Un nuevo patriotismo

El pueblo español en este episodio ha mostrado una reciedumbre épica, con la razón y la emoción como armas sin pólvora frente a a subversión de los privilegiados catalanes, un club mimadopor inversiones públicas y por pactos gubernamentales

FELICIANO CORREA

Si Álvaro de la Iglesia viviera habría dedicado un número extra de ‘La Codorniz’, para celebrar el sainete que ha protagonizado ese personaje torvo con estampa de subalterno de funeraria que ha querido declarar, suspender y declarar sucesivamente la república de Cataluña. Un ser extraño que ejercita al escaparse la picardía, género literario tan propio de lo español que reniega. Otros de la pandilla duermen en la cárcel y el Tempranillo Catalán bromea con los periodistas en Bruselas.

Quienes hemos conocido dos intentonas golpistas en nuestra vida, comprobamos el tratamiento diligente del Estado el 23 F y las demoras y cortejos de enamoramiento con estos sediciosos antes de que la justicia interviniera. Fiscales, jueces, y agentes de la guardia civil y la policía nacional han hecho el trabajo más duro para frenar el ‘procés’. Y en este cónclave de acomplejados nos ha resultado vergonzoso que tanto el portavoz del Gobierno como el vicepresidente del Senado, declaren como «un honor» que Puigdemont, el golpista, se presente a las elecciones y viniera a declarar al Senado. Ronda en estos políticos la asunción de ese complejo que ciertos partidos les atribuyen asociado al franquismo, junto a una notoria falta de arrojo.

Aunque el personaje catalán, no puedo llamarle líder, no tiene la inteligencia ni astucia de sus predecesores, juega al escondite con las leyes, pone tierra por medio y se ríe, no sé de qué se ríe, al declarar contra nuestro país y sus leyes. Ante una felonía de tan largo recorrido, no se entiende cómo no se ha usado la política con antelación para cercenar tan peligrosa comedia de enredo.

La prolongada abulia de Rajoy ha sido la expresión de una desidia atroz, secundada por una lugarteniente que recomendaba a los ministros aplicar un perfil bajo en todo lo que se refiera a España y lo español. Eso explica la omisión del Ministerio de Educación ante la larguísima catequización escolar para el independentismo, la quietud ante la marginación de la lengua española dentro de Cataluña, o el mirar para otro lado cuando no aparecía la bandera nacional. Luego, el engolado portavoz, mantenía que la policía autonómica «cumplirían con su deber», y se produjo la encerrona de las fuerzas de seguridad del Estado frente a la avalancha de votantes fieles a la secesión. Esos disciplinados agentes del orden fueron los únicos héroes en esas horas; significaron en alguna manera y al cambio, los Daoíz y Velarde de nuestros días, aquellos arrojados capitanes del cuartel de Monteleón que salieron arriesgando sus vidas.

El gobierno ha estado lelo y lento, sin una sola proclama a los españoles. Y, por contraste, ante tanta calma chica, otra vez, una vez más, viene a ser el pueblo, esa mayoría silenciosa, la que emerge para mostrar su sentido patriótico. Y es que tras los monótonos escenarios de cada día, hay un pálpito que solo de cuando en cuando resulta notorio. Es la conciencia común de pertenencia a una historia compartida. Tal sentir es tan real como los hechos que se esconden detrás de la novela ‘Patria’ de Fernando Aramburu. Por ello los balcones se han vestido de colores, la Plaza de Colón en Madrid y el Paseo de Gracia en Barcelona transmitían emociones por saberse hijos de una tierra propia. Así se supo que, aunque no gane la selección de fútbol, la patria española está y se le espera. Por encima de la pachorra gubernamental que, valga el ejemplo, ante la conjura de los curas catalanes ni siquiera ha llamado a consulta al Nuncio del Vaticano para que explicase esta rebelión de los ‘funcionarios de la hostia’. Roma debe saber que este proceder incita a revisar el Concordato, que avala y respalda la actuación de la Iglesia en todo el territorio español. ¡Qué diferencia la de estos oficiantes del altar del que comen con ese otro clero entregado a la causa de los más débiles! Recordaré siempre mi entrevista con Ernesto Cardenal, en Nicaragua, un ejemplo de compromiso cristiano y hasta político sin usar como trinchera la sacristía.

El pueblo español en este episodio ha mostrado una reciedumbre épica, con la razón y la emoción como armas sin pólvora frente a la subversión de los privilegiados catalanes, un club mimado por inversiones públicas y por pactos gubernamentales. La gente ha hecho gala de una estética patriótica moderna, ignorante de navajeos y correajes, y que al tiempo parece beber en las páginas históricas con estilo renovado. Un proceder que ya vimos a su manera en el alcalde de Móstoles. Hoy aquel énfasis patriótico: «la patria está en peligro, acudid a salvarla», nos resulta fuera de lugar, pero en el fondo es la misma defensa de esa vieja tierra de los padres que protagonizó tantas grandezas. Por ello presenciamos la multitudinaria adhesión a una bandera común que arropa todos los sentires partidistas.

Ha pasado un mes desde el fallido referéndum; unos están en la cárcel y otros vociferan en Europa la carencia de garantías judiciales en España. En un mundo abierto, antirracista e intercultural, donde se busca la concordia entre los pueblos, el orondo Oriol Junquera, de bisabuelo extremeño, se queda tan pancho al decir que «los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles». Su memez recuerda lo peor del nazismo. Pero no hay que extrañarse porque Ortega ya avisaba que «el malvado descansa algunas veces, pero el necio jamás». Y este ‘lumbrera’ confirma el aserto.

Otra vez el pueblo ha apostado por España con más diligencia y ganas que sus dirigentes, una vez más el poema del Mío Cid cobra actualidad: «Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor». Ojalá que a la hora de los próximos acuerdos no seamos todos los españoles los que paguemos la juerga. Esperemos que el gobierno no sucumba al chantaje de cambiar euros por paz social. Al pueblo, soberano único de la integridad territorial de la nación, no se le puede traicionar metiéndole la mano en la cartera.

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