En su propia trampa

La única salida de Puigdemont es desbaratar el independentismo para salvar el autogobierno

El independentismo catalán ha encontrado su unidad en la movilización permanente de sus bases sociales y el paulatino desbordamiento del orden constitucional. Pero a medida que se ha ido aproximando al abismo de la ruptura con el Estado para dotarse de una república propia han surgido las desavenencias. Cuando Puigdemont declaró solemnemente que los resultados del 1-O dan a Cataluña derecho a la independencia para, a continuación, anunciar la suspensión temporal de su puesta en práctica, fueron muchos los secesionistas que mostraron su disconformidad porque esperaban la DUI. Ha sido el requerimiento del Gobierno Rajoy para que explique si el pasado martes declaró o no la independencia de Cataluña lo que ha aflorado las contradicciones del secesionismo, evidenciando que está lastrado por el maximalismo de la CUP y la impaciencia intermitente de ERC. Pero el problema para Cataluña no está en las disensiones dentro del secesionismo. El problema para Cataluña sigue siendo que la mitad independentista del Parlamento maneja el poder autonómico tan en exclusiva que no cuenta para nada con la otra mitad. Y que el independentismo ha recreado un mundo propio y opaco, hasta el punto de que los partidos de gobierno no pueden entenderse más que entre ellos y con la CUP porque han acabado atándose de manos y pies. En su huida hacia delante los herederos de Convergència han ido cegando cualquier posibilidad de explorar alianzas de estabilidad alternativas al secesionismo, de manera que al convertir la gobernación del país en una potestad exclusiva del independentismo condenan a la Generalitat a la incertidumbre de la ruptura. Puigdemont y su Gobierno han caído en su propia trampa al tratar de ganar tiempo con la confusa fórmula de una independencia proclamada y suspendida a la vez. Ningún juego de palabras análogo al empleado en su comparecencia parlamentaria podrá librar al independentismo del caos. La Generalitat no tiene otro modo de atender institucionalmente al emplazamiento de Rajoy que negando que haya declarado la independencia y regresando al campo de la legalidad. Claro que en ese caso Puigdemont se quedaría sin la mayoría parlamentaria que en estos momentos le sostiene, y tendría que abrirse a las demás fuerzas de la cámara catalana, desbaratando el independentismo para preservar el autogobierno.

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