Resistencias a la igualdad

El riesgo a evitar es que la inercia de fondo lleva a gobiernos y empresas a postergar las reivindicaciones del 8 de marzo

La marea de las mujeres por la igualdad de género y la libertad personal es ya imparable. Todos los diques de contención dispuestos para preservar la sociedad tradicional y las convenciones misóginas del espacio público se vieron superados durante los preparativos del 8 de marzo y en el desarrollo de tan histórica jornada. Ni las formaciones políticas e instituciones más renuentes a atender los requerimientos del feminismo unitario pueden esperar que se trate de un fenómeno pasajero; ni las siglas más entusiasmadas con lo ocurrido el jueves deberían interpretar los acontecimientos como una ventana de oportunidad para sus intereses partidistas. El presidente Rajoy y su Gobierno han quedado en evidencia, y ahora tratan de disimularlo eludiendo cambios de actitud inmediatos que subrayarían su desconcierto. Pero, en mayor o menor grado, es un patrón de conducta al que se aferran todas las administraciones, del signo que sean. La inercia de fondo lleva a los gobernantes a requerir de las manifestadas propuestas concretas sobre las que concertar. Es la misma conducta que siguen las empresas y las organizaciones sociales de todo tipo. Recurren a tratar el 8 de marzo como la expresión de una demanda genérica que las manifestantes debieran precisar de manera realista. La disposición de partida es que los planes previstos –o no– en términos de igualdad sigan su curso sin ninguna alteración. Los gobiernos renuentes, porque se ven desbordados; los gobiernos entusiasmados, porque tampoco están en condiciones de admitir que habían pasado algo por alto. Es injustificable que no se hayan librado ya los 200 millones comprometidos en virtud del consenso contra la violencia machista. Como es injustificable la brecha entre los salarios reales de hombres y mujeres, aun cuando trabajen en el mismo puesto, según la disponibilidad que les permita su papel en la conciliación y los pluses que cobren. Aunque los ideales de paridad y de conciliación se quedarán en nada si las mujeres no se ven protegidas en su denuncia de la violencia o de la discriminación; del maltrato en el hogar o en el puesto de trabajo.

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