Perdón selectivo sin arrepentimiento

ETA intenta salvar su pasado a dos semanas de su desaparición formal y asume el daño causado no como algo injusto, sino como mera constatación

El comunicado que ETA hizo público ayer en el que reconoce «el daño que ha causado en el transcurso de su trayectoria armada» preludia su esperada desaparición con una selectiva petición de perdón dirigida exclusivamente hacia las víctimas «sin responsabilidad alguna», mientras se limita a mostrar «respeto» a todas las demás. A pesar del cambio en el lenguaje empleado, el texto refleja la negativa de la banda terrorista a asumir el espanto y la cruel injusticia que han supuesto los asesinatos de más de 850 personas durante cinco décadas de actividad violenta. La declaración representa una manera entrecortada y esquiva de atender los requerimientos de la inmensa mayoría de la sociedad y de las instituciones democráticas, ya que no renuncia a la vindicación de tan bárbara andadura y se limita a constatar sus efectos sin atisbo alguno de arrepentimiento. El tono autocrítico que por momentos adquiere se desvanece cuando lo que queda de ETA insiste en justificar sus atentados como emanación de un conflicto previo a la aparición de las nefastas siglas. La admisión de que «nada de todo ello debió producirse jamás o que no debió prolongarse tanto en el tiempo» se vuelve retórica y vacua cuando la organización elude presentar su terrorismo como resultado de un acto de voluntad continuado no solo insensible al dolor que causaba, sino que hacía de ese dolor infligido a las víctimas directas un mecanismo de coacción para atenazar y sojuzgar al conjunto de la sociedad. Resulta indignante la deliberada distinción que hace la banda entre las víctimas «que no tenían una participación directa en el conflicto» y las demás, una diferenciación con la que culpabiliza a estas últimas de su fatal suerte y concede a los más irreductibles la posibilidad de elaborar su propia lista de sentenciados con supuesto motivo. Quienes insisten en falsear la historia arrogándose el papel de herederos de «la violencia y el lamento» del bombardeo de Gernika no dudan en afirmar que «la verdad debe conocerse», mientras ocultan ante la Justicia la identidad de los autores de más de 300 asesinatos. La advertencia de que «la militancia de ETA ha asumido una responsabilidad colectiva» sobre su trayectoria es la manera en la que la organización diluye culpas personales y cierra el paso a cualquier juicio histórico que se detenga en el señalamiento pormenorizado de responsabilidades individuales.

LA BATALLA DEL RELATO. Han trascurrido seis años y medio desde que ETA anunciara el cese de su actividad terrorista y casi uno desde que escenificara una entrega de armas. Todo apunta a que en dos semanas dará paso a su liquidación definitiva y formal. La dilación de tal proceso, cuando hace tanto tiempo que está amortizada como poder fáctico, responde más a resistencias internas que al penoso intento de perpetuar su influencia sobre la política vasca a través de la izquierda abertzale. Por eso mismo resulta sarcástico que ETA impute a otros la obcecación por librar la «batalla del relato» cuando es precisamente su relato lo que trata de preservar. O que se refiera a la «reconciliación» como tarea pendiente cuando es su tenebrosa sombra lo que violenta la memoria de los vascos. La banda desliza un mensaje condescendiente a la sociedad vasca y especialmente hiriente cuando afirma que su militancia «ha decidido mostrar empatía respecto al sufrimiento originado». Como si el causante del mal se hiciera terapeuta. Los que continúan en su nómina deberían renunciar a la locuacidad en los actos finales de su desaparición si de verdad respetan la memoria de sus víctimas y no quieren «provocar de nuevo aflicción alguna».

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