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No hay piedad para el Jarramplas

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El Jarramplas, rey de la fiesta declarada de interés turístico nacional a finales del año 2014, recorre el pueblo. :: d. palma
  • Cientos de piornalegos persiguen por el pueblo a golpe de nabo al protagonista de su fiesta grande

No hay piedad en el castigo de Piornal a su Jarramplas. En un garaje, Alejandro termina de quitarse la máscara cónica, nariguda y con cuernos con la que acaba de pasearse por el pueblo, perseguido a nabazo limpio. «El inhalador, Alejandro, ¿dónde lo tienes?», le pregunta su madre. «No te preocupes, por ahí estará», contesta él. Acaba de quitarse de encima los cuarenta kilos que pesa el traje, se pone un forro polar sobre la camiseta y se recuesta sobre una barra, con una botella de agua en la mano. «Déjame que coja un poco de aire», pide. No tiene dolores, asegura. Sí una sonrisa gigante en la cara y los ojos húmedos y rojos. «Lo que a mí me preocupaba todo el rato era que tiene lentillas», explica la madre del segundo Jarramplas de la mañana, que ayer aguantó como si tal cosa el bombardeo a base de la recia hortaliza.

«Saldrán hoy 19 o 20 como él», comenta en esa misma estancia Ernesto Agudíez, alcalde socialista de la localidad (1.555 habitantes) pero ayer uno más entre los lanzadores de misiles comestibles, en el primer día de la fiesta grande del pueblo. En la calle -seis grados a las diez de la mañana, o sea, poco frío para un enero en el pueblo más alto de Extremadura (1.175 metros)-, los vecinos esperan a que otro paisano tome el relevo a Alejandro y salga a la calle para el linchamiento hortícola. El primero en hacerlo, cuando aún no eran las diez, fue Armando Vicente, 30 años, en paro, hijo, nieto y hermano de Jarramplas. Él se apuntó para serlo hace diez años. O sea, el 19 de enero de 2016 estaba en su cabeza desde hace una década.

«Me costó dormirme»

«Serían las once y media cuando me fui a la cama, pero me costó dormirme», cuenta a la puerta de la cocina que hay en este otro garaje, un espacio dominado por el trasiego de gente bien abrigada que pasa ofreciendo un café, un chocolate o una papeleta para un sorteo. «Miedo no tengo, respeto sí», resume Armando, el protagonista, al que ya reclaman para ir a vestirse. Él es el Jarramplas 2016, el rey de la fiesta, y no le quitan el ojo de encima su familia, sus amigos y los mayordomos, que son catorce y corren con los gastos de la fiesta. Unos ocho mil euros han tenido que pagar entre todos.

Cuatro personas ayudan a Vicente a vestirse. Lleva una armadura que no se inmuta al golpearla con los nudillos. Es de fibra de vidrio. La experiencia pionera del año pasado con la fibra de carbono resultó un fiasco, porque la pieza acabó rajada, así que toca volver a lo de antes. Lleva también coderas, rodilleras, espinilleras, guantes, coquilla... No hay un centímetro de su cuerpo que quede al aire libre. Lo último que se pone es la máscara. Se la coloca, traspasa la puerta del garaje y empieza la primera batalla del día.

«¡Vamos, Nandi!», le gritan. Y Nandi, con el tamboril y las cachiporras, sigue su recorrido. De camino a la casa de cultura, se para varias veces, la espalda contra una pared o una puerta. En ese momento, él es una diana humana muy apetecible para quien lleva un buen nabo en la mano y tiene ganas de fiesta. Resulta facilísimo acertar con el lanzamiento si antes se ha conseguido un buen sitio para disparar. Entre los golpes que recibe el protagonista, algunos llegan con tanta velocidad que le mueven la cabeza. Y hay quien le dispara con toda la fuerza de la que es capaz y a un paso de él, arriesgándose a que le caiga el tiro de alguien escaso de puntería. En realidad, cualquiera que no mantenga una distancia prudente se expone al impacto de un nabo perdido. Y son duros.

Es una guerra a la que el Jarramplas acude con gusto. Más aún: él mismo incita a la gente. Lo hace bailando, parándose y arengando con las manos, apoyándose en cualquier sitio y bajando la cabeza en señal de sometimiento. Incluso sentándose de rodillas en el suelo con los brazos en cruz.

«Cuando duele es al día siguiente», cuenta Armando Vicente, que ayer solo salió una vez a recibir golpes. Un rato después, ya con otro joven del pueblo haciendo de blanco humano, no se le vio agacharse a coger un nabo. «No, no vaya a ser que me lleve algún golpe y no pueda salir mañana», explica. Para él es un honor ser el centro de atención. Para cualquier piornalego lo es. De no ser así, no habría una lista de espera para ser Jarramplas que llega hasta el año 2034. Anteayer fue al Ayuntamiento una madre para apuntar a su hijo de catorce años.

Quizás para entonces, la meteorología se apiade mínimamente de él y le regale una mala cosecha de esta planta, como ha sido el caso de este año. En todas las calles del centro de Piornal había ayer montañas de nabos en el suelo, para que los lanzadores se fueran surtiendo. Cada poco, además, una ratona atraviesa el centro del pueblo haciendo sonar su claxon. Va hasta las trancas de más misiles redondos. Los de este año no son como los de otras veces, comentaba ayer más de un asiduo a la celebración. No abundan los de extraordinarias proporciones y son mayoría los de tamaño normal. Y además, no todos son extremeños. Los mejores para la fiesta se cultivan en Jarandilla de La Vera, pero en esta ocasión ha habido que traerlos de Segovia.

Tampoco importa mucho. Las provisiones dieron para castigar bien a los jarramplas que ayer se sometieron a sus vecinos. Hoy será otra vez el turno de Armando Vicente, al que ayer, al finalizar su primer y único paseo -el que abrió la caja de los nabos en este año-, le hicieron lo que a los demás: quitarle la máscara, auparle y zarandearle un rato. Y él, contento. Con el pelo y la cara salpicados de pequeños trocitos de nabos, pero sonriente y orgulloso del castigo recibido. Porque en esta lapidación vegetal hay mucha gente que se lo pasa en grande, pero el más feliz de todos es el lapidado.