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CONTRAPORTADA
VIVIR EN LA FRONTERA
Los marranos extremeños de Belmonte
A media hora de la Raya cacereña, los descendientes de los judíos expulsados de Castilla en 1492 han abierto una sinagoga y un Museo del Criptojudaísmo
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AÑO de 1492. Por sorpresa, un decreto de los Reyes Católicos sacude las aljamas de Cáceres, de Hervás, de Valencia de Alcántara, de Alburquerque. Los judíos deben salir inmediatamente del país. Se organiza el éxodo a toda prisa. La Frontera, hasta entonces un crisol de tres culturas, se ve zarandeada por la uniformidad forzada: o cristiano o expulsión.

La caravana de expatriados cruza a Portugal por Valverde del Fresno, por Zarza la Mayor, por Valencia de Alcántara, La Codosera o Badajoz. Una placa junto al puente medieval de Marvao, a un paso de su piscina natural, recuerda que los judíos extremeños cruzaron por aquel lugar hace más de medio milenio.

El pueblo hebreo extremeño se diseminó por diversas localidades: los del norte, a Belmonte y a los pueblos de la Sierra de la Estrella. Los del centro y el sur, a Marvao, a Castelo de Vide, a Évora y Lisboa. Unos 100.000 judíos castellanos y aragoneses fueron acogidos por el reino de Portugal previo pago de una indemnización por los Reyes Católicos.

Bautizo colectivo

Pero la persecución no acababa ahí. Cuatro años después, en 1496, los judíos extremeños en Portugal y todos sus correligionarios eran obligados por el rey luso, debido a la imposición matrimonial de una infanta castellana, a bautizarse colectivamente. A estos conversos judaizantes se les llamó de manera insultante marranos. El apelativo acabó lexicalizándose y así se conoció y se conoce a los judíos portugueses descendientes de los hebreos extremeños y españoles, a los criptojudíos que eran oficialmente cristianos, pero seguían clandestinamente la Torá y el Talmud.

Estos criptojudíos o marranos extremeños sufrieron diversos avatares en Portugal. Algunos fueron asimilados paulatinamente por el entorno católico. Otros emigraron a Amsterdam, Orán, Salónica o Estambul. Hubo un grupo que se quedó en un pequeño pueblo de la Sierra de la Estrella llamado Belmonte y muchos sufrieron persecución y muerte en uno de los progroms más cruentos que se conocen: el del 19 de abril de 1506 en Lisboa.

La capital portuguesa era azotada en esas fechas por la peste y las masas supersticiosas encontraron rápidamente un culpable con quien ensañarse: el judío. Cuentan las crónicas que ese día de abril de hace 500 años, algunos lisboetas aseguraron que un crucifijo de la iglesia de Santo Domingo resplandecía milagrosamente. Un judío converso y lúcido explicó el brillo por los efectos de la llama de una vela. La masa, frustrado el milagro, linchó y quemó al cristiano nuevo y formó una chusma que recorrió Lisboa durante tres días asesinando, violando y quemando 2.000 hombres, mujeres y niños judíos.

En 1531, los judíos volvieron a ser acusados de ser culpables de un terremoto que asoló Lisboa, aunque esta vez se pudo detener el inminente linchamiento. Mientras tanto, en Belmonte, una aldea situada a media hora de la frontera cacereña, 200 judíos conversos vivían una existencia tranquila, alejados de las persecuciones inquisitoriales.

Pasaron los siglos y estos marranos belmontinos, varios de ellos descendientes de judíos extremeños, mantenían costumbres peculiares como encender una vela los viernes por la noche escondida dentro de una vasija o rezar a san Moisés y a la reina Esther. A medida que el miedo desaparecía, su criptojudaísmo iba saliendo a la luz. Con la dictadura de Salazar aún debían tener cuidado, pero tras la Revolución de los Claveles, se sintieron por fin libres.

En 1996, 490 años después del progrom de Lisboa, inauguraron su sinagoga y este año de 2006, medio milenio después de la matanza lisboeta, han inaugurado el Museo Judío de Belmonte: un homenaje a los sacrificados de Lisboa y a los perseverantes de Belmonte, esos marranos extremeños y castellanos que jamás abandonaron Iberia, que han resistido 514 años en Sefarad.



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