En el sur extremeño, a veinte kilómetros de distancia, Jerez de los Caballeros y Oliva de la Frontera ejemplifican dos maneras de representar la Semana Santa. La imaginería y el tortuoso entramado urbano, en el caso jerezano, el teatro y los escenarios naturales, en el caso olivero, posibilitan dos opciones complementarias para el visitante.
En Jerez, ocho cofradías y el compromiso de sus habitantes y el de otros muchos que no viven allí encumbran una semana diversamente brillante, donde, por ejemplo, el interiorismo sobrio del Lunes y Martes Santo, con las procesiones de los Empalaos-Vera Cruz y la del Silencio, respectivamente, se enlaza con el bullicio del desfile de La Borriquita, del Domingo de Ramos, o la intensa noche del Jueves al Viernes Santo.
Este año, la Procesión Magna vuelve a tener un hueco anunciado. Hace catorce años que no se celebra y el año pasado se suspendió a causa de la lluvia. El Viernes Santo, a las seis, con encuentro en la plaza de San Agustín, se pondrán en la calle catorce pasos y la Virgen de la Encarnación.
En Oliva, desde hace 31 años, la Pasión Viviente, la única declarada en la región de interés turístico, se desarrolla en tres días, Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santos en escenarios como la plaza de las Palmeras, la iglesia de San Marcos o el Santuario de la Virgen de Gracia. Este año se cambia, por primera vez en tres décadas, de actor de Pilatos y se renueva el traje de Herodes.