Juego de memos

Los apaciguadores de los incendios provocados por los pirómanos irresponsables pregonan en las ruidosas y vacuas tertulias queno puede haber vencedores ni vencidos. Esto es un craso error.La razón legal tiene que ganar por goleada, y de forma contundente y absoluta, a la sinrazón; la democracia al circo mediático; el derecho constitucional al folclore festivalero

AGUSTÍN MUÑOZ SANZ

La lucha o guerra por el poder es mucho más antigua que la existencia del ‘Homo sapiens sapiens’ como especie diferenciada y distinguida (¿?) en la escala evolutiva animal. La disputa comenzó en la remota etapa cuando los homínidos acababan de bajar de los árboles para explorar la incertidumbre de la estepa. Un asunto tan antiguo no puede ser cualquier cosa. Si nos fijamos en el comportamiento de nuestros primos primates (orangutanes, gorilas, chimpancés), sin necesidad de ser expertos etólogos o estudiantes de primero de biología, se puede comprobar que hay una jerarquía dominada por el macho alfa (en ocasiones –las menos– lo hace una hembra). El (o la) alfa trata de mantener a raya a los jóvenes pretendientes al trono cuando las tormentas hormonales descargan su furia irremediable. De aquella jerarquía primitiva y animal pasamos, gracias a la filosofía griega (Platón y su discípulo Aristóteles), a entender la convivencia de un modo más humanizado. Nicolás Maquiavelo, en el siglo XV, describió el ejercicio del poder por el príncipe (el que manda). En el XVII, el inglés Thomas Hobbes señaló la importancia del estado para evitar la guerra de todos contra todos, y nos recordó, siguiendo a Plauto, que el hombre es un lobo para el hombre. John Locke apeló a una vía más ‘aperturista’ (liberal) de gobernar, un contrato social, frente al absolutismo, adelantándose así a Montesquieu. No aburrimos más al lector sobre lo que significa el poder y su búsqueda, apropiación y mantenimiento (el poder tiende a perpetuarse) pues no hay espacio suficiente ni autoridad intelectual para hacerlo. Concluyamos diciendo que la forma perversa del ejercicio del poder está perfectamente recogida (a veces manipulada) en los libros de historia y en la literatura universal (más cierta y verdadera): baste dar un paseo por las llamadas novelas de dictadores del siglo XX, es decir, por la literatura latinoamericana de denuncia. Pero en el audiovisual siglo XXI, la vieja literatura, que nunca morirá, ha dejado espacio a otras formas de imaginar o de representar el mundo. La muy famosa y popular serie televisiva «Juegos de tronos» (‘Games of Thrones’) es la más vista de la historia. Está inspirada en un conjunto de novelas y es un ejemplo paradigmático de la esencia del poder y de sus perversiones. No sobra decir que hay estudios psicológicos cualificados asegurando que todos los personajes de la susodicha serie muestran algún trastorno del comportamiento, certificado por la metodología psiquiátrica más actual. Atentos al dato porque, una vez más, si miramos a lo que nos rodea, se cumple el implacable sentir de Oscar Wilde: la realidad imita al arte.

Parecía que habíamos avanzado hacia el progreso de la convivencia cuando creímos haber salido de la barbarie y entrado en la civilización. Civilización o barbarie, escribió Sarmiento, un novelista latinoamericano decimonónico. A la luz de lo que hay, aquí y acullá, continuamos apelando al conflicto, y sus muchas variantes, de forma poco razonable. Si miramos allende las fronteras, donde compiten dos peligrosos primates, uno americano y hortera y el otro coreano y friki, sus amenazas por ‘twits’ tienen al alma temblorosa de la humanidad angustiada dentro del puño nuclear. Pero, ¡ay!, no hace falta viajar tan lejos. Fijémonos en el reducto del antiguo imperio, la nación que todavía se llama España (nota amistosa para don Pedro Sánchez: nación de naciones es una solemne gilipollez. Dicho más fino: el lenguaje mediático, político, emocional o mitinero no puede superar nunca ni desplazar a la norma jurídica y, según los que saben de leyes, jurídicamente la única nación es España; lo demás son pamplinas que sirven para dorar la píldora busca-votos-de-apoyo a los líderes de boina, ‘txapela’ o barretina que desgobiernan sus aldeas ‘nacionales’ sembradas de sonoros campanarios). Como decía y digo, si nos centramos en el espectáculo presente de la corrala patria, podremos comprobar que la susodicha evolución democrática parece haberse resquebrajado. Algunos apelan a un ataque a la democracia mientras defecan en las urnas sagradas que dicen defender. No quieren entender los rebeldes que las autoridades de las comunidades y de los ayuntamientos son tan estado (periférico) como estado es el gobierno (central) o la monarquía. Si el estado se enfrenta al estado, tenemos un serio problema. Los apaciguadores de los incendios provocados por los pirómanos irresponsables pregonan en las ruidosas y vacuas tertulias que no puede haber vencedores ni vencidos. Esto es un craso error. La razón legal tiene que ganar por goleada, y de forma contundente y absoluta, a la sinrazón; la democracia al circo mediático; el derecho constitucional al folclore festivalero. Y, atentos al día después de la tormenta. No será raro que florezca el «aquí no ha pasado nada» y «esto se arregla con cincuenta mil millones de euros, más o menos y de momento, en virtud de que somos los únicos hijos legítimos de la historia». ¿Dónde está escrito que sean diferentes, mejores o superiores? No puede ni debe ser. Tal vez haya que empezar por recuperar la competencia en educación. El nido doctrinario creado por los supremacistas, que ridiculiza al mejor Fidel Castro o a la Rusia soviética, por no volver a citar al friki bombero de Corea, es una fábrica de analfabetos futuros, ciegos por el glaucoma nacionalista y separador. Coincido, una vez más, con el maestro Ortega y Gasset: el problema catalán no tiene ni tendrá arreglo (al menos, tal como se ha estado y se está gestionando, hasta ahora, desde ambas orillas del Ebro de la incomunicación y del desprecio mutuo). En este peligroso juego de memos buena parte de la ciudadanía ha pasado del respeto mutuo al recelo, de este a la indiferencia, seguida del desprecio y, en el colmo del desvarío, ya se aprecian evidentes atisbos de odio cainita. ¡A por ellos! ¿A por quién? A por todos… Quien siembra vientos… España, camisa blanca, una vez más.

Fotos

Vídeos