Torra bajo control

La anomalía democrática no está en la peripecia judicial de Puigdemont, sino en que el independentismo siga rendido ante él

La investidura de Quim Torra como presidente de la Generalitat continúa centrando la atención en la personalidad política del designado por Carles Puigdemont y en la relación jerárquica que el primero sugiere respecto al autoexiliado, contra todo sentido institucional. Frente a la trayectoria ágrafa que abunda entre los políticos, Torra ha venido publicando con profusión su manera de ver las cosas, en la que los catalanes de raíz estarían destinados a ser independientes mediante una república propia. Su pensamiento ha generado casi tanta inquietud en los grupos de oposición –Ciudadanos, En Comú, PSC y PP– como sus anuncios de un proceso constituyente. Fue Domènech quien le reprochó ayer: «Usted simboliza todo lo contrario a la transversalidad». Esa inquietud se incrementa cuando Quim Torra insinúa que su función última es lograr que Puigdemont regrese a la presidencia de la Generalitat, o que en la «excepcionalidad» de su mandato pretende «hacer república». Nada de las competencias de la Generalitat –esas que fueron intervenidas en virtud del 155– parecen importar en estos momentos. Ello cuando, en paralelo, Puigdemont ha advertido de que se convocarán nuevas elecciones hacia el mes de octubre si las cosas continúan así. Como si tal potestad siguiera correspondiéndole al cesado y procesado. El hecho de que Torra haya decidido inaugurar su mandato con una visita a quien le ha designado desde Berlín contribuye a realzar el papel de Puigdemont; no solo como supervisor último de la actuación de la Generalitat, sino como origen de los impulsos con que se mueva a partir de ahora el gobierno autonómico presidido por Torra. El nuevo presidente catalán empleó la primera persona del plural para aseverar: «No queremos una Cataluña uniforme, sino unida en la diversidad». Pero su discurso hace temer que Torra piense en la reducción de la diversidad a una unidad sin discrepancias, y sin siquiera matices. Carles Puigdemont ejerció como presidente de la Generalitat durante menos de dos años. Pero su huida le ha conferido un poder omnímodo, y hasta mítico en tanto que enigmático, a ojos de sus incondicionales; Quim Torra entre ellos. Hasta el punto de que el resto del independentismo no ha tenido más remedio que rendirse al dictado del expresidente. La anomalía democrática no está en su peripecia judicial, sino en que desde el autoexilio haya llegado a incrementar su influencia inicial respecto a grupos parlamentarios que suponen menos de la mitad del voto directo de los catalanes.

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