El maldito máster

El maldito máster
Manuela Martín
MANUELA MARTÍNBadajoz

Siempre me ha sorprendido cómo personas a las que no tengo por especialmente brillantes exhiben unos currículos que tiran de espalda. Entrevistados que cuando se les piden un par de datos para situar al lector te mandan folios repletos de títulos. Ni el mismísimo Stephen Hawking debía tener una hoja de servicios tan impresionante. La conclusión a que se llega después de leer muchos currículos brillantes, que los hay, y otros muchos brillantemente maquillados, es que en España sufrimos dos enfermedades con síntomas idénticos: curriculitis y titulitis.

El ansia por obtener un título es comprensible en un país en el que hasta hace no demasiado los estudios superiores estaban reservados a quien se los podía pagar, que no eran muchos. Millones de españoles que hubieran deseado acceder a una formación no pudieron por razones económicas. De esa carencia quizá viene el complejo que se trasluce con el escándalo de los másteres de la Rey Juan Carlos. Todo el mundo quiere tener no ya un título, sino un máster que exhibir en la biografía. Tener una licenciatura pelada, como yo, es poco menos que ser un pringado.

Lo más llamativo es que ese ansia lo sufran políticos a los que ese título, falso o verdadero, no les va a servir de promoción, como Cristina Cifuentes. Nadie sabía hasta hace unas semanas si tenía o no másteres, pero a los madrileños que le votaron no les importó.

¿Por qué entonces se arriesga a arruinar su carrera política por añadir un falso máster a su currículum? En este caso se han mezclado la vanidad de la presidenta –a nadie le amarga un máster– y la disposición de la Universidad a servírselo en bandeja sin necesidad de ir a clase o de presentar los trabajos pertinentes. No es fácil decir quién sale peor parado del episodio, si Cifuentes y su afán de sumar un máster por la cara, o la Universidad. En estas semanas hemos leído opiniones para todos los gustos. Desde quienes insisten en que el asunto no es tan grave porque lo que importa es la gestión de Cifuentes, hasta quienes consideran que las mentiras que ha fabricado la inhabilitan para ocupar la presidencia de Madrid.

El caso además ha servido para desatar un auténtico striptease de curriculums engordados o directamente falsos: políticos como Pablo Casado que se cuelga la medalla de ser posgraduado en Harvard (lo más de lo más en el postureo académico) y resulta que solo asistió a un curso de ¡cuatro días! en Aravaca al que cucamente la prestigiosa universidad presta su nombre (previo pago de una jugosa matrícula); portavoces socialistas de Madrid como José Manuel Franco que hasta 2003 decía que era matemático; o diputados de Podemos como el gallego Juan José Merlo que ponía que era ingeniero y resulta que no. Ha dimitido. Si para algo bueno va a servir el caso Cifuentes es para que los currículos de los cargos se parezcan más a la realidad.

Además de poner en evidencia la facilidad con que los políticos nos mienten, el escándalo ha sacado a la luz una preocupante falta de control en la Universidad Rey Juan Carlos. Demasiado mangoneo: notas que se cambian años después; trabajos que se dan por aprobados sin haberlos presentado, exámenes que no han existido; informes falsificados para tapar corruptelas pasadas… No ha faltado nada. Tan reveladores son los datos que el rector, que se dio demasiada prisa en avalar la limpieza del procedimiento, no ha tenido más remedio que mandar la documentación a la Fiscalía, expedientar a la funcionaria que cambió las notas y destituir al catedrático responsable del centro implicado. Es obvio que solo una actuación contundente puede minimizar el daño que ha sufrido la Universidad. El resto de rectores, incluido el de la Universidad de Extremadura, se han apresurado a defender la limpieza del sistema. El 'caso Cifuentes' sería una lamentable excepción. Ojalá. Pero no estaría mal que los gestores universitarios extremaran los controles. En Extremadura, por ejemplo, está pendiente de resolverse el caso de la presunta falsificación de un título por parte del marido de la antigua secretaria de la Universidad. La UEx mandó la denuncia a la Fiscalía y se quitó de enmedio, pero no habría estado nada mal que hubiera dado una explicación detallada a la ciudadanía.

¿Y ahora que el rector ha admitido las irregularidades qué pasa con Cristina Cifuentes? De momento la estrategia es clara: resistir. Negar todo y tirar para adelante. El problema del PP es que no cuenta con mayoría absoluta y la moción de censura anunciada por el PSOE obliga a Ciudadanos a retratarse. El único movimiento que permitiría al PP conservar el poder sería la vía murciana: sustituir a Cifuentes por otro presidente del PP, igual que se hizo en Murcia cuando se dejó caer a Pedro Antonio Sánchez. La operación es dolorosa. Tanto para Cifuentes, que estaba en plena carrera ascendente, como para el PP, que ve peligrar el poder en una de las comunidades más importantes. Pero probablemente es la única salida medio airosa.

Cifuentes no acepta esa caída estrepitosa del cielo del poder a los infiernos del descrédito. Demasiado duro para alguien que se veía a sí misma como una de las estrellas ascendentes del PP. Porque no lo acepta insiste en que no hay razones para la dimisión. No hay una denuncia por corrupción, en sentido estricto, no está imputada por ningún juez… Solo se le ha cruzado en su camino un maldito máster que no necesitaba para nada.

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