Viernes, 20 de octubre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

TRIBUNA EXTREMEÑA
África se muere
ÁFRICA se muere. Ésa es una expresión que hemos oído repetidas veces. ¿Y es cierto! Pero antes de que eso ocurra, los aproximadamente cincuenta millones de seres humanos que allí viven habrán decidido abandonarla. Nadie quiere vivir dentro de un ataúd. Unos antes y otros después, todos irán saliendo con destino a zonas del mundo donde un niño pueda acceder a los servicios sanitarios, educativos; allí, donde sepan que su destino no es morirse por hambre, sida o cualquier otra circunstancia. Los africanos no emigran; los africanos huyen despavoridos de un continente que se muere. Y cuando alguien huye, se refugia en el primer sitio que encuentra. Y ni los gobiernos de allí ni los de aquí serán capaces de contener esa huida, consciente, desesperada, obligatoria.

En las zonas ricas del mundo nos esforzaremos en levantar muros de hormigón o de barcos de guerra, pero cuando alguien siente que se ahoga, su instinto de conservación le obliga a agarrarse del brazo o del cuello del que está más cerca de él. Sólo tenemos dos opciones: o subirlos a la superficie y arrastrarlos a la orilla o ahogarnos con él. Algunos querrían que supieran nadar como sabemos los que vivimos en el mundo rico y que, cuando huyan de sus países, lo hagan con papeles, de forma ordenada y en función de nuestras necesidades. Es decir, miran a África y a los africanos con los ojos occidentales. Pero para entender lo que les ocurre y lo que nos ocurre, es necesario mirar con ojos africanos, con ojos de pobre. Y así veríamos que es imposible que vengan con papeles quienes no tienen papeles en sus países, que es imposible que controlen sus fronteras -de miles de kilómetros- quienes no tienen medios, ni ejércitos, ni policías organizados al estilo occidental, que es imposible que el 'efecto llamada' se escuche por millones de ciudadanos que viven en países con extensiones inmensas y donde los modernos medios de comunicación no llegan con la celeridad y amplitud con que lo hacen en occidente.

Como no parece que la disposición de Occidente vaya por la opción de arrastrarlos a la orilla rica, la otra opción es ahogarnos con ellos en el inmenso mar de la insolidaridad, el egoísmo, el bienestar excluyente.

A una parte de la población rica no le causará mayor trastorno que el discurso racista, xenófobo y totalitario se vaya abriendo paso hasta llegar a convertirse en el sustento ideológico de los gobiernos del mundo rico en los próximos 15 o 20 años. Pero otra parte de la sociedad sentirá, cuando ya sea demasiado tarde, que el fascismo volverá a abrirse paso y subirse a los gobiernos occidentales sobre las espaldas del egoísmo y del racismo.

«No hay solución» es otra de las frases que han hecho fortuna cuando se trata de teorizar sobre el hambre. Si no hay solución, se tendría la obligación de decirlo en los foros acreditados, para que todos nos pudiéramos hacer una idea de cómo afrontar una vida en la que no hay solución para el hambre de millones de seres humanos. Si hay solución, y debe haberla, los líderes mundiales tienen la obligación de hacernos saber qué esfuerzo, qué renuncias, qué sacrificios deberíamos hacer para que la pobreza quedara definitivamente erradicada del mundo. ¿Que lo digan! para saber si tenemos que seguir escondiéndonos en la caridad inútil, en las subastas televisivas, en los presupuestos según los índices de víctimas, es decir, en el «No hay solución» o, por el contrario, para saber si compensa perder algo de nuestro bienestar para ganar al hambre, para salvar la democracia, para salvar la conciencia, para rebelarnos contra la pobreza.



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ IBARRA es presidente de la Junta de Extremadura

 
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