Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

OPINION
Pisa, más inclinada aún

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
RECIENTEMENTE se ha publicado el informe PISA, bajo los auspicios de la OCDE, que refleja los resultados obtenidos por los alumnos de 15 años, pertenecientes a 57 países, en aspectos básicos del aprendizaje: comprensión lectora (más en concreto, la capacidad para comprender, usar e interpretar textos escritos) ciencias y matemáticas. Para los no entendidos, hay que decir que dicho informe constituye un estudio de referencia muy importante sobre los sistemas educativos en el mundo desarrollado.

Los resultados indican que España es el país donde más ha bajado el nivel de lectura respecto a informes anteriores (que, además, puede estar lastrando los resultados en las otras competencias) y que no se ha avanzado ni en matemáticas ni en ciencias.

Además, se confirman importantes diferencias de resultados entre las diez comunidades autónomas que han presentado el número suficiente de alumnos para poder obtener datos comparables (entre las que no se encuentra Extremadura).

Por otra parte, de sus resultados se desprende que el sistema educativo español tiene un índice de equidad de los más altos del mundo: eso significa que las diferencias de resultados entre los mejores y los peores alumnos no son muy altas. El problema es que apenas tenemos alumnos en los niveles más altos de resultados.

El informe Pisa no es una especie de clasificación deportiva, que sirve para ojear en qué puesto vamos, ni un ranking competitivo para ver quién es el campeón. Por eso, hay que alejarse de las conclusiones simplonas y fáciles, de barra de bar, así como del alarmismo, del lamento y de su utilización como combustible electoral, todo ello tan a la orden del día.

Más que eso, debe servirnos a todos -políticos, docentes, padres y alumnos- para analizar seriamente dónde hay que incidir para mejorar, a partir del diagnóstico excepcional que supone dicho informe. Digo todos, porque la educación es una tarea global y compartida por toda la sociedad, cada uno con su cuota de responsabilidad específica.

A la hora de señalar aspectos que pueden incidir en los resultados y apuntar posibles causas (en ningún caso aisladas, sino ligadas unas a otras) podríamos detenernos en las siguientes cuestiones:

1) Más allá de la 'popular' idea de culpabilizar a las leyes educativas aprobadas a principios de los noventa y en la actual legislatura (ésta última puesta en circulación casi al mismo tiempo que los alumnos realizaban las pruebas) creo que lo peor ha sido el vaivén legislativo, sin un acuerdo de estado que excluya a la educación como señuelo y munición electoral y que ancle el sistema en bases sólidas y consensuadas. No obstante, tampoco me parece apropiado por parte de la administración educativa 'sacudirse el polvo' argumentando que el contexto socioeconómico del alumno es lo que más condiciona los resultados (nivel de formación de sus padres, prestigio de sus profesiones, recursos con los que cuenta el alumno: espacio para estudiar, conexión a internet, libros de consulta ) porque también se ha demostrado que los mejores sistemas educativos consiguen atenuar esos factores y elevar la media (¿para qué están, si no?)

2) En estrecha relación con lo anterior: la falta de inversión, que es otra de las críticas recurrentes. Es cierto que, aunque en los últimos años se ha recuperado un poco, la inversión pública española en educación está por debajo de la media de la OCDE (4,3%, frente a un 5,4%). A pesar de ello, y siendo esencial el aspecto económico, creo que lo sustantivo es, después, cómo se invierte (en nuestra comunidad se invirtieron más de 60 millones de euros en ordenadores para los centros y, quizás sea pronto para sacar conclusiones, pero la influencia de éstos en el rendimiento del alumnado se presume, hoy por hoy, escasa).

Si las políticas inclusivas han de ser proseguidas, ahora tocaría centrarse en cómo incrementar la calidad y la excelencia del sistema.

3) Aspectos ligados más estrechamente a la acción educativa en los centros y aulas: habría que plantearse la calidad de la formación, inicial y permanente del profesorado, buscar metodologías más eficaces de trabajo... habría que reflexionar sobre si lo que enseñamos es lo adecuado, si habría que dar prioridad al uso de la lengua como instrumento de comunicación: leer, redactar, comprender, expresarse con corrección quizás en detrimento de otros contenidos no tan esenciales.

Habría que plantearse, igualmente, si los docentes disponen de la capacitación, condiciones e incentivos adecuados para hacerlo bien y, considerando que el profesorado es parte del éxito, mejorar el proceso de selección.

Otra cuestión no menos importante sobre la que reflexionar es la ausencia sistemática de evaluación de centros y de profesores: si ello no se hace, ¿cómo saber qué estamos haciendo bien y qué necesitamos mejorar? No creo que sea bueno para el sistema que ni centro ni profesores estén sometidos a responsabilidad alguna por hacerlo bien o por hacerlo mal.

Hay, por otra parte, un principio indiscutible: «con menos alumnos por clase hay más rendimiento». Para desarrollar competencias y habilidades básicas es necesaria una atención más personalizada al alumno. Y en clases con 30 chicos se antoja tarea complicadísima, más aún cuando la diversidad de competencias, motivaciones, intereses y estilos de aprendizaje es tan amplia, sobre todo en los últimos tramos educativos.

Podríamos ahondar, además, en una tendencia muy extendida (ojo; tendencia, no norma aplicada en todos los centros) consistente en dejar los primeros cursos de la educación primaria -claves en el proceso de adquisición y desarrollo de las competencias lectoras- a los maestros menos experimentados, porque suelen conllevar algo más de 'trabajo': la antigüedad y experiencia generan derechos, pero, a veces, colisionan con los intereses generales.

4) Liarse a tortas con el maestro o arrastrar por los pelos a la maestra no son formas recomendables de solucionar los conflictos escolares. Al contrario, si los padres pretendemos para nuestros hijos una educación de calidad, en valores, para formar buenos ciudadanos, habría que empezar por devolver la autoridad (no el autoritarismo) a los docentes y depositar confianza en su saber hacer, transmitiéndoles a nuestros hijos sentimientos de respeto y admiración hacia ellos y haciéndoles ver que realizan una digna e importante labor. Ellos (los profesores, y también nuestros hijos) lo agradecerán.

Y cuando surjan, naturalmente, conflictos en los centros, sería muy productivo que los padres aparcáramos insultos, amenazas, falsas sospechas e ideas preconcebidas y aprovecháramos los cauces establecidos y reglamentarios para informarnos y tomar decisiones conjuntas para lograr el fin que debe presidir el asunto: la educación de nuestros hijos.

5) No son pocos los que señalan directamente al auge tremendo de las nuevas tecnologías como causa directa del descenso de los hábitos de lectura, y en general, de la desaparición del mapa de valores como el esfuerzo, la constancia y el diálogo: «En la actualidad se impone lo audiovisual, con un lenguaje más pobre, sin apenas esfuerzo, etc.». Sin duda, la aparición en escena de las nuevas tecnologías de la información, de la comunicación y el entretenimiento han puesto a disposición de todos, incluidos los procesos de enseñanza y de aprendizaje, una herramienta poderosa que permite abordar objetivos y contenidos con metodologías más atractivas y personalizadas.

En educación, dichas tecnologías suponen, ni más ni menos, recursos para aprender, enseñar y evaluar. Habrá que sacarles el mayor provecho posible, usándolas en beneficio del aprendizaje y del incremento del rendimiento: ésa es la tarea del docente. Por tanto, la crítica destructiva hacia las nuevas tecnologías, en el ámbito educativo tienen, bajo mi punto de vista, poca consistencia.

Otro cantar es su uso generalizado como sustitutivo de actividades tales como jugar con los amigos, hablar con los compañeros, conversar con los padres, leer un libro o escribir un diario. Tal vez seamos los padres los que tengamos algo que decir al respecto. Sin olvidarnos de que los valores y los hábitos no se enseñan; se transmiten, y suelen entran mejor por lo que uno ve que por lo que uno escucha.

Para concluir, no creo que la educación en nuestro país esté tan mal, teniendo en cuenta su punto de partida y su progresión en los últimos treinta años: los alumnos de hoy están, globalmente, mejor preparados que antes y tienen mayor acceso a la información y muchísimas más posibilidades y oportunidades de formación.

Al final, la mejora de la educación depende no sólo de la escuela y sus profesores, sino del conjunto de la sociedad, especialmente del apoyo y cooperación de las familias y de la valoración social que éstas hagan de la educación y sus profesionales. Si queremos una educación de calidad habría que empezar por convertirla en una cuestión de primer orden por parte de todos.



JOSÉ ANTONIO DÍAZ RAMÍREZ es licenciado en Psicología. Profesor de Pedagogía Terapéutica en el I.E.S. 'San José' de Badajoz

Vocento
SarenetRSS