Hoy

EL TREN

ESTOS días he dicho en privado que la movilización por un tren digno en Extremadura será un éxito cuando don Celso Morga, arzobispo de Mérida-Badajoz, se sume a la reclamación. Perdone usted, monseñor, por meterle en este lío, pero eso indicaría que, en efecto, toda la sociedad, todos sus matices, voces y sensibilidades, han sido reunidos en torno a un único objetivo decisivo y básico: dotar este territorio de suficientes infraestructuras de comunicaciones ferroviarias para personas y mercancías. De una vez por todas. Pero ojo, suficientes no para ser más que nadie ni hacernos ricos; suficientes para sobrevivir, para no descolgarnos definitivamente de las condiciones que deberán caracterizar a cualquier comunidad social mínimamente moderna. Sería sensacional, espectacular, reconfortante y esperanzador que en un horizonte cercano y tras una pancarta única, abrazaran un mismo proyecto gentes de dentro y de fuera, de la patronal, la política, los sindicatos, de la iglesia, de las fundaciones, de la educación -¿a qué espera la Universidad de Extremadura, no me refiero al rector, sino a toda la comunidad universitaria, para ponerse al frente de la reclamación?-, de los colegios profesionales, de todos los sectores productivos y económicos, públicos y privados, de las asociaciones culturales y festivas, del deporte, del arte, de los colectivos rurales, de cooperativas, de instituciones, de entidades, clubes, peñas, oenegés, sociedades, cofradías, federaciones... Incluso de las asociaciones de padres y madres de nuestros colegios y de los hogares extremeños de todo el país.

¿Qué se necesita? Además de recursos, tres ingredientes:paciencia, trabajo y coherencia. Sin alguno de los tres, todo se irá al garete, aunque con un riesgo añadido: que no sabemos si volveremos a tener nuevas oportunidades. Asimismo, en ausencia de recursos, es decir, sin destinar medios humanos y económicos en el propósito -dinero contante y sonante-, todo será mucho más difícil y lento. Demasiado quizás. Por eso la manifestación del sábado pasado debía ser juzgada desde dos ángulos: como punto de partida positivo, por supuesto, pero también como conciencia del problema reflejada contra el espejo del reto mayúsculo y aún lejano que se pretende. Alonso de la Torre aportaba y glosaba en una de sus contraportadas de esta semana un detalle muy significativo: los extremeños casi que hemos dado por perdido el tren, después de años y años de promesas incumplidas. Lo primero es, por tanto, que volvamos a creer que la unión, la protesta legítima y el respingo enérgico e impenitente servirán para algo, que darán fruto. Los convocantes de la manifestación y los firmantes del pacto por el tren deben armarse de mucha paciencia y hacer prácticamente un puerta a puerta por todas las calles de ciudades y pueblos, por los medios de comunicación, en las redes sociales... No puede quedarse un solo extremeño mayor de 16 años sin una explicación completa y veraz sobre la importancia del tren y por qué nuestro mañana depende de él en múltiples sentidos. Lo segundo es que la nata de nuestra dirigencia económica, política y social, doméstica y en la diáspora, cuele el mensaje del tren permanentemente. Y lo ponga encima de cualquier mesa en la que se vaya a tomar una decisión al respecto, por mínima que sea. El tren como mantra, como matraca, como goteo, como vuvuzela identitaria. Llegamos muy tarde, sin duda. Por culpa más de unos -los que durante más tiempo han podido poner remedio- que de otros. Zanjemos el asunto de las culpas y pongámonos a trabajar. De nada servirá que perdamos un minuto más en acusaciones estériles.