El único habitante de Los Rubios

Antonio Carrizosa dejó atrás su «estresante vida»en la ciudad y reconstruye desde hace doce años un caserío en el sur de Badajoz donde se crio su madre

J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGO

Cuando aparece el forastero, Antonio está frente a su casa, cuyas vistas dan al Monte Olivete, dando golpes de maza para convertir tocones de madera en cuñas que le quepan en la chimenea. De repente se para en seco, resopla, suelta la herramienta, se ajusta las gafas y se deja perturbar.

–¿Buenas, es usted el único habitante del pueblo?

–Más o menos. Hay otros que vienen por aquí, pero viven en Granja o en Cardenchosa.

–¿Pero usted duerme aquí?

–¿Que si duermo? Unas siestas que ni te imaginas.

La primera descripción que hace Antonio Carrizosa Vizuete de su vida empieza con retranca. Es mediodía, se acaban de cruzar tres gallinas y se despereza una mastina, uno de los tres perros de Los Rubios: catorce casas, apenas media docena de propietarios y sin calzada, sin contenedores, sin tendido eléctrico o cualquier indicio de servicio público. La luz se enciende y la nevera enfría porque hay placas solares, el agua llega de un pozo o cae por gravedad desde un depósito. Se ven varias piedras grandes y planas que Antonio ha movido de sitio porque su idea es juntarlas algún día y que sean acera, aunque allí no haga falta protegerse del tráfico. En primer término, unos olivos, al fondo Sierra Morena. Se cruza un gato.

En imágenes

–¿Te parece buen sitio para descansar?

Su pregunta es retórica. Tanto el tono que emplea como el movimiento de su mano con la palma hacia arriba abarcando el paisaje emanan sosiego, felicidad.

–Yo creo que no se está mal aquí, se responde a sí mismo.

Con esta afirmación aleja aún más el tipo de vida que un día atenazó a este extremeño que trabajó en varias ciudades –Madrid, Barcelona, Huelva, Valencia, Badajoz...– y que en su última etapa laboral regentó una asesoría fiscal en Zafra que lo estaba matando de estrés. Hoy es el único habitante estable de Los Rubios, una pedanía de Granja de Torrehermosa en el sureste de Badajoz donde corre el fresco en verano al estar en las estribaciones de Sierra Morena.

CASIMIRO MORENO

Este mes se ha puesto de moda. La escritora Virgina Mendoza estaba recorriendo España en busca de pueblos semiabandonados y dio con él. Hace unos días publicó su historia en Internet y varias radios le han telefoneado para saber quién es la persona que lo dejó todo para empezar a reparar casas donde prácticamente no quedaba nada. Les llamaba la atención que la tarea que se había echado encima este pacense no tuviera un fin productivo o especulativo, sino terapéutico.

Antonio tiene 62 años, hace mucho que está separado, pero en realidad su nueva vida empezó cuando tenía 50 y se vio con ahorros suficientes y un plan de pensiones aceptable. Entonces huyó de la ciudad para recuperar la aldea donde se crio su madre.

«Ella me hablaba con mucho cariño de este lugar, de cómo aprendió a leer en la escuela que hicieron pegada a la iglesia, de su vida en el campo. Me hacía mucha gracia la historia que me contaba de un burro que se asomaba cuando había baile y sus rebuznos llevaban el ritmo de la orquesta», rememora riendo antes de cambiar el tono. «Luego esto se quedó vacío. Calculo que el último habitante se fue hace unos veinte años. Yo siempre quise tener aquí una casa y veía que iba a ser imposible, que esto desaparecía, que entraban los animales en las casas y esto se convertía en ruinas. Así que decidí reconstruir la aldea con mis manos».

Una de las calles de la pedanía con una casa rehabilitada.
Una de las calles de la pedanía con una casa rehabilitada. / C. M.

Por resumirlo en un párrafo, Antonio es esa persona que ya no aguanta más, siente que está jugando ya la segunda parte de la vida y no le falta ningún bien material pero no es feliz al levantarse por las mañanas, así que manda todo al carajo y se rehace.

El chispazo tuvo lugar hace ya doce años y le entra la risa cuando se pone a explicar sus nulas nociones de albañilería señalando el suelo de una de sus casas, cuya pendiente evidencia que no usó un nivel, algo básico. Aquellos primeros trabajos los describe como «un desastre» que nunca lo frustraron, más bien lo recuperaron para volver a disfrutar de la vida.

Antonio no es un neorrural porque siempre le gustó el campo y lo conoce. Tampoco se ha puesto collares ni se ha dejado crecer el pelo en plan hippy. Y de ermitaño tiene poco, ya que lo mismo viaja a Badajoz a las rebajas de El Faro, que conduce hasta Madrid para ver museos; o se planta en Córdoba para un concierto de blues o de jazz y llena el maletero en el Mercadona de Azuaga, aunque prefiera las habas o los melones del huerto. Aunque apenas ve la tele ni le gusta el fútbol se ha preocupado de tener wifi para estar informado.

«Yo me he criado en el campo, ¿sabes? Pero la asesoría me tenía la cabeza embotada, así que me venía a estos caminos a andar porque a mí el campo me ha curado siempre. En uno de esos paseos me encontré con un vecino que me dijo que los herederos de estas casas se acababan de repartir el patrimonio. Esa misma tarde me subí a un sitio desde el que hay cobertura, llamé y apañé una cita en la que cerré la compra de cuatro casas. Aquello fue en 2003».

Un lugar de 92 años de vida

Los Rubios es una aldea diminuta que aparece en la wikipedia con tres habitantes según el INE de 2013 y que depende de Granja de Torrehermosa, con la que está comunicada a través de un camino de unos once kilómetros que temen desaparezca algún día entre olivos. El núcleo habitado más próximo es otra pedanía, Cardenchosa, a menos de diez minutos en coche. Por carretera la población de referencia es Azuaga, a catorce kilómetros.

Es excepcional su riqueza megalítica y se sabe de varios dólmenes y menhires dispersos por la zona. Con fondos europeos se habilitó un albergue entre 2001 y 2002 en lo que fue la antigua ermita de San Bartolomé. Según las informaciones oficiales, la historia de la aldea es breve, ya que desde su aparición en torno a 1854 hasta que fue deshabitada no transcurrieron más de 92 años. Hay gente que afirma que toma el nombre de Los Rubios de una encomienda de Santiago llegada del norte que se asentó en el lugar, pero no es seguro, hay más versiones.

Aquí se puede ver la mitad de una casa rehabilitada y la otra mitad sin arreglar.
Aquí se puede ver la mitad de una casa rehabilitada y la otra mitad sin arreglar. / C. M.

A Antonio estas incógnitas no le quitan el sueño. En realidad a él lo que le gusta es leer novela, sentir que no sabe qué estará haciendo esa misma tarde o al día siguiente y recolectar sus propias hojas de té, al cual le añade menta que crece en su terraza junto a la hierbabuena con la que da sabor al caldo de un cocido.

«A mí todo esto me ha hecho revivir, mental y físicamente. No me hace ni falta hacer deporte porque cargando piedras y maderas se pone fuerte uno», dice este exasesor fiscal de movimientos ágiles y conversación fluida cuyo mayor deleite, dice, es parar con cualquier campesino de la zona para hacer algún chascarrillo que los haga reir a ambos. De hecho, aprovecha la mínima oportunidad para hacer un chiste. «Claro que puedes dejar ahí la mochila –le espeta al fotógrafo– ¡aquí el único ladrón que hay soy yo y vienes conmigo!».

Desde que es el único habitante de esta aldea Antonio cada vez se conoce mejor a sí mismo. Admite que nunca fue ejemplo de nada, pero se nota con mejor humor. «¿Sabes qué pasa, que yo veía que en la ciudad me volvía peor persona... Llegas a casa y estás cabreado porque el vecino te ha quitado el hueco para aparcar, pero ahora vives aquí y es que me da igual dónde ponga el coche el vecino. Te vas quitando una preocupación detrás de otra. Yo antes estaba pendiente de mis clientes, de mi agenda y ahora no sé ni lo que voy a hacer mañana. Sé que quiero rehabilitar estas casas que he comprado porque considero que puede ser un buen destino de turismo rural en el futuro, pero tampoco tengo prisa. A lo mejor termino de hacer una pared con una ventana y lo siguiente que hago es quedarme un día mirándola disfrutando de cómo me ha quedado».

Llegada desde Azuaga a esta pedanía, que depende de Granja de Torrehermosa, localidad con la que está unida por un camino.
Llegada desde Azuaga a esta pedanía, que depende de Granja de Torrehermosa, localidad con la que está unida por un camino. / C. M.

Antonio se ha convertido en un reciclador compulsivo. Para estas cuestiones se sirve de un viejo Seat Panda que anda aparcado bloqueando una callejuela con el maletero abierto. «Yo lo aprovecho todo, la gente me conoce y me dice que va a tirar su casa y yo voy allí y recojo las puertas, las saneo y las reutilizo (señala un par de ellas). O cojo piedras y las uso para decorar el suelo. Mira, ladrillos antiguos, ¿ves esta barandilla? la iban a tirar y aquí está perfectamente aprovechada».

Los otros propietarios

En Los Rubios tienen casa una pandilla de más de veinte amigos que viene un par de veces al año, una veterinaria y cinco personas más, visitantes de fin de semana. José es aparte. Él es hijo de antiguos habitantes y acude allí a diario a faenar en el campo y a cuidar sus gallinas, aunque reside en Cardenchosa. Solo Antonio vive de manera permanente allí desde que en los años cincuenta, calcula, se fue el último habitante. «Emigraban a poblaciones más grandes. Era lo normal –razona– los cerdos se procesaban de manera industrial y no hacían falta porqueros, las fincas ya estaban valladas y no hacían falta pastores...».

Puede parecer que Antonio pase sus horas en soledad, pero no es así. Es habitual que esté acompañado de otro vecino, Fernando Pulgarín, un topógrafo que comparte con el único vecino de Los Rubios la utopía de recuperar el pueblo.

No es un hippy ni un neorrural ni un ermitaño, solo alguien que rompió con lo que no le gustaba

«En cuanto supe quese vendían las casasllamé, apañé una cita y cerré la compra»

Tiene 53 años y hacen buena pareja porque su carácter y antecedentes son parecidos. «Me crié por esta zona, pero trabajaba haciendo autopistas y grandes obras en Madrid para una empresa y no me gustaba la vida que llevaba, así que un 31 de marzo de 2005 pedí la cuenta en la empresa y me marché. Tengo dos hijas, una de 16 y otra de 18, así que no puedo dejar de trabajar. Pero me he convertido en autónomo, vivo en Azuaga y soy más feliz aquí», afirma este hombre en el interior de su casita, también rehabilitada por él.

Ahora los dos vecinos andan dándole vueltas a cómo alejar el depósito de agua pues creen que afea la silueta del pueblo. En su opinión, para que el nuevo aspecto del lugar no chirríe con el entorno basta usar el sentido común y usar materiales rústicos como piedra y madera.

«No tengo prisa, termino de hacer una pared y a lo mejor me paso un día viendo cómo me ha quedado»

Antonio y Fernando no quieren subvenciones. Pero reivindican ante el Ayuntamiento matriz lo que consideran que es justo, como la reparación de un enorme socavón a la entrada del pueblo o la resolución de paradojas urbanísticas. «Pagamos más de 200 euros de contribución urbana, pero no tenemos ningún servicio. Además, esto es suelo no urbanizable, aunque como se puede ver hay casas. ¿en qué quedamos, es rústico o urbano?», se preguntan ambos vecinos.

Antonio podría haberse rendido en el intento, reconocer que añora su vida en la ciudad y admitir que la vida en el campo es más dura de lo que pensaba. Pero cada día que pasa está más convencido de que acertó. «Tengo una paga mínima y me he dado cuenta de que en la vida no hace falta dinero para ser feliz», declara sincero y orgulloso alguien cuya definición de riqueza tiene que ver con sentarse a la sombra de un árbol, extender la mano, coger una naranja, pelarla y comérsela y luego dar un paseo, ver unas setas y decidir en ese momento que dentro de un rato se las comerá con arroz.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos