«En Plasencia se ejecutó a 52 personas condenadas en consejos de guerra»

Fernando Flores del Manzano ante la antigua cárcel pública, que hoy es parte del ayuntamiento. :: palma
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Fernando Flores del Manzano ante la antigua cárcel pública, que hoy es parte del ayuntamiento. :: palma

El autor documenta en su nuevo libro la represión sufrida durante la Guerra Civil en la ciudad y en todo el norte extremeño Fernando Flores del Manzano Profesor e investigador

CLAUDIO MATEOS PLASENCIA.

Fernando Flores del Manzano (Cabezuela del Valle, 1950) regresa con un nuevo libro sobre la historia de Plasencia y las comarcas de alrededor. En 'Guerra Civil y represión en el norte de Extremadura (1936-1939)', publicado por Raíces, el investigador y profesor narra cómo se desarrolló la vida en la ciudad durante la guerra, con especial protagonismo para los episodios represivos por parte del bando sublevado, tanto oficiales como espontáneos, contra quienes eran identificados como republicanos. Lo hace aportando toda la documentación que durante años ha recopilado en archivos civiles y militares.

-¿No estaba bien estudiado el impacto de la Guerra Civil y la represión en Plasencia y el norte extremeño?

-Cuando se saca un libro es porque había una laguna importante. Yo vengo realizando un trabajo sistemático de reconstrucción de toda la historia contemporánea de Plasencia y el entorno, empezando desde el reinado de Fernando VII. Tengo casi terminado un libro sobre la República, pero este se ha adelantado porque la Guerra Civil tiene más gancho editorial.

LAS FRASES «La gente vivía en un estado de terror y pánico en una ciudad totalmente militarizada» «En Plasencia y sus alrededores los 'paseos' se dieron hasta mediados de octubre de 1936»

-¿Ha usado sólo fuentes documentales o también testimonios?

-No he querido buscar testimonios directos y he preferido basarme en la documentación de la época para hacer un trabajo objetivo. Eso me ha llevado desde hace tres años a una peregrinación por distintos archivos, desde los locales de Plasencia y los pueblos y el Provincial de la Diputación, hasta los nacionales, sobre todo militares. En Ávila se encuentran las operaciones de las distintas unidades, entre ellas las del batallón de ametralladoras de Plasencia. En Segovia están los expedientes del teniente coronel jefe del batallón y otros oficiales. Pero sobre todo el Archivo General Histórico de Defensa, en Madrid, donde se guardan todas las causas sumarísimas de los consejos de guerra que se celebraron en Plasencia.

-¿Qué ha encontrado?

-Cosas estremecedoras, como documentos referidos a personas que fueron asesinadas en plena calle por una reacción airada que tuvieron la derecha y los militares tras el bombardeo al cuartel de Plasencia del 17 de agosto de 1936. En el bombardeo murieron 10 personas y le siguió una reacción incontrolada de la derecha. En las horas siguientes grupos formados por miembros de la Falange, y también guardias civiles, recorrieron las calles y descerrajaron un tiro a las personas que tuvieron la mala suerte de encontrárselos y que eran consideradas de izquierdas. Ese día mataron así a nueve personas. El bombardeo fue a las siete y cuarto de la mañana y, a las 11 ya estaban matando gente por las calles, que no eran dirigentes ni personas importantes, sino simples militantes sin relevancia ninguna.

-¿Qué pasó después?

-Los bombardeos siguieron los días 18 y 19, pero ya causando solo daños materiales. El día 19 sacaron del depósito de detenidos de Plasencia para matarlos a tres significados socialistas, entre ellos el exalcalde Julio Durán, que tiene una avenida dedicada en la ciudad; Consuelo Alonso, que era teniente de alcalde, y Joaquín Rosado Álvarez de Sotomayor, hijo del famoso farmacéutico. También sacaron a dos más de Malpartida de Plasencia.

-¿Todo está documentado?

-Sí, y para mí ha sido tristísimo tener que ver los documentos en los que se describe cómo el forense y el juez municipal van por las calles haciendo el levantamiento de cadáveres y describiendo detalladamente dónde tiene la persona el tiro y la proximidad con la que se lo dan. También se guardan fotografías de algunos de los cadáveres. Toda esa venganza quedó impune porque las pesquisas judiciales se cerraron al no aparecer los autores.

-¿Ese fue el primer episodio de represión que se vivió en Plasencia durante la Guerra Civil?

-Antes ya habían aparecido cadáveres en el término municipal, pero no eran vecinos de Plasencia, sino personas a las que sacaban de los pueblos en furgonetas y aparecían en las cunetas de las carreteras de La Alberca, Salamanca y el Valle. Eran personas a las que les habían dado el llamado 'paseo', y que presentaban tiros directos en la sien.

Resistencia

-¿Ocurrió durante toda la guerra?

-Los 'paseos' se dieron hasta mediados de octubre de 1936, fundamentalmente en el mes de agosto en el caso de Plasencia y alrededores. Pero en algunos pueblos hubo resistencia. Navalmoral de la Mata fue inicialmente un bastión de defensa de la República y fue hasta allí gente de Plasencia para pelear, entre ellos un grupo de anarquistas, cinco de los cuales fueron sometidos a juicios sumarísimos y fusilados en Cáceres. A partir de octubre empezó a intervenir ya la justicia militar a través de los consejos de guerra, que en el libro están todos documentados caso por caso.

-¿Cuántos hubo en Plasencia?

-Se celebraban en el cuartel, algunos días hasta 12 y 14, por la mañana y por la tarde. La mayor frecuencia se dio hasta la primavera de 1937 y luego fueron ya casos más esporádicos, aunque se mantuvieron incluso hasta poco después de finalizar la guerra. Por un cruel retruécano, quienes defendieron la legalidad republicana se volvieron de pronto ilegítimos, y fueron sometidos por ello a juicios sumarísimos que, en realidad, eran una farsa.

Ejecutados y encarcelados

-¿Cuál fue el resultado?

-En Plasencia 52 personas fueron condenadas a la pena capital en los consejos de guerra y ejecutadas en el campo de tiro de la ciudad, que estaba muy próximo al cementerio, en la carretera de Malpartida. Penas de cárcel de más de 30 años o indefinidas hubo cientos, tanto de placentinos como de comarcanos. De los 52 ejecutados solamente tres eran de Plasencia: dos socialistas y un anarquista. También hubo otras formas de represión a las que se alude en el libro, como encarcelamientos arbitrarios, detenidos por delaciones, registros policiales intempestivos, palizas, cortar el pelo a las mujeres o darles de beber aceite de ricino. La gente vivía en un estado de terror y pánico en una ciudad totalmente militarizada. También hubo muchas incautaciones de bienes y las llamadas depuraciones, tanto de empleados públicos del Ayuntamiento, como de maestros a los que les quitaron su trabajo.

-¿Concibe este libro como una especie de reparación histórica hacia toda esa gente?

-Yo he procurado en todo momento situarme en una posición de objetividad, sin revanchismos ni desquites, buscando la ecuanimidad. Si lo he conseguido es el lector el que lo tiene que decir, pero ese ha sido mi posicionamiento.

Olvido

-¿Cree que esta parte de la historia placentina se ha olvidado?

-En gran parte, y lo personalizo en dos individuos. Uno es un 'topo', en el sentido de persona escondida, llamado Severiano Caldera, que se escondió en casa de sus suegros en el Cristo de las Batallas al estallar la guerra, y estuvo casi 12 años escondido. No salió hasta el 48, cuando se presentó voluntariamente a las autoridades. Para entonces las cosas ya estaban más calmadas y acabó en la cárcel, pero no fusilado como seguro que hubiera pasado en el 36 porque era un importante dirigente socialista. El otro caso es el de Vidal Gil Tirado, que fue fiscal en el proceso a José Antonio en Alicante, y por ese hecho en Plasencia se le repudió oficialmente, se le desnaturalizó. Murió en el exilio.

-¿Qué más cuenta en el libro?

-La tercera parte se dedica a narrar la vida durante la guerra en una ciudad de retaguardia. Las autoridades nuevas querían dar una apariencia de normalidad pero, como digo, la ciudad estaba militarizada, y en la plaza de toros había un campo de concentración para cerca de 800 prisioneros. Hubo una degradación de la vida pública, con un aumento de los delitos y con un papel importante de los oficiales y suboficiales, con trifulcas tabernarias y prostibularias que armaban en las noches placentinas por piques entre las distintas unidades militares.

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