Hoy puede ser un gran día

Hoy puede ser un gran día para ti: pedaleaste con furia, y cada pedalada iba borrando la huella de lo que dejaste por hacer, de la ilusión baldía que pusiste en lo que habría de llegar, de los malos tragos. ¿Quién puede reprochar tus momentos perezosos si en ellos descubres tu fortaleza?

MANUEL VICENTE GONZÁLEZ

Plantéatelo así: te levantas temprano, como siempre, te enfundas tu ropa deportiva y bajas al sótano a hacer tu deporte diario en la bicicleta estática durante el tiempo que dura la película que has escogido y que tienes frente a ti en la pantalla, ‘Combustión’, de Daniel Calparsoro. La grabación de cada película suele ser de hora y media aproximadamente, pero ésta pasa en un pispás, hipnotizado por el hechizo de su protagonista, Adriana Ugarte; de manera que, cuando finaliza, todavía sigues pedaleando y buscas con el mando alguna otra película con la que cubrirte de sudor antes de pegar tu baño mañanero: ‘El secreto de sus ojos’, una película de Juan José Campanella que puedes haber visto, pedaleando en esta misma bicicleta, más de diez veces y que, por tanto, admirado por el talento de sus personajes (no ya Darín, sino otros como Guillermo Francella o un desternillante Mario Alarcón), no te entretienes en señalar algunas insignificancias que, acaso, ni el guionista ni el director tuvieron en cuenta (por ejemplo, el hecho de que Ricardo Darín y su acompañante encuentren, a las primeras de cambio y sin previsión alguna, a quien buscan en un estadio de cien mil espectadores. O las rústicas pinceladas rojas que, en el cuerpo desnudo de la chica asesinada, pretenden hacernos ver fluidos de sangre). Pero a lo que ibas, que te esnortas.

Sudoroso de pies a cabeza, buscas el reclamo del agua en la piscina comunitaria. A esas horas tempraneras es toda tuya y, de momento, en vez de nadar a tumba abierta, juegas a recibir el chorro benefactor de los tubos submarinos en el el cuello y a «hacer el Cristo» en la zona profunda, tal como te explicó tu amigo Edu debías hacer si querías relajar la espalda. Emerges de la piscina como de un sueño; a esas horas continúas siendo el único ser viviente de la comunidad: te refrescas en la ducha y regresas al punto vital de tu casa, al jardín. Allí abres los brazos en la tumbona, muestras al cielo tu cuerpo desnudo y recibes los rayos benefactores de ese sol mañanero que parece sólo tuyo; hasta te atreverías a hablar con él si no fuera porque te encuentras en el punto crucial de relajamiento que aventuró Edu. Y entonces cierras los ojos y echas a la basura de la imaginación los problemas que te atosigan, y te convences de que sólo en ese momento existe algo parecido a la felicidad.

En las entradas del teléfono móvil conviven, sin embargo, los mensajes cariñosos de los que te echan de menos, con los amenazantes y definitivos de los bancos: «Tengo ganas de verte», «Se pondrá en contacto con usted nuestra asesoría jurídica», «Manolo, cielo, nada sé de ti desde hace años», «Le recordamos que tiene pendiente usted la cantidad…». A nadie contestas, ni siquiera a quien te ofrece, generoso, la posibilidad de publicar tu libro de relatos acabado. Andas a la deriva y sólo te salva precisamente eso: la íntima expectación que provoca el entramado de tu nueva novela. Sentado frente al ordenador, combates contra frases, contra adjetivos que pensabas adecuados, pero que modificas una y otra vez. Salvo quienes te rodean, nadie sabe de ti; ni siquiera ellos porque, cuando recibes su llamada, sí, sí, sí, todo va bien.

A veces cierras los ojos para reivindicar tu juventud, para ser como tus hijos, por ejemplo, para recobrar ese gesto atontado que provoca el enamoramiento, la temeridad, o puede que la valentía, de no hacer caso a la palabra «futuro». Hoy puede ser un gran día para ti: pedaleaste con furia, y cada pedalada iba borrando la huella de lo que dejaste por hacer, de la ilusión baldía que pusiste en lo que habría de llegar, de los malos tragos. ¿Quién puede reprochar tus momentos perezosos si en ellos descubres tu fortaleza?

En algunos aspectos eres tan elemental, tan básico, que, por ejemplo, sientes esa alegría interna que te ofrece el recuerdo de la victoria del Real Madrid contra el Barça en la Supercopa. Es cierto: cualquier aficionado blanco que se precie puede imaginarse el musical acompañamiento –un fortísimo– con que tres amigos (el propio Edu, Avelino y yo) celebrasteis en León, donde pasabas unos días, el gol definitivo de Asensio (piensan los entendidos que el portero del Barca –Stegen, Stroper, Strugern…– cantó un poco la tarara) sin más locuaces despropósitos que el que propicia vuestra solidaria comunidad madridista en un bar de la Plaza Mayor. Solo con este minúsculo detalle podría bastar para certificar que hoy podía ser un gran día. Pero hay más: buscas con ellos en La Taberna El Cuervo las secuelas de tan espectacular triunfo, aunque, al parecer, ni Maite, ni Pedro, ni Sara, sus propietarios, parecen colaborar con vuestras celebraciones, pese a lo cual lo hacéis a pie allí mismo, en la calle de La Sal –calle de los treinta pasos, ni uno menos, ni uno más–, recitando unos versos que improvisas donde se celebra cada año el entierro de Genarín: «Santo Genaro del alma / patrón de las prostitutas / y de los turbios beodos / que en las tabernas reclutas / te agradecemos sinceros / las victorias del Madrid / Liga, Champions, Supercopa / y lo que está por venir».

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