Domingo, 28 de enero de 2007
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«Los hijos han perdido el respeto por los padres» 102 años y sumando...
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DNI
Nació en Bienvenida el 13 de diciembre de 1904.

Cuando era niño, por las calles sólo había «burros y mulas». Por eso, cada vez que sale a la calle le molestan los coches aparcados. No son de su tiempo.

Empezó a trabajar con 4 años, con «unas ovejitas en el campo», ayudando a sus padres a mantener a una familia de inicios del siglo XX.

Con su edad, sigue saliendo a diario a dar un paseo por la mañana y otro por la tarde, y su estado físico y mental es asombroso.

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Si hay un tema que ha Francisco le irrita es la relación que existe hoy día entre padres e hijos. «Han perdido el respeto por los padres y por la familia», vocifera mientras da un par de puñetazos encima de la mesa. «Hacen absolutamente lo que quieren».

Los tiempos han cambiado, y Francisco se crió teniendo que hablar de usted a sus padres, que en aquella época eran la primera figura de autoridad y respeto para los hijos. Para él, la mayor parte de culpa es de los propios padres, que «consienten demasiado». A pesar de su asombrosa modernidad, califica a los jóvenes de hoy como «distintos», y, acostumbrado como está a otros patrones de comportamientos y de estilos de vida, los de su época, suele escandalizarse a menudo. «Antes eramos más normales». Francisco pensaba que iba a vivir 80 años, igual que su padre, y el tiempo de descuento de su vida le ha regalado, de momento, otros 22. «Nunca creí que iba a llegar hasta aquí», reconoce el centenario, que el pasado mes de diciembre celebró su 102 cumpleaños rodeado de hermanos que son abuelos, hijos que están jubilados, nietos que trabajan y biznietos en edad escolar y adolescente.

Nació en Bienvenida en 1904, cuando por sus calles sólo se veían «mulas y cabras». Por eso, quizá, cuando sale a recibirnos a la puerta de su casa, le molesta la decena de coches que permanecen aparcados a media mañana. No son de su tiempo.

Los libros cuentan que en aquel año 1904 se inauguró el Canal de Panamá y que nacieron Salvador Dalí y Pablo Neruda. La que fuera reina de España y tatarabuela de Juan Carlos I, Isabel II, falleció en abril de ese año y el médico Santiago Ramón y Cajal publicó su obra más importante, 'Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados'. Pero todo eso es 'Historia' con mayúsculas, la que apenas influía en una humilde localidad del sur de Badajoz. Allí, a principios de siglo, la economía no permitía ningún lujo y Francisco tuvo que empezar a trabajar a los 4 años, «andando con unas ovejitas en el campo».

De esos años recuerda que era un chico «travieso, como todos», y que el pueblo estaba lleno de pastores y de obreros. Eran tiempos de escasez, y muchos revendían las habitaciones de sus viviendas a otras familias, que en aquella época eran siempre numerosas. Sólo así podía disfrutar la mayoría de un techo donde vivir.

Salud y vitalidad

Pongamos que avanzamos 100 años. Sentado en la silla donde come, echa la siesta y ve la televisión, Francisco no aparenta, ni de lejos, su edad. Derrocha vitalidad, energía y ganas de vivir. Le gusta ser preguntado, y no para de hablar a pesar de que no le queda ni un solo diente en la boca. «No se los ha querido poner», comenta María Antonia Núñez, hija soltera y fiel compañera de Francisco. Para que salgamos de dudas, nos enseña su DNI, de esos grandes de antes que no cabían en la cartera. Lleva sin renovarlo desde 1977, y efectivamente, nació en Bienvenida en 1904. «Por si no te lo creías», bromea. Temperamental, vehemente e inquieto, se levanta de la silla cada poco rato para hacer demostraciones de su fantástico estado físico. «No le duele absolutamente nada», explica María Antonia, que trata de ayudar a Francisco en la narración de su vida y milagros. «Ni piernas ni brazos ni cabeza ni nada».

En la oscuridad y el frescor del salón de una casa de pueblo, y en compañía del corresponsal del diario HOY en Bienvenida, José Luis Cortés Álava, Francisco rememora su primera gran experiencia vital, el 'servicio'. Apenas tenía 20 años cuando montó por primera vez en un tren, el que le dejaría en Marruecos en 1923. Allí, el país luchaba en la difícil contienda de África y en España, Miguel Primo de Rivera iniciaba una dictadura después de un golpe de estado. Pero él siempre pasó de puntillas por los grandes conflictos. Al tiempo de llegar, tuvo la suerte de recalar como asistente en la familia de un comandante. «En esa casa comía, bebía y estaba como quería», recuerda. «Allí estuve muchísimo mejor que en mi casa, estaba encantado, como un marqués».

A los tres años, sin haber vuelto «ni un solo día» a su casa, Francisco apareció en el pueblo con una impecable gabardina y muy buen aspecto gracias a las bondades de un servicio militar cómodo y agradable. Tan bueno que, calle abajo, un muchacho le confundió con Pepe de Marchena, un cantaor célebre y de buena presencia de aquella época. «Yo sé que no se confundió», dice. Se confundiera realmente o no, Francisco encontró su apodo, del que absolutamente nadie se libra en los pueblos. El suyo fue, a partir de 1925, 'Marchena'.

«¿Dónde has estado?»

Habían pasado tres largos años sin visitas ni noticias, y cuando Francisco entró por la puerta de su casa, su madre sólo pudo abroncarle. «Me preguntó dónde había estado todo ese tiempo», ironiza hoy, 81 años después, con la ligereza del paso del tiempo, que todo lo cura y lo suaviza.

Poco después, con 25 años, 'Marchena' se casó con la mujer de su vida, María Martín, su «compañera», como él dice emocionado cuando la recuerda. Tuvieron cuatro hijos -uno de ellos moriría después- y pasaron una vida «tranquila, sin grandes lujos pero sin pasar hambre». Esa Guerra Civil de la que todos los abuelos hablan en las comidas familiares apenas pasó por la vida de Francisco 'Marchena'. «Yo la guerra no la viví», dice. Fueron decenas de miles los que murieron, pero él nunca tomó partido; jamás le llamaron a filas -era cabeza de familia y ya tenía 32 años-, había muy poca información y en su familia no hubo una sola baja. «Él nunca tuvo una idea exacta de lo que fue aquello», dice María Antonia.

A pesar del hambre y las malas condiciones en que quedó el país después del golpe militar franquista de 1936, la imagen más dolorosa que guardan las retinas de Francisco es la emigración y la despoblación paulatina del pueblo. «Fue muy doloroso», recuerda. «Cuando llegaban las fiestas del pueblo, muchos oriundos venían de lejos por vacaciones y sabíamos que se marcharían con alguno más en la maleta», recuerda Francisco con una pena que todavía mantiene, a pesar de los años pasados. «Después, siempre se notaba el vacío».

Durante la conversación, una de sus nietas, de 19 años, entra en el salón. Le da un beso cariñoso, y no tarda ni 10 segundos en levantarse de su asiento y buscarle acomodo. «Es una de mis nietas», nos dice orgulloso. María Antonia, que dedica las 24 horas del día a que su padre se encuentre a gusto, le manda que se siente, que esté tranquilo. «Es un poquito precipitado y ligero», reconoce ella.

Paseo, café y HOY

Francisco hace exactamente lo mismo todos los días. Se levanta a las 9 en punto. Para esa hora, María Antonia tiene su desayuno preparado: una tostada «larga», un plátano y un vaso de agua. Dos horas después, hacia las 11, sale a dar el primero de sus dos paseos diarios. Recorre a marcha tranquila la distancia que separa su casa del bar Obrero, a la entrada de Bienvenida, y allí se toma un café con leche mientras se lee el periódico. «Me gusta enterarme de lo que pasa en el mundo», dice. No le gusta el bar del Hogar del Pensionista, que «es para viejos», y prefiere echar la mañana rodeado de gente más joven.

Hacia la 1, 'Marchena' vuelve a casa a comer, y en esa misma silla, sin necesidad de recostarse, se queda durmiendo la siesta mientras ve el telediario.

Por la tarde, a eso de las 4, vuelve a salir de casa. Suele ir solo, pero en el pueblo todos le conocen y se paran a saludarle. Algunos, incluso se sorprenden de verle. «'Pero señor Marchena, ¿todavía vive usted?', me preguntó una señora el otro día».

Con una puntualidad que repite día tras día, Francisco regresa a casa a las 6.30, cena hacia las 8 y se duerme a las 10, con todos los cuidados y mimos de María Antonia, su hija. «Si es que hay que saber vivir, ya lo dice la tele», dice Francisco. Le gusta ver algunos programas y las noticias, aunque cada vez que enciende el televisor se muestra pesimista y la frase que más repite es que «el mundo arde». Quizá exagere, pero esa es la impresión de un hombre con experiencia; de un padre que ha pasado una Guerra Civil y dos guerras mundiales, de un abuelo que conoció el franquismo y de un bisabuelo que todavía hoy sigue viendo a través de la televisión de su cocina torres que se desploman en Nueva York y bombas que explotan en trenes de cercanías.

Lleva más de un siglo de vida y de experiencia, y quizá por eso, por la perspectiva y la sabiduría que sólo da el paso del tiempo, merece mucho la pena sentarse con él, compartir un café de invierno en su casa de Bienvenida y escuchar. Sólo escuchar. Bienvenida ( ( historias de domingo Textos y fotos Jon Cuesta y Antonio Gilgado Visite 'Extremadura en Historias' en www.hoy.es y haga llegar su opinión a blogs.hoy.es/historiasdedomingo Francisco Núñez Olivera, 'el Marchena', nació hace 102 años en Bienvenida, una pequeña localidad al sur de Badajoz. Un siglo de vida dan para ponerse a trabajar a los 4 años, cumplir el servicio militar en Marruecos, casarse, vivir una Guerra Civil y dos mundiales, una transición, y una democracia. Tanto tiempo después, disfruta de una envidiable salud que le permite salir a pasear dos veces al día, tomarse su café con leche y leer el HOY. El secreto, según él, es sencillo: «Saber vivir». ¿TE GUSTARÍA VIVIR 100 AÑOS? Comentarios recibidos en http://blogs.hoy.es/historiasdedomingo

 
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