cómo hacer de una oportunidad un problema

En vez de atacar a China, ¿Por qué Trump no aprovecha la apuesta de Xi Jinping por la liberalización económica para sentarse y negociar?

MARÍA JESÚS VALDEMOROS

En un nuevo y sorprendente viraje del rumbo de su política económica, Donald Trump ha pedido a sus asesores que analicen la posibilidad de que Estados Unidos se reenganche al acuerdo de libre comercio del Pacífico, conocido como TPP, del que se desmarcó desde su campaña presidencial. El motivo para este cambio sería el conocido: reducir el déficit comercial que los estadounidenses mantienen frente a China. Para ello, nada como presionar mediante acuerdos con los principales competidores del gigante asiático.

La administración Trump se ha quejado en repetidas ocasiones de que China compite en los mercados mundiales de forma desleal. Ha señalado, por ejemplo, la manipulación que el Banco de China hace a la baja del valor de su divisa, el renminbi, para mantener la competitividad de los productos chinos. Se ha referido también a que China ha impulsado una política de bajos costes de producción gracias a salarios deprimidos y nulo respeto por cualquier estándar medioambiental. Las protestas se extienden a otras cuestiones. Es el caso de las grandes multinacionales chinas, de propiedad estatal y con acceso a una financiación artificialmente barata. O el de la usurpación de patentes y derechos de propiedad intelectual por parte de los fabricantes chinos. Hay algo de verdad en esta lista, sin duda. La pregunta que debe hacerse es si la guerra comercial entre las dos superpotencias económicas contribuirá a resolver cuestiones como las indicadas por Trump. No lo parece.

En realidad, China está en un proceso de transformación que, por ejemplo, ha incluido el abandono del renminbi débil. El propio desarrollo económico chino está ayudando a solventar muchos de los problemas que preocupan en Estados Unidos. Fruto del crecimiento y de la competitividad de sus empresas, la economía china está viendo la mejora de sus estándares medioambientales y de sus salarios. Este verano, no sin cierta ironía, el New York Times informaba de que la empresa que producía en China los zapatos de la marca de Ivanka Trump iba a trasladar su producción a Etiopía, para reducir costes laborales.

Por otro lado, el presidente Xi Jinping, una vez se ha garantizado un poder casi ilimitado al mando de su país, parece decidido a utilizarlo en una modernización de la economía, que ha de facilitar la corrección de los desequilibrios chinos. Los recientes nombramientos de los máximos responsables de la política económica (gobernador del banco central y viceprimer ministro) así lo sugieren, pues ambos cargos pasan a estar ocupados por hombres con sólida formación académica en Estados Unidos y favorables a una liberalización de la economía, que la aproxime al patrón de las economías occidentales. Las reformas que el propio Xi Jinping viene anunciado van en esa dirección y pretenden que el crecimiento chino favorezca más a sus ciudadanos, incrementando el consumo interno y, por ende, reduciendo el peso de las exportaciones; mejorando las condiciones medioambientales, por ejemplo mediante una reducción de la capacidad y una modernización de sectores como el siderúrgico, uno de los primeros en sufrir los aranceles estadounidenses; o evitando que la financiación estatal, a veces distorsionada por la corrupción política, vaya a empresas no competitivas e inviables desde un punto de vista de sostenibilidad económica y medioambiental.

El presidente Trump seguramente preferiría cambios más rápidos al otro lado del Pacífico, pero sus presiones llegan a destiempo, con un mal 'timing', porque la transformación china está en marcha, aun cuando sea a su propio ritmo. Corre el peligro de que su interés en fortalecer una imagen de negociador duro y decidido produzca efectos contrarios a los deseados, generando una escalada en las hostilidades comerciales de la que todos saldrían perdedores.

En vez de atacar a China, ¿por qué no aprovechar la apuesta de Xi Jinping por la liberalización económica para sentarse y negociar? Un diálogo de esa naturaleza podría suponer avances relevantes hacia unas reglas del juego comunes, con las que países de diferente cultura, historia u organización política podrían convertir la globalización en un instrumento poderoso para abordar los desafíos de la economía mundial.

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