Jorge Franco y la atmósfera de irrealidad

Jorge Franco. /
Jorge Franco.

En esta novela ganadora del Premio Alfaguara 2014, el autor colombiano describe un secuestro con un móvil económico que se confunde con el amor y la magia de la infancia

:: IÑAKI EZKERRA

Mientras Marx consideraba la economía como el motor de la Historia, Freud sostenía que todo ser humano se halla motivado por pulsiones que no conoce de manera consciente ni domina, como son las sexuales, y que pueden llevarle a actuar contra sus intereses. Un buen exponente de la colisión entre esas dos visiones y versiones de la conducta humana lo representa Mono Riascos, el personaje central de El mundo de afuera, la novela con la que Jorge Franco ha obtenido el Premio Alfaguara 2014. Se trata de un tipo marginal y sentimental; del jefe de un grupo de delincuentes que es capaz de secuestrar a un extravagante millonario de la ciudad de Medellín y pedir un sustancioso rescate cuando al interés material se añade el hecho de haber estado enamorado de la hija de su víctima desde los días de su niñez. Digo que se añade porque la obsesión amorosa no niega la económica en esta novela y ese personaje, sino que se mezclan ambas del modo en que muchas veces lo hacen en la vida real cuando el dinero constituye un factor determinante para la fascinación auténtica y sincera. Sin duda, uno de los aciertos del libro reside en esa ambigüedad psicológica de su héroe, un ser desorientado por sus sentimientos y por la contradicción a la que le llevan estos de acercarse a la imagen del ser amado mediante el odio que más puede alejarlo de él.

El argumento se basa en unos hechos reales de los que da fe el parte oficial del Ejército con el que se abre el libro y que está fechado en Medellín, la capital del departamento de Antioquia, el 9 de agosto de 1971. En éste se nos informa del secuestro de Diego Echevarría Misas «por tres antisociales armados» en las inmediaciones de su residencia, una literal copia del castillo de La Rochefoucauld que su enorme fortuna le permitió construirse en su día para recluir a Isolda, su hija, y mantenerla a salvo de los peligros del mundo. Del informe oficial la novela salta a los días en que esa niña, privada de la asistencia a un colegio normal, vivía rodeada del servicio de la casa, esto es de un paje, dos mucamas, dos cocineras, un chófer, un jardinero y Hedda, una institutriz que don Diego se había traído de Alemania, la patria de Dita, su propia esposa. No tardaremos en saber que él es un amante del país y de las óperas de Wagner (de ahí el nombre que le puso a su hija) así como que, una vez encontrada una mujer a la medida de su pasión germanófila, la convenció de que dejara el Berlín de la época del nazismo para seguirle a Colombia y vivir con él tras los muros de esa pintoresca y extemporánea fortaleza.

La sensación de irrealidad se apodera del lector y es otra de las características más conseguidas de la novela; irrealidad en la que vivió sumida esa niña rubia a la que se nos retrata huyendo al bosque que cerca «el castillo» para fantasear con conejos mágicos y representar una exótica versión de la Alicia de Lewis Carroll. No es difícil imaginar el cóctel de sensaciones deslumbrantes ni el efecto hipnótico que podría ejercer en un muchacho de escasos medios aquella visión: el castillo de Disneylandia, la opulencia de sus dueños, la princesa bella y desgraciada perdiéndose en la espesura

La novela juega con diferentes tiempos narrativos, lo cual resulta habitual en la moderna tradición latinoamericana inaugurada por el boom. Del plano temporal de la niñez de Isolda pasamos al presente en el que tiene lugar el secuestro; a los movimientos de los delincuentes y a las conversaciones que Mono mantiene con don Diego durante su cautiverio y que llegan a adquirir el tono de la confidencia; a las concesiones que hacen uno y otro; a la irritación del viejo cada vez que el delincuente utiliza sin pudor la expresión «nuestra Isolda».

Paradójicamente, el gran logro de El mundo de afuera es «el mundo de dentro» que logra crear Jorge Franco en todos sus compartimentos narrativos; esa original atmósfera de irrealidad que rodea a la relación del secuestrador con el secuestrado o a la del niño pobre con la niña rica, que es la de un cuento tenebroso y que evoca en su extraño planteamiento el esquema de Grandes esperanzas, la novela de Dickens en la que Philip Pirrip, un huérfano de condición humilde, se dejaba también seducir por la contemplación de una cría aristócrata y rara que vivía aislada en una decadente mansión y a la que educaban de un modo estrafalario que la incapacitaría para la vida. Por desgracia, Mono, el personaje de Franco, no recibe una herencia, como el Pip de Dickens, que le permita sortear la tragedia, convertirse en un caballero y ver su sueño realizado.

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