Miércoles, 25 de octubre de 2006
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TRIBUNA EXTREMEÑA
Profesores que dejan huella
SIEMPRE he creído que hay dos profesiones que no admiten ni una pequeña fisura en la vocación con que se ejercen: la sanitaria y la docente; la una dedicada al cuerpo y la otra al espíritu, los dos fundamentos del ser humano. A ambas las equipara la enorme responsabilidad que recae sobre quienes se dedican a ellas; a los sanitarios, preservar, recobrar y mantener la salud; a los docentes, transmitir la inquietud por el placer de aprender, que es el placer de sentirse vivo. Quizá por eso seamos los demás tan poco transigentes con los errores de unos y otros. Y sin embargo son humanamente inevitables, así que más vale abordarlos.

Esto mismo ha hecho con los errores y aciertos de los docentes Purificación Gato Castaño en el libro que acaba de publicarle la Universidad de Extremadura, Profesores que dejan huella: abordar con extraordinaria delicadeza elogios y reproches de anónimos alumnos a antiguos -y también anónimos- profesores. Un libro de cartas escritas con años de retraso para poner algunos afectos que andaban desubicados en el sitio de la memoria que les corresponde. Un libro, por tanto, en el que podríamos haber participado todos y cada uno de nosotros. Porque ¿quién puede afirmar sin mentir que en sus tiempos de estudiante no hubo de morderse nunca los labios y jurar por lo bajo que algún día se vengaría de tal o cual profesor? Nadie. Igual que nadie ha olvidado a un determinado maestro por su sabiduría, por su forma de transmitirla, por su afabilidad o incluso por cosas tan peregrinas como la perfección con que trazaba las circunferencias en el encerado sin necesidad de atar una cuerda a la tiza.

De tales nostalgias trata este libro -fruto de larga maduración (diez años) y selección meticulosa de entre gran cantidad de cartas-, y quien se acerque a él no va a encontrarse con un árido y profundo estudio destinado sólo a especialistas, sino todo lo contrario: va a sumergirse en sus recuerdos de infancia y adolescencia, va a suscribir muchas de las cartas que lea, las va a hacer suyas y se las va a remitir a sus propios antiguos maestros y profesores desde algún rincón del recuerdo.

Y sin embargo no es éste sólo un libro de evocaciones. Al contrario: la nostalgia aquí es proyectada hábilmente hacia el futuro de la enseñanza con la intención de mejorarla a partir del análisis y la reflexión. Este libro propone que dentro del complejo universo del aula la pedagogía es sólo una más de las facetas de relación entre profesores y alumnos, y que las otras, las actitudes interhumanas, no son menos importantes. Ése es el gran mérito de la cuidadosa selección de cartas realizada por la doctora Gato Castaño: que todas, positivas y negativas, ponen de relieve la complejidad de las relaciones humanas -no sólo las profesionales, eso sería un craso error-, con el sabroso aperitivo añadido de entresacar una frase de cada carta, que la sintetiza y la titula: 'Te has ganado la confianza y admiración ', 'Momentos mágicos', 'Esa ternura que no has perdido', 'Se nos presentaba como un ser humilde' O, en el reverso de la moneda, 'Deje de destrozar la enseñanza', 'La sartén por el mango', 'Pasabas de mí' Para ilustrar la agudeza del análisis de la profesora Gato basten subrayados como estos dos: «Jamás aprendí tanto de una sola persona, y eso que mi padre era mi número uno, mi gran modelo» y «Sabías mi nombre, mis dificultades». Relaciones ricas, complejas, a veces confusas, en tierra abonada y fértil. Como se ve, no es difícil que maestros y profesores dejen huella en sus alumnos; en general son materia blanda, susceptible de ser hollada para siempre, quizá con más facilidad de lo que a veces los propios docentes consideran.

El altísimo concepto que la doctora Gato Castaño tiene de su profesión -enseñante de enseñantes- queda perfectamente dibujado en la dedicatoria que hace de esta obra a sus alumnos «con el deseo de que se acerquen cada día a esa realidad educativa, tan necesitada de sueños y utopías », o cuando reflexiona sobre los nuevos medios de enseñanza con un halo poético sólo posible desde la sinceridad de los sentimientos: «Bien está el abrirse, sin resistencias, a ese cúmulo de herramientas que proporcionan las nuevas tecnologías, pero sin olvidar que la función primordial del profesor, la única que justifica su existencia, es la de ir entreabriendo esa otra puerta del entusiasmo, del gusto por las cosas; contagiar ese deseo de saber, de preguntarse, de moverse en un mundo mágico »

Adiestrar, hacer diestro a alguien en algo, no es difícil; hasta los animales medianamente inteligentes pueden ser adiestrados. Pero educar, «ir entreabriendo esa otra puerta del entusiasmo, del gusto por las cosas», es tarea ardua. Para empezar, porque la educación se ha convertido en un muy espinoso entramado de factores vivos que crecen, evolucionan y se mueven constantemente, y a los que hay que atender, entender, corregir, afirmar Para seguir, porque muchos de esos factores no dependen de un solo criterio: las distintas fuentes que nutren la educación de una persona aportan una ingente cantidad de influencias muchas veces contradictorias. Los adultos tenemos nuestra propia idea de lo que es educar, pero también sabemos que además hay que cruzar los dedos Quizá porque nadie conoce la fórmula mágica, o porque la fórmula simplemente no existe; aunque sí sabias aproximaciones reflexivas como las que plantea en su libro nuestra autora, uno de esos talentos silenciosos que trabajan de espaldas al ruido mediático, pero cuyos méritos bien pudieran ser reconocidos -por ejemplo- con el honoris causa de la prestigiosa universidad boliviana de Sucre, como es el caso.



JORGE MÁRQUEZ es escritor

 
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