Lunes, 6 de noviembre de 2006
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La pesca intensiva acabará antes de mediados de siglo con todas las especies que se comercializan hoy
Dentro de cincuenta años no habrá en las pescaderías merluza, mero, bacalao ni otros productos del mar «La buena noticia es que todavía no es demasiado tarde para que las cosas cambien», dicen los expertos
Si no hacemos nada pronto, las pescaderías de mediados de siglo no venderán merluza, mero, bacalao ni ninguno de los manjares de los que todavía disfrutamos. «Todas las especies comerciales actuales se habrán colapsado. Su población se habrá reducido un 90% respecto a 1950 y pescarlas ya no será rentable. El bacalao, la merluza y el mero serán muy escasos y caros», afirma Enric Sala, profesor del Instituto Scripps de Oceanografía (EE UU) e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El ecólogo catalán es uno de los autores de un estudio, publicado en la revista 'Science', que augura que en 2048 la pesca salvaje será cosa del pasado.

Un equipo internacional de científicos y ecólogos ha analizado, durante los últimos cuatro años, los datos procedentes de 32 experimentos controlados, de 48 áreas marinas protegidas y de las capturas de peces e invertebrados en todo el mundo desde 1950, así como información de archivos, de registros pesqueros, sedimentaria y arqueológica de doce regiones costeras durante los últimos mil años. «La conclusión es dramática», admite Sala, director del proyecto junto con Boris Worm, de la Universidad Dalhousie de Canadá. Según su trabajo, si el hombre sigue esquilmando el mar al ritmo actual, en las pescaderías de mediados de siglo se venderán ejemplares de especies que hoy no llegan a ninguna mesa.

«La buena noticia es que todavía no es demasiado tarde para que las cosas cambien», afirma Worm. Lo dice basándose en los los datos de las reservas marinas que han estudiado. «Hemos comprobado que la diversidad de especies se recupera de un modo espectacular y, con ella, la productividad y estabilidad del ecosistema». Pero no hay una solución mágica, sino un conjunto de medidas que pasan, para empezar, por la consideración de cada ecosistema como un todo y no por aplicar políticas de gestión centradas sólo en una u otra especie.

El trabajo tiene su origen en una pregunta hecha por un periodista durante una reunión científica. «Nos preguntó por qué la biodiversidad es importante. Worm y yo decidimos que había que dar una respuesta», explica Sala desde el Centro de Estudios Avanzados de Blanes, institución dependiente del CSIC. Los expertos intuían que, cuando un ecosistema funciona con muchas especies, si el número de éstas se reduce, lo hará peor. Para confirmarlo, tomaron datos recientes y también históricos, lo que les ha permitido cuantificar el impacto de la actividad humana sobre los océanos durante siglos.

El 'gran reciclador'

«Las especies han estado desapareciendo de los ecosistemas marinos y está tendencia se ha acelerado recientemente», indica Worm. Ya se ha colapsado el 29% de las especies comerciales y ese porcentaje aumenta día a día. Hace tres años, el propio Worm alertó en 'Nature' de que sólo nadan en nuestros mares el 10% de los atunes, peces espada, bacalaos y meros que había en 1950, y que, «con los niveles de captura actuales, esas especies seguirán el camino de los dinosaurios».

Ahora, el biólogo pone fecha a la catástrofe: hacia 2048, si no hacemos nada, la población de todas las especies que ahora llevamos a nuestras mesas se habrá reducido en un 90%, lo que hará que su captura no sea rentable. «Durante mi vida, puede que asista al final de la pesca salvaje», dice Worm. Sala está convencido de que así será. «Lo que estamos haciendo en el mar es la última operación de caza a gran escala», sentencia.

El problema es, sin embargo, mucho más grave que la pérdida de una fuente de alimento fundamental para la subsistencia humana. El daño hecho por la pesca incontrolada va más allá de la drástica reducción de los recursos pesqueros. Afecta a la estabilidad de todo el ecosistema marino, con el consiguiente aumento del riesgo de las mareas rojas, la caída del oxígeno, las inundaciones costeras y, en general, el descenso de la calidad del agua. «El océano es un gran reciclador. Toma las aguas residuales y las convierte en nutrientes, extrae las toxinas del agua y produce comida y convierte el dióxido de carbono en alimentos y oxígeno», argumenta Steve Palumbi, de la Universidad de Stanford y coautor del trabajo.

Sala achaca, por ejemplo, la caída de la anchoa en el Cantábrico a que el hombre ha acabado en ese mar con las especies grandes. Los peces de gran tamaño, explica, dan estabilidad a los ecosistemas y los pequeños, lo contrario: los hacen estar mucho más sujetos a grandes fluctuaciones. «Estamos creando artificialmente ecosistemas impredecibles». El científico catalán cree que estamos en un momento clave en el que podemos pasar de un pasado de océanos limpios poblados por grandes peces a un futuro de sopa de bacterias, medusas y peces pequeños.

Para él y sus colegas, aún estamos a tiempo si abandonamos la pesca masiva y crece la superficie de mar protegida, que ronda el 1%. «No asistiríamos a una recuperación total en un año, pero en muchos casos las especies volverían más rápidamente de lo que la gente cree: en tres o cinco años. Donde se haga, se verán los beneficios económicos inmediatamente», dicen. Los resultados muestran que la tasa de pérdida de biodiversidad marina está acelerándose y que si continúa al ritmo actual existirán pocas existencias pesqueras aproximadamente en el año 2048. El panorama nada alentador no vale solo para esa fecha. En la actualidad, el 30% de las especies marinas que se pescaban ya han colapsado.

Los investigadores han encontrado, sin embargo, datos esperanzadores en los estudios de áreas específicas que han mejorado en cuanto a biodiversidad marina ya que muestran que no es demasiado tarde para invertir esta tendencia.

El estudio indica que los experimentos a pequeña escala pueden utilizarse para predecir el cambio oceánico a gran escala. Han utilizado archivos, registros pesqueros, sedimentos y datos arqueológicos.

Según el informe, no es demasiado tarde para invertir esta tendencia. El estudio de 48 áreas protegidas repartidas por el mundo muestra que «la biodiversidad de especies se recupera de forma asombrosa».

Pero no hay una solución mágica, sino un conjunto de medidas que pasan, para empezar, por la consideración de cada ecosistema como un todo y no por aplicar políticas de gestión centradas sólo en una u otra especie. La anchoa del Cantábrico es una de las especies que podrían extinguirse pronto si no se prohíbe totalmente su pesca, algo que ha solicitado España ante la UE y de lo que el comisario europeo de Pesca, Joe Borg, es partidario.

Los científicos del Centro Tecnológico Vasco en Investigación Marina y Alimentaria, Azti-Tecnalia, calculaban en mayo pasado que el 'stock' actual de esta especie rondaba las 20.300 toneladas, por debajo de las 21.000 consideradas el límite bajo el cual está en peligro de desaparición.

Los investigadores de Azti-Tecnalia, que consideran que la veda debería prolongarse hasta «constatar la recuperación de la especie», han desarrollado ya un sucedáneo en salazón de este codiciado pez, que podría llegar al mercado entre principios y mediados del año que viene.

Anchoa de diseño

La 'anchoa de diseño' se sumaría así a la 'gula', el 'palito de cangrejo' y la 'cola de langosta'. Se atendería así parte de la demanda de ese pescado, pero el problema de fondo persistiría en un Cantábrico donde especies como el besugo son desde hace tiempo historia, debido a la sobrepesca.

Si la anchoa desaparece de nuestras aguas, la interrogante a responder será qué especie será la próxima en desaparecer en el golfo de Vizcaya.

 
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