Jueves, 14 de diciembre de 2006
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SOCIEDAD

ANTONI RUIZ PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN DE EX PRESOS SOCIALES
«Mi madre le pidió consejo a una monja sobre mi homosexualidad y ella me denunció»
Antoni Ruiz estuvo preso en la cárcel de peligrosidad social de Badajoz por su condición sexual en 1976
«Mi madre le pidió consejo a una monja sobre mi homosexualidad y ella me denunció»
Antonio Ruiz posa ante el actual MEIAC, que acoge hasta el próximo 28 de nero la exposición 'La celda Grande'
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Todavía se le llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. Han pasado más de 30 años desde entonces, pero en su memoria y su retina, los recuerdos desafían el paso del tiempo indelebles. El valenciano Antoni Ruiz volvió ayer al escenario de aquellos días: la cárcel de peligrosidad social de Badajoz, hoy convertida en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), para ofrecer su testimonio en el congreso 'Represión Franquista de la Homosexualidad'.

Antoni tenía 17 años cuando ingresó en aquella prisión. En su expediente penitenciario, que ha entregado al MEIAC, figura un único delito: su homosexualidad. A día de hoy, asegura que ha recuperado la tranquilidad y la felicidad, después de la reconciliación, y afirma, alto y claro, que aquellos que un día le arrebataron la libertad nunca consiguieron que dejara de ser y sentirse libre.

-Asiste usted al congreso 'Represión Franquista de la Homosexualidad' en Badajoz, que se celebra precisamente en el lugar donde años atrás estaba la cárcel de peligrosidad social donde estuvo preso, ¿cómo se siente?

-Esta es la tercera vez que vuelvo a esta ciudad. Me sigue poniendo nervioso estar en este edificio, son muchos recuerdos y muchas imágenes las que se me vienen a la cabeza, pero sin duda esta es la vuelta más satisfactoria. La primera vez que vine fue esposado y en un furgón de la Guardia Civil. Esta es, sin duda, muy diferente.

-Tenía usted 17 años cuando ingresó en prisión por su homosexualidad, ¿qué le pasó por la cabeza en ese momento?

-Terror y miedo ante la incertidumbre de no saber lo que te va a suceder. El único 'delito' que yo cometí fue declararme homosexual ante mi familia.

-No debía ser muy 'normal' en aquella época que un chaval menor de edad expusiera libremente su condición de homosexual...

-Quizás fue una imprudencia por mi parte, pero así lo sentía y así lo expresé, porque pensé que mi deber como hijo era ser lo más claro posible con mi madre, y así lo hice. Mi familia, lógicamente, se lo tomó muy mal, porque en aquel momento la sociedad española era muy machista y tenía muy poco conocimiento sobre la homosexualidad.

-¿Quién le denunció?

-Mi madre le pidió consejo a una monja, ella fue la que me denunció ante la brigada criminal de Valencia. La religión católica en España ha tenido, y tiene, por desgracia, mucho que ver con la represión.

-¿Qué pasó después?

-Estuve tres días en los calabozos de la futura central de policía de Valencia, después me trasladaron a la prisión modelo de la misma ciudad y más tarde a la de Carabanchel.Cuando finalmente llegué hasta Badajoz, había transcurrido un mes. Pasé pánico, rodeado de todos aquellos presos que sí habían cometido delitos, incluso de sangre. Yo nunca sentí que hubiera hecho nada para estar entre ellos.

-¿Cómo fue su llegada a Badajoz?

-Llegué a finales de marzo de 1976 y pasé aquí dos meses. Era el mínimo por ser homosexual. La condena era una decisión arbitraria de la junta de clasificación de la propia prisión y del juez. No había ni juicios, ni asistencia letrada. Las decisiones carecían de garantías procesales. Después, si consideraban que te habías rehabilitado, te soltaban, y si no, te aplicaban penas que podían ir desde tres meses más, a tres años. Sabías cuando entrabas, pero no cuando salías. Vivíamos con miedo, cuidando mucho lo que hacíamos porque cualquier incidente podía ser la causa de un parte que agravara la pena.

-¿Cuántos presos cumplían condena por esa misma causa en aquel momento en Badajoz?

-Unos 250 presos homosexuales, algunos, además de por su condición sexual, por diferentes causas.

-¿Qué delito le imputaron a usted?

-La homosexualidad. Suena muy fuerte, pero ese fue el único 'delito' que yo 'cometí'.

-¿Cómo era el día a día en la cárcel?

-Vivíamos con una inconsolable sensación de tristeza, en unas condiciones muy precarias: mala alimentación, frío, chinches, piojos...Sobrevivíamos como podíamos. Nos ayudábamos los unos a los otros, los que conservábamos la cordura, porque algunos presos, que repetían condena y llevaban varios años en la cárcel, terminaron por volverse locos. Lo más importante era salir adelante.

-¿Tenían ustedes alguna 'vía de escape' que les facilitara su estancia en prisión?

-Charlábamos los unos con los otros, ese era nuestro único entretenimiento. No teníamos biblioteca, acceso a periódicos, cine o televisión. Compartíamos la sensación de frustración y de injusticia.

-¿Cumplían algún tipo de trabajo diario?

-Sí. Cosíamos balones de cuero. Era nuestra reeducación y sí que nos ayudaba a que el tiempo pasara un poco más deprisa.

-Cuando se recupera la libertad, después de una vivencia como la suya, ¿cómo se enfrenta uno a la realidad?

-Cuando salíamos a la calle estábamos desterrados a más de 100 kilómetros de nuestra ciudad de origen. De manera que sufríamos la prisión y después el destierro durante un año. Posteriormente, teníamos que presentarnos ante la autoridad competente cada 15 días para nuestro control. El martirio no finalizaba con la salida de prisión.

-¿Cuánto tiempo transcurrió hasta que sintió que volvía a 'encajar' en la sociedad?

-Cuando se me acabo el destierro seguí manteniendo y defendiendo mi homosexualidad, sin importarme si aquella reafirmación podría llevar acarreada una nueva sentencia. Volví a Valencia, y me juré a mi mismo que nunca jamás lo ocultaría y así lo he mantenido. Lo cierto es que, a partir de entonces, nunca se me volvió a molestar, salvo por los consabidos antecedentes policiales y el expediente judicial, que me acompañarán de por vida.

-Mirando atrás, ¿qué le diría a los homosexuales que viven hoy libremente su sexualidad?

-Creo que contar experiencias como la mía y hacerlas públicas nos han ayudado a llegar hasta este punto en el que la situación ha cambiado bastante, para alegría de todos. Como colectivo hemos conquistado muchos derechos 'impensables'.

-¿Qué queda por conseguir?

-Además de la integración social, el único agravio que queda es compensar económicamente a todos aquellos homosexuales que por su condición sexual fueron a la cárcel, y que por esos antecedentes no han podido acceder a ciertos puestos de trabajo. Hay un diálogo abierto con Justicia sobre la cuestión de los expedientes y contamos con el apoyo de todos los grupos parlamentarios. La sociedad española ha avanzado mucho y estamos muy contentos de que así sea. Quién nos iba a decir a mí y a mis compañeros que esta prisión(el MEIAC) dónde tantas penas pasamos, se convertiría un día en un espacio de libertad y de encuentros. Hoy he vivido un día feliz aquí y lo único que siento es que muchos compañeros no estén ya entre nosotros para verlo.

 
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