Incertidumbre

Sorprende que el Gobierno siga sin explicar su plan para evitar la ruptura en Cataluña a una sociedad española desconcertada

El 1 de octubre ha disparado hasta límites inquietantes la división social en Cataluña y ha elevado la tensión política en España a niveles desconocidos en las últimas décadas. Si antes del referéndum –celebrado sin base legal alguna y sin las más mínimas garantías democráticas– la salida al desafío independentista se antojaba un reto de extraordinaria complejidad, la solución aún parece más lejana apenas unas horas después. La consulta ha exarcebado la arrogancia populista de Carles Puigdemont y sus socios, empeñados en conducir a Cataluña a la secesión sin respetar las más elementales normas de un Estado de Derecho. Su discurso demagógico se ha visto alimentado por las cargas policiales del domingo; unas imágenes que, sin duda, empujaron a las urnas a miles de ciudadanos reacios a participar en una farsa de referéndum y que han deteriorado la ya débil imagen en Cataluña tanto del Gobierno como del Estado. Tras el 1-O, la reacción del independentismo ha sido la previsible: continuar en una huida hacia adelante que amenaza con derivar en un choque de trenes de imprevisibles consecuencias. Puigdemont tiene claro el camino que, si alguien no lo remedia, puede derivar en una declaración unilateral de independencia dentro de unos días. Lo que sorprende es que, con una sociedad española desconcertada y estupefacta ante los eventuales efectos de un órdago de tal dimensión, el Gobierno siga sin explicar sus planes para impedir esa ruptura, y sin ofrecer a los ciudadanos siquiera un mensaje tranquilizador o de alivio moral. Su estrategia de ni frenar en seco el referéndum, tras la aprobación de las leyes secesionistas el pasado día 6 en el Parlament, ni dejar que se celebrara sin impedimiento alguno como un acto sin efecto legal, al igual que el 9-N, no ha ofrecido los resultados esperados ni ha tranquilizado a una población española en la que crece la inquietud. Mariano Rajoy perdió ayer una nueva oportunidad de exponer sus planes tras recibir por separado en La Moncloa a Pedro Sánchez y a Albert Rivera para analizar una situación que, sin caer en alarmismos, puede calificarse de crítica y que requiere de un gran acuerdo entre las principales fuerzas políticas que orille los egoísmos partidistas. Ningún portavoz oficial del Gobierno (ni del PSOE) compareció en público tras el encuentro.

Riesgo de empeorar. Las posiciones están demasiado enconadas como para esperar una salida inmediata. Los llamamientos al diálogo y al entendimiento resultan vanos cuando el secesionismo institucionalizado no está dispuesto a rectificar un ápice su planteamiento de confrontación y ruptura con el Estado constitucional. Los principales líderes europeos han respaldado sin fisuras a Rajoy, aunque sin obviar un comprensible malestar por las imágenes de violencia policial del domingo. El 1-O ha demostrado que el panorama corre el riesgo de empeorar aún más. Es lo que ocurrirá si Puigdemont opta por formalizar en el Parlament una declaración unilateral de independencia. La hipotética gestación de un Estado construido sobre los restos de la legalidad vigente conduciría a Cataluña a una situación de caos posiblemente irreversible. De confirmarse ese extremo, la Cataluña institucional se traicionaría a sí misma al dar cauce a una variante particular del populismo que está atenazando a Europa. Un escenario indeseable desde el punto de vista político y social. Y también una amenaza para el futuro de la economía. Veinticuatro horas después del 1-O, la cotización de los principales bancos catalanes (CaixaBank y Sabadell) cayó con fuerza en la Bolsa española, mientras la prima de riesgo repuntaba.

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