Reformar por consenso

El punto de partida es que los partidos coincidan en qué aspectos de la Constitución tienen que ser actualizados

La comisión del Congreso para estudiar la reforma de la Constitución inició sus trabajos ayer con la comparecencia de los tres ponentes vivos del texto de 1978. En noviembre, un grupo de influyentes catedráticos de Derecho Constitucional avanzó también un documento al respecto. El tema es ineludible, aunque afecte de manera disímil a las agendas políticas de partidos e instituciones, en unos casos interesados en la modificación de la Carta Magna y en otros reacios a la formulación de cambios. Herrero de Miñón advirtió ayer de que la reforma constitucional debiera abrirse «por los defectos que pueda tener, no alegando simplemente su antigüedad». En las grandes decisiones políticas el consenso es, a la vez, el punto de partida y el punto de llegada. Se necesita un consenso básico en cuanto al diagnóstico del problema que se afronta. Es imprescindible que partidos e instituciones coincidan en la identificación de aquellos aspectos de la Constitución, y de las leyes orgánicas y estatutos que penden de ella, que precisan ser actualizados. Este sería el punto de partida que, junto a la voluntad de consenso, daría sentido a la revisión constitucional. De lo contrario, sería poco menos que imposible aspirar a un consenso final en la materia. Recuérdese que el Título X de la Constitución establece, como requisito para su reforma, el voto favorable de tres quintas partes de los diputados y de los senadores; y en su defecto, la mayoría absoluta del Senado y dos tercios del Congreso. Aunque lo deseable es que cualquier reforma cuente con un apoyo análogo al que dio origen a esta etapa constitucional que el próximo 6 de diciembre cumplirá cuarenta años. No hace falta dar demasiadas vueltas al asunto para comprender que son el PP y el PSOE quienes, inicialmente, han de sintonizar sobre la necesidad de la reforma y su deseable recorrido. Si no se produce tal entendimiento, la reforma constitucional continuará siendo un argumento propicio a la disputa partidaria, sin más recorrido que la diatriba cada vez que se ponga en evidencia el disenso en temas de Estado.

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