció la flauta y el tamboril más bien tarde. «Lo recuerdo perfectamente –comienza–. Estaba trabajando, haciendo la residencia de ancianos de mi pueblo, Casar de Palomero, cuando escuché un bando municipal en el que se informaba de que empezaban las clases de tamborilero, con Santiago Béjar ‘El picardía’ –un referente en la materia–, y para allá me fui». «Nada más llegar –continúa– me dio una gaita, y yo le decía ‘Que no, que yo no tengo ni idea’. Pero nada, él insistió en dármela. A la hora salí de allí tocando una canción. Nos apuntamos a ese curso treinta, y al final me quedé yo solo. Se suspendieron las clases, y para seguir aprendiendo me tuve que ir a Plasencia (a sesenta kilómetros), a la Universidad Popular».

«Llego a la clase dos horas antes de que empiece, me tomo un café y me quedo en el coche tocando» ISMAEL, 71 AÑOS

«Me apunté porque no quiero que se pierda la tradición de los tamborileros» Víctor Sevillano 8 años

«Me gusta muchísimo el tamboril, lo toco desde siempre, por eso me inscribí» FELI MARTÍN, 66 AÑOS

«Lo más difícil es coordinarse al tocar los dos instrumentos al mismo tiempo» PEDRO DOMÍNGUEZ, ALUMNO

Ahí, en algunas universidades populares del norte extremeño, está la otra vía habitual para aprender a manejar estos dos instrumentos. Al margen de ellas, en Extremadura no hay más escuela municipal que la de Mesegal, por donde pasa buena parte del futuro del gremio de tamborileros de la región. «Queremos recuperar tradiciones que se estaban perdiendo un poco», argumenta José Luis Azabal, que anuncia la próxima novedad. «En septiembre –avanza el alcalde Pinofranqueado–, empezaremos con las clases de las danzas que suelen acompañar a los tamborileros». Y Nano Jiménez apuntala: «Con esta escuela se va a garantizar que siga habiendo tamborileros», afirma el profesor, que al hablar del oficio, cita al musicólogo placentino Manuel García Matos. «Gracias a él yo puedo ir a tocar a una procesión a Cadalso e interpretar una serie de canciones, y luego ir a otra en Aceituna y cambiar el repertorio, porque él se encargó de recoger muchísima información sobre las canciones más típicas de cada lugar». También menciona a Juanín Sánchez y Ángel Domínguez, «los dos de Valdeobispo, profesores de música, que idearon un programa que nos permite pasar las partituras originales al formato midi».

Dos de las seis alumnas que tiene la escuela. :: andy solé
Dos de las seis alumnas que tiene la escuela. :: andy solé

Algunas de esas partituras están sobre la mesa en torno a la que se van colocando los alumnos, todos de pie, con el tamboril colgado al cuello, la flauta en una mano y la cachiporra en la otra. En folios plastificados están ‘El redoble’, ‘En casa de tío Vicente’, ‘Ya se murió el burro’, ‘Si me muero que me entierren’... «Ya sabemos tocar seis o siete canciones», presume Pedro Domínguez, que se aficionó a este tipo de música «viendo a tío Jesús ‘Carca’ y a tío Ezequiel El alguacil’ tocando ‘La velá’». «La flauta –advierte Pedro– tiene solo tres agujeros, pero ojo que para saber manejarla...». «Aunque lo más difícil –añade– es coordinar la flauta con el tamboril, tocar las dos cosas a la vez».

Para tratar de facilitar la tarea, la Diputación de Cáceres regaló a la escuela treinta tamboriles y treinta cachiporras. La presidenta viajó hasta Mesegal para entregar el material hace un mes. Aquel día, Nano Jiménez dijo que la escuela en la que él ejerce como profesor «es muy importante para implicar a hombres y mujeres en que nada de lo nuestro desaparezca, porque el tamboril –planteó– es tan nuestro como lo son nuestras montañas, nuestro ríos o nuestras gargantas».

Ese paisaje que ahora está verde. Y que a las ocho de la tarde huele a leña quemada. Visto desde lo alto de una calle en cuesta, ese verde aparece detrás de los tejados de pizarra, otra de las señas de identidad de esta tierra. Quizás por eso, también aparecen en la charla costumbrista previa a la clase. Un alumno los menciona para reflexionar sobre el pasado y el presente, y a su lado, otro asiente con la cabeza. «Durante unos años –apunta–, con los tamborileros ha pasado un poco como con los tejados de lanchas (de pizarra), que la gente no los quería porque parecía que se identificaban con algo negativo. Pero eso ya no pasa».

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