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Lunes, 2 de enero de 2006
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PROVINCIA DE CÁCERES
PUES DICEN...
Un consejo: «Si no fuma, cállese»
LOS niños cacereños de los años 60 y 70 del pasado siglo llegábamos a Dios y al tabaco por medio de los ejercicios espirituales. Aquellos retiros monacales se realizaban en la casa de ejercicios de la Montaña, donde nos encerrábamos durante cuatro días. Como perdíamos clases, solíamos apuntarnos a la meditación con entusiasmo. Subíamos un miércoles por la tarde para estar allí hasta el domingo y hacíamos la ascensión por el atajo de Fuente Fría. Pero antes, comprábamos nuestro primer paquete de Ducados en el quiosco de Colón. Yo tuve suerte porque probé mi primer cigarrillo por el camino de las huertas del Marco, me supo a rayos, lo tiré y le regalé el paquete a un compañero de clase. Gracias a ese sabor recio del Ducados, esta Nochevieja no fumé mi último pitillo ni anuncié solemnemente que a partir de ese momento iba a dejar de fumar. Si me hubiera gustado aquel Ducados, el día 31 habría sido, probablemente, uno de los miles de cacereños que se comprometieron en la mayor conjura antinicotina de la historia de esta provincia. Y aquí estamos, en el día dos del año en que medio Cáceres dejó de fumar, con los hermanos mascando chicle sin parar, las hermanas nerviosas porque ya empiezan a verse gordas y no dejan de comer chocolate, los cuñados colocándose parches, las cuñadas mordiendo boquillas y todos saltando endiablados al primer comentario jocoso, al primer consejo del personaje más odioso de esta historia: el no fumador con buen rollito.

Cómo detesto el olor de las cazadoras de ante impregnadas de humo tabaquero, cómo sufre mi tos ferina con los efluvios cigarreros, cómo me pican los ojos al cabo de tres minutos en compañía de fumadores... Pero hoy no es día de reivindicaciones ni me parece correcto volver a explicar que en esta historia, los verdaderos mártires, desde hace siglos, somos los fumadores pasivos. Hoy es un día para que los no fumadores nos estemos calladitos, disfrutando quizás de nuestro primer café público sin humos, de nuestra primera comida china sin chimeneas al lado. Pero calladitos, sin vanagloriarnos de poder respirar, sin presumir de que desde ayer somos, por fin, la mayoría respetada.



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