La Encamisá viste Torrejoncillo de fervientes vítores a María Inmaculada

La Encamisá viste Torrejoncillo de fervientes vítores a María Inmaculada

Unas 10.000 personas viven con pasión la celebración de esta fiesta de Interés Turístico de Extremadura

CHRISTIAN MORENO CANALO

Mañana serena y fría con la que amanecía Torrejoncillo en su día más grande. El ir y venir de sus gentes hacía presagiar que no era un día cualquiera. Caballos trotando por sus calles mostraban una estampa más propia de otras épocas. Torrejoncillo lucía sus mejores galas para celebrar su Encamisá. Desde primera hora de la mañana, en casa de Antonio Crespo se ultimaban los detalles para que todo saliese a pedir de boca. Antonio tenía ante sí la responsabilidad de la mayordomía y en ella se han volcado él y su familia durante el último año. De oficio hostelero, para él esta iba a ser una Encamisá diferente.

En cada plazuela se iba amontonando la leña de encina para apaciguar el frío de la noche. Allí donde los vecinos no hubiesen podido hacer acopio de ella, fue una comitiva mandada por el mayordomo, quienes la fueron dejando. Desde la Plaza Mayor y con vista a Barrionuevo se podía contemplar un reguero de gente comenzando el acto de ‘andar la Encamisá’. En las casas iban quedando ya pocos detalles que ultimar: coquillos y vino de la tierra para recibir a familiares y amigos, las sábanas planchadas y listas para engalanar al jinete, los cartuchos preparados en la mochila y los nervios a flor de piel.

La penúltima novena se adelantaba de hora. Los minutos se iban agotando y cada vez estaban más cerca las agujas del reloj marcando las diez. Alrededor de 250 jinetes fueron pasando uno a uno a recoger el farol que portaron durante la procesión. Entre ellos había expertos caballistas que no faltan a esta cita. Las puertas de la Iglesia de San Andrés Apóstol comenzaron a recibir a propios y extraños. Aún faltaban diez minutos para la salida del estandarte y en la plaza no cabía un alfiler. Los escopeteros se agolpaban a los pies del atrio de la iglesia lanzando salvas y esperando el momento culmen de la fiesta.

Antonio Crespo, acompañado de sus hijos Pedro y Daniel, hacían su entrada en la plaza. Tras ellos los demás jinetes con sus sábanas blancas y sus faroles, representando aquel ejército que tras la batalla de Pavía agradecía a María Inmaculada los resultados de la misma, según cuenta la leyenda. Después de doce años de espera, Antonio vería cumplido su sueño de ser mayordomo de la Encamisá. A las diez en punto las puertas de la iglesia se abrían y las gargantas de los torrejoncillanos comenzaron a lanzar vivas a María. Entre la multitud se abrían paso la comitiva de Paladines de la Encamisá, quienes arropaban a Vicente Torres, encargado de llevar el estandarte a manos de Antonio Crespo. Un minuto escaso de tiempo cargado de fervor, de sentimientos, de recuerdos y nostalgia. Y por fin Antonio recibía el estandarte entre vítores y salvas. Tras cedérselo a sus hijos daba comienzo la procesión por las calles de la localidad.

Procesión

Poco a poco el público iba saliendo de la Plaza Mayor e iniciaban la marcha hacia diferentes puntos de la procesión. A la altura de Barrionuevo un grupo de amigos espera para ver el paso del estandarte. Torrejoncillanos que un día decidieron marchar en busca de trabajo y que cada 7 de diciembre no faltan a su cita con la Encamisá, como son los casos que cuentan Francisco Martín y Raúl Hernández. Avanzaba la procesión y con ella otras de las costumbres de esta festividad. Las primeras jachas empezaban a arder. Llegando a la sede de los paladines la procesión hizo un alto ante un inmenso arco donde arrancó una rueda de fuegos artificiales. Tras esto, los jinetes se adentraban en las calles más tradicionales e históricas de la localidad, donde el entramado urbano es típico de otras épocas. La procesión iba llegando a su fin y en la casa del mayordomo se encontraron con otro arco adornado para la ocasión y donde se había instalado otra rueda de fuegos artificiales.

Crespo había cumplido su cometido y el estandarte de María Inmaculada volvía a la Iglesia de San Andrés tras vítores y salvas de un pueblo que se entrega en esta festividad. Ya dentro de la iglesia una marea humana acompañaba al estandarte hasta el altar mayor. El Salve Regina hizo acto de presencia y en esta ocasión se pudo escuchar tanto dentro del templo como en los exteriores. Una vez finalizado, los asistentes se convidaron con el dulce típico de la fiesta, el coquillo, acompañado de un vino de la tierra.

Torrejoncillo ha vuelto a demostrar su fervor por María y los más de 10.000 visitantes han sido testigos. Hoy se celebra el Día de la Pura con una misa en la iglesia parroquial y una procesión, mientras que a las 16.30 horas será la finalización del Novenario en la citada iglesia y la posterior salida en procesión de La Pura.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos