LA EXPLICACIÓN ESQUIVA

Diego Carcedo
DIEGO CARCEDO

El pleno extraordinario del Congreso en busca de una explicación sobre la corrupción política ha concluido sin éxito. La explicación hace tiempo que se ha mostrado esquiva y no cambió con esta iniciativa parlamentaria. Los grupos de la oposición, que buscaban anticiparse al comienzo del curso legislativo con una exhibición de su fuerza se han quedado a medias en el intento. Mariano Rajoy, el cabeza de cartel que se anunciaba con bombo y platillo volvió a escaquearse de las múltiples y graves acusaciones que se plantearon.

Rajoy no ha aclarado nada ni sobre Bárcenas ni sobre Gürtel, palabras que ni siquiera pronunció. No convenció a nadie con sus rodeos dialécticos pero sí confirmó que es un político con la piel bien curtida y recursos sobrados para escamotear los peligros. No era la primera vez que se enfrentaba a una situación difícil, ya sobrevivió a otras igualmente comprometidas, desde que perdió las elecciones en 2001 hasta que, hace escasas semanas, tuvo que afrontar el trance de tener que acudir a declarar como testigo a la Audiencia Nacional. Pero el de hoy parecía especialmente delicado.

Sobre el papel, el presidente del Gobierno tenía que vérselas –sólo con el respaldo minoritario de su grupo– con toda la oposición excepcionalmente unida. Nadie dudaba que después de las vacaciones, en vísperas de un otoño político muy caliente, los diputados regresaban con ganas de hacerse notar desde el Hemiciclo. Y las intervenciones de los líderes no defraudaron: prácticamente la totalidad intervino con fundamentos, contundencia y claridad.

Mariano Rajoy, que salvó su primera intervención olvidándose prácticamente del motivo de la convocatoria, tuvo que escuchar en el turno de intervenciones de todo, desde mentir bajo juramento hasta de incapacidad para el cargo pasando por complicidad con la corrupción que se intentaba aclarar. Especialmente duro fue Pablo Iglesias, el portavoz de Podemos, con una serie de preguntas muy precisas, que obviamente el Presidente no respondió. En realidad no lo hizo de manera directa a casi nadie. Su argumento definitivo: si la Cámara quiere prescindir de él que presente una moción de censura.

Quizás la intervención que más chocó fue la de Albert Rivera, por su frontalidad y sobre todo por tratarse del líder de Ciudadanos, el partido que viene brindándole apoyo decisivo a la permanencia del PP en el Gobierno. No escatimó críticas frontales a la corrupción y a la pasividad con que Rajoy la ha dejado fluir para acabar anunciando que el próximo lunes presentará ante la Cámara una propuesta para que el cargo de Presidente en el futuro se limite a dos mandatos.

Los grupos acosaron a un Rajoy tranquilo, impertérrito y muy seguro de la eficacia de su técnica de distracción: se volcó con datos sólo para intentar demostrar su predisposición a dar explicaciones sobre los escándalos de corrupción –hasta en 65 ocasiones lo hizo en el Congreso– y en defender indirectamente que ante problemas tan graves como la amenaza terrorista o el secesionismo en Cataluña, volver al tema ya viejo y desgastado de la corrupción, con una Comisión de Investigación ya en marcha, era una pérdida de tiempo. Obvio es añadir que salió indemne.

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