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Los caballos más salvajes de Europa trotan en el Jerte

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La zoóloga especializada en Etología, junto a un grupo de los pottokas que tiene campando a sus anchas por los montes de Piornal. / ANDY SOLÉ

  • «Todo esto es guapísimo», dice Lucy Rees, galesa que cría ‘pottokas’ vascos en Piornal

En el mundo favorito de Lucy Rees hay infames pistas forestales que ella salva conduciendo su pequeño todoterreno Suzuki como si fuera un tanque Panzer. Hay también caminatas a pie entre brezales de metro y medio que patean las espinillas. Hay eso y hay unos cigarrillos extrañamente delgados, de tabaco de liar de la marca Pueblo.

Se hace uno y se lo enciende ahora, justo después de vivir el momento que explica qué hace una mujer como ella en un sitio como este. Después de tres horas dando tumbos en el coche, aparece el grupo de ‘pottokas’ que ella quería. Para el motor y se baja. Son un macho, una yegua y un potro. Lucy se acerca al caballo caminando despacio, hablándole en voz baja, en galés e inglés. Pasa por delante de su cara, casi rozándole. Le rodea, se acerca a unos tres metros de donde está el potro y se sienta sobre la hojarasca seca. El potro se le acerca a paso lento. Quiere curiosear. La huele. Recula un paso y vuelve a acercar su hocico al brazo. La escena termina cuando el macho baja su cabeza con las orejas hacia atrás, que según cuenta ella, una eminencia mundial en este tipo de cuestiones, viene a ser como si le dijera «Bueno, ya está bien, largo de ahí chaval».

¿Qué edad tiene? «72. Los cumplo el lunes. Pero yo a veces pienso que tengo 29 y otras que tengo 129». Contesta y se ríe a carcajadas. Lo hace con una frecuencia saludable. Lucy Rees, galesa, sin hijos, es zoóloga especialista en Neurofiosiología, Neuroanatomía y Etología, además de escritora de novelas y ensayos y experta en doma equina natural. Y ahora cría caballos salvajes vascos en el norte de Cáceres.

En dos películas

El resumen de su vida en un párrafo da como resultado una extravagancia, que se agranda conforme se van añadiendo detalles. Habla seis idiomas (inglés, galés, portugués, español, francés y uno africano); ha protagonizado dos películas –en ‘To ride a wild horse’ (’Montar un caballo salvaje’) que rodó en 1987 para la HTV holandesa, capturó en el desierto de Arizona y domó a un semental salvaje de la raza mustang–; fue editora de la revista ‘Mountain’ (sobre escalada); vivió diez años en una caravana; se cargó un Citröen Saxo a base de hacerle kilómetros por caminos de cabras y una de las palabras que más repite es «guapísimo».

«Adoro este paisaje, adoro ‘pottokas’, todo esto es guapísimo». Su frase gana sentido cuando se tiene claro que Rees podría haber ido a parar a donde le hubiera dado la gana. A cualquier sitio del mundo. Tras criarse con sus abuelos en el sur de Inglaterra, estudió Zoología en la universidad de Londres primero y luego en la de Sussex, dio cursos en Irlanda, Estados Unidos y Portugal y vivió en África, en Venezuela, en Holanda... Según cuenta en su web, de joven «montó una hípica un tanto atípica en las montañas de Snowdonia (Gales), donde empezó a domar los caballos cerriles de aquella sierra, ganando fama por su especial trato con los caballos con problemas». Empezaron a llamarla de un país y de otro y así comenzó una vida de viajera que continúa hoy, diez años después de encontrar el último sitio de sus deseos.

Como para tanta gente fuera de lo común, ese lugar es La Vera. En concreto, Arroyomolinos de La Vera (474 habitantes). Ahí está su casa, que incluye un nido de golondrinas en el salón. «Un día salí sin haber cerrado la ventana –se explica–, cuando volví me encontré a las golondrinas y ya no fui capaz de sacarlas de allí».

Hasta esta comarca verde y sobrada de agua, a dos horas en coche de Madrid, llegó hace diez años de casualidad. «Creo que fue porque alguien me invitó», acierta a recordar. Se instaló, y al cabo del tiempo encontró a unos pocos kilómetros el lugar perfecto para desarrollar el proyecto que la tiene entusiasmada.

Asentada en Piornal

Ese sitio del que espera no moverse son los paisajes de Piornal, el pueblo más alto de Extremadura. Hace seis años, soltó trece caballos salvajes en estos campos a mil metros de altitud que piden a gritos un invierno lluvioso. Trece ‘pottokas’, una raza salvaje, originaria del País Vasco y que llegó a la Península Ibérica en el Paleolítico. «Los pottokas son vascos, son muy duraderos», dice y se ríe.

Rees acaricia a uno de sus caballos salvajes.

Rees acaricia a uno de sus caballos salvajes. / Andy Solé

Aquellos primeros han ido criando y ahora tiene una treintena, que viven a sus anchas en un cercado gigantesco. «Esa es una de las razones por las que acabé aquí –cuenta–, no es fácil encontrar en España 1.200 hectáreas de campo, y además aquí encontré un alcalde genial». Ernesto Agudíez, socialista treintañero al frente del ayuntamiento de Piornal (1.549 vecinos), le puso las cosas fáciles. Rees paga dos mil euros al año para que sus pottokas puedan vivir en libertad en un territorio abrupto, sobrado de pendientes y que regala fotogénicas puestas de sol.

La administración autónomica, por el contrario, le pone más trabajas, cuenta ella. Le obliga a colocar microchips a los caballos salvajes, como si fueran vacas, ovejas o cabras. Una servidumbre oficial que en su caso, requiere una operación compleja y algo aún peor: tener que tocar a sus ‘pottokas’, imponerse a ellos, que la voluntad humana gane a la animal. Eso choca no ya con su ideario de etóloga, sino con su filosofía de vida. «La palabra domar no significar dominar, sino domesticar, esto debemos metérnoslo en la cabeza», resume esta septuagenaria con espíritu de veinteañera que no hace deporte porque no le hace falta. «Es increíble verla correr detrás de los caballos por el campo», cuenta el alcalde de Piornal (a cuarenta kilómetros de Plasencia), que a estas alturas del año debería estar rodeado de nieve.

Este año no hay rastro de blanco. Ni siquiera ha hecho frío. «Me da mucho miedo esto, tiene que llover, porque si no, los caballos van a quedarse sin comida ni bebida».

Este asunto, el de la alimentación, es una de las claves que permiten a Lucy Rees definir su proyecto en el norte de Cáceres como «la única reserva de caballos salvajes que hay en Europa». En otros sitios del país y del continente hay caballos salvajes, pero es habitual que con más o menos periocidad, alguien recorra los parajes en los que viven echándoles comida. Y es igualmente frecuente, añade, que se separe a los machos del resto del grupo. O sea, la mano del hombre interviene, de manera que se desvirtúa el comportamiento primigenio de esta especie. Ella pone un ejemplo. «Echarles pienso o heno –apunta– significa que empezarán a pelearse por la comida, se fomentará su carácter competitivo, algo que no está en la esencia del caballo, que es un animal de espíritu anárquico, que vive en grupos en los que no manda nadie, porque eso de la yegua líder de la que suele hablar la gente del mundo del caballo es pura ficción».

Este tipo de planteamientos figuran en ‘La mente del caballo’, un ensayo de Rees que muchos consideran una referencia en todo lo que tiene que ver con estos animales. Un catecismo zoológico que seguro conocen bien los alumnos de media Europa que ella lleva años recibiendo en Extremadura. «Vienen de Reino Unido, de Francia, de Alemania, de Dinamarca...», desgrana mientras conduce.

Las claves de su proyecto

Ahí, en esas visitas de gente interesada por comprender la mente del caballo y por aprender los secretos de la doma natural, está buena parte de la clave del proyecto que la galesa ha puesto en marcha. «Es increíble –argumenta– que haya gente que pase tres años estudiando etología equina y solo haya visto caballos metidos en un cercado, es como si un experto en aves solo hubiera visto pájaros en jaulas».

El año pasado dio cursos en Badajoz, Plasencia, Piornal, Segovia, Alicante, Soto del Real (Madrid), Albanyá (Gerona), Solsona (Lérida), Ronda (Málaga), Mallorca, Menorca, Holanda... «Ahora viajo bastante a Latinoamérica, que es un sitio que me gusta mucho, es muy interesante porque hay muchas ‘mini-culturas’ diferentes», cuenta Lucy con un café con leche en la mano, en la barra de un bar de Piornal. Su español incluye palabras cultas, tacos, términos científicos, dichos populares... Parece del todo instalada en un escenario que le resulta cómodo.

Cuenta que el clima del país le viene bien a su artritis, y que el paisaje que disfrutan sus ‘pottokas’ le recuerda al de Gales. «Pero allí llueve muchísimo», dice alargando la primera i, la letra que mejor cuadra con su físico. Viste un pantalón negro de amazona y un jersey ancho y largo, está delgadísima y a ratos se toca su melena gris. Si por ella fuera, correría por el monte aún más, porque le gustaría no tener treinta ejemplares, sino el doble o el triple. «Pero los caballos necesitarían mucho más terreno», afirma Rees, que es una fábrica de ideas. Piensa en los estudiantes y estudiosos que quieran venir a Piornal para observar a los pottokas y aprender. Y se acuerda también de «las familias de ciudad que tienen niños que no han visto a los animales en el campo prácticamente nunca». Y no olvida a los turistas...

Multas de la Guardia Civil

Nada de eso será fácil de conseguir, explica, si la Junta de Extremadura no relaja sus exigencias. Ya ha instalado los microchips a sus animales, muy a su pesar. Y ha pagado las multas que la Guardia Civil le ha puesto cuando alguno de sus caballos se ha escapado por alguna cerca que debía estar cerrada. «Hago todo lo que me exigen, por supuesto –aclara ella–, pero hay cuestiones que complican mucho este proyecto, más aún teniendo en cuenta que la ley europea exime a los caballos salvajes de tener el microchip».

Los controles veterinarios, la maquinaria burocrática... Todo eso que tanto le disgusta se ha traducido en una petición de ayuda, encauzada a través de la plataforma de Internet change.org. En ella se explica que Rees ha conseguido juntar en Extremadura «unos caballos con una genética ancestral, con muy poca selección por parte de la mano del hombre, en un ambiente determinante idéntico a su ambiente natural, lo que se está traduciendo en hallazgos científicos, médicos y etológicos de gran envergadura».

Ella explica, por ejemplo, que ha comprobado de primera mano lo rápido que se les curan las heridas a sus pottokas salvajes sin necesidad de que les vea un veterinario. «Probablemente –plantea– es porque al sentirse heridos, seleccionan para comer algunas variedades de hierbas medicinales con poderes cicatrizantes». «Y hemos constatado también –añade–, a través del análisis de heces, que su organismo tiene una concentración de parásitos baja, y queremos seguir estudiando para averiguar los motivos».

Por seguir investigando, asegura ella, pasa el futuro de Gabiri, de Ibai, Echasti, Eurri... Son sus ‘pottokas’, cada uno con su nombre en euskera. Sus caballos salvajes, a los que puede pasar una mañana entera buscando en su todoterreno. A los que dedica sus dos cuadernos de notas de campo. «¿Son guapísimos, verdad?», pregunta. Y se ríe.