Las verdades de Borrell

LA TRIBUNA

Y la fortuna de ser extremeño (o portugués)

EN la clausura de la manifestación del día 8 de octubre, entre una multitud ávida de esperanza, en su profundo y políglota manifiesto afinó José Borrell a la hora de definir, con cita ajena, lo que son y significan las fronteras: «las cicatrices que la historia ha dejado grabadas en la piel de la tierra». Y reclamaba con vehemencia que no se levanten más.

Visto desde la perspectiva de un extremeño como yo, esta proclama podría sonar lejana. Es normal, resido en una tranquila ciudad de provincias, ajena a las grandes turbulencias de los ambiciosos y alejada de todo sentimiento proclive a lindes o divisorias. Cierto que, en los libros de la historia real que aquí nos enseñan nuestros maestros, hubo muchos puentes cercenados en guerras pasadas, especialmente con Portugal, pero también entre reinos que hoy no existen. Reinos que, por avatares del tiempo, unieron sus fronteras para no sentir las estrecheces mentales de la tribu, de la aldea.

Todas las fronteras bélicas que fueron hoy son nada para mí, para nosotros, para todos los extremeños. Sin embargo, en nuestra cómoda perspectiva comprobamos, estupefactos, cómo el fanatismo y el hambre abren y cierran fronteras.

Querido José Borrell, hace años, no muchos, mirábamos aquí al vecino luso con desdén, con ese atávico sentimiento prepotente del nacionalista. No sé por qué, fuimos injustos juzgando a un vecino que hoy es tan europeo como nosotros. Portugal, una nación fraternal que, además de contar con niveles educativos envidiables, sabe estar en todo momento amable con los españoles. A tanto llega su afabilidad que, aún dominando buena parte de su población el inglés, en su empeño por hacer más fácil nuestra estancia entre ellos han creado un mestizaje lingüístico popularmente conocido como «portuñol».

Ahora, José, los extremeños y los alentejanos visitamos los baluartes de la Raya ¡La herida cicatrizada! y sólo vemos el colosal patrimonio cultural que pueden dejar los desencuentros, de los que Elvas o Badajoz son buenos exponentes.

A la propia administración autonómica, que como todo lo humano tuvo y tiene sus sombras, hay que reconocerle el acierto, desde el inicio de su andadura, de romper con los estereotipos y estrechar lazos con Portugal. Ese acercamiento se viene haciendo, de manera especial, con el Alentejo y la Beira Baixa. A todos nos anima el mutuo conocimiento y apoyo que, en definitiva, es la mejor forma de enterrar las grietas de las fronteras, de diluir cualquier intento de educar en la xenofobia.

El Gabinete de Iniciativas Transfronterizas fue uno de los puntales que la Junta de Extremadura usó para romper hielo, aparte de incentivar en los extremeños el interés por aprender el portugués, incluso entre los funcionarios de la Junta de Extremadura.

Europa nos unió más aún, y nadie mejor que tú, José, que ocupaste señalado cargo en Bruselas, para certificarlo. Son muchos los proyectos transfronterizos que hemos hecho en común españoles y portugueses, alguno de ellos compartiendo espacios naturales. ¡Qué sabe la garza o el búho de fronteras... y los incendios, tampoco! Bombeiros voluntarios han estado sofocando candelas en España y nuestros retenes del Infoex o soldados de la UME colaboraron en la extinción de los terribles incendios que devastan los montes. Son cientos los estudiantes extremeños que amplían conocimientos en la nación hermana y muchos médicos, ingenieros, arquitectos, veterinarios, ganaderos y agricultores, entre otros profesionales, los que se han abierto camino en Portugal. A la inversa, unos mil niños portugueses nacieron en el Hospital Materno-Infantil de Badajoz.

Ahora estamos luchando porque la unión se haga más estrecha con un nuevo cordón umbilical: el ferrocarril.

La historia, o es total o no es historia, por eso los arqueólogos extremeños y portugueses hace años que trabajan en común. Un ejemplo de esa unión fue la exposición ‘Lusitania Romana: el Origen de dos Pueblos’, que viajó de Mérida a Lisboa y Madrid, ahondando en esas raíces clásicas que unen a lusos y extremeños.

Por esa experiencia vivida en mi tierra –que es la tuya, José–, no me cabe en la cabeza que, en el cénit de la libertad y con un nivel de vida más que aceptable, muchos catalanes pretendan abrir una nueva cicatriz en la Piel de Toro.

Porque si ya es delito, a estas alturas de la historia del ‘Homo sapiens’, abogar por una libertad y opresión fingidos para que una casta política tenga sus frontera, su feudo, su ejército y fieles juramentados (vasallos a la postre), este delito se amplifica cuando nos olvidamos que hay en el planeta seres sin libertad, pan, ni justicia y a los que el hambre arrastra hacia nosotros.

Mal está que estos fanáticos destrocen el traje constitucional que a todos los españoles –catalanes incluidos– tanto nos costó bordar, pero peor aún es perder tiempo y dinero en su veleidad y dejar, en el umbral de la frontera real, la del hambre, a tanto necesitado.

Porque el problema verdadero no es el de la entelequia catalana, sino la frontera del hambre y, soterrado, el problema de los señores de la guerra que azuzan a los hambrientos y a los desarraigados para que se estampen ante nuestras holgadas existencias. Y, en el caso de los nacionalistas, tan holgadas están las suyas que se dedican, para no aburrirse, a fabricar nuevas fronteras, a educar para matar por ellas… en definitiva, a destrozar la convivencia y a impedir que una nación solidaria, como la española, deje a su suerte a los hambrientos de la yihad y la miseria (de dentro y de fuera), para dedicarse a impedir que unos fanáticos enriquecidos pongan lindes a una finca para que no se les escapen los ciudadanos que jamás, por cierto, fueron suyos porque nacieron libres como tú, José Borrell.

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