El Rey ha hecho su trabajo

La democracia es, muy por encima de otras cosas,el imperio de la ley. Si no impera la ley,ningún ciudadano estará a salvo

ÁNGEL ORTIZDIRECTOR DE HOY

Estos días hemos podido leer y escuchar, aunque menos de lo que me hubiese gustado, las palabras del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy cuando se dirigió al país en 1962, después de enviar a las fuerzas federales al estado de Mississipi para aplacar los disturbios que se produjeron a raíz de que un estudiante negro, James H. Meredith, quisiera matricularse en una universidad de blancos. JKF tomó aquella decisión ante la desobediencia a una sentencia del Tribunal Supremo (que había declarado inconstitucional la segregación racial) por parte del gobernador segregacionista Ross Barnett. Este político, que acabó detenido y encarcelado, había prometido acatarla pero luego se desdijo.

El presidente americano ordenó que los marshalls (una especie de policía judicial) tomaran el control del Estado y apartaran a la Mississipi Highway Patrol, bajo las órdenes del gobernador Barnett. Lo importante es lo que dijo en su alocución: «Los estadounidenses son libres, en resumen, de estar en desacuerdo con la ley, pero no de desobedecerla. Pues en un gobierno de leyes y no de hombres, ningún hombre, por muy prominente o poderoso que sea, y ninguna turba por más rebelde o turbulenta que sea, tiene derecho a desafiar a un tribunal de justicia. Si este país llegara al punto en que cualquier hombre o grupo de hombres por la fuerza o la amenaza de la fuerza pudiera desafiar largamente los mandamientos de nuestra corte y nuestra Constitución, entonces ninguna ley estaría libre de duda, ningún juez estaría seguro de su mandato, y ningún ciudadano estaría a salvo de sus vecinos».

Nada nuevo ocurre estas semanas en Cataluña, como ven. Nada que no haya sucedido cientos de veces en la historia: la pugna de unos hombres que tratan de imponer sus ideas a otros. Con la fuerza, con las armas, con la razón, con la retórica, con argumentos, con la propaganda, el miedo, el terrorismo, el dinero… O con una combinación de todas esas herramientas y algunas más. La democracia ha permitido, por fortuna, que los hombres podamos convivir bajo el amparo de las leyes, que es lo que asegura como ningún otro invento la igualdad y la paz de un gran número de personas unidas por culturas, lenguas, espacios territoriales, relaciones económicas... La democracia, por eso, no es sobre todo diálogo, que también; no es empatía, elecciones, derechos, contrapeso de poderes (muchos, pocos, repartidos más o menos), que también. La democracia no es sobre todo un parlamento, un senado, una cámara de los lores, ni una monarquía, una república ni un sistema de partidos, agentes sociales, competencias… Que también. La democracia es, muy por encima de otras cosas, el imperio de la ley. Si no impera la ley, si hay circunstancias en las que una subjetiva legitimidad, incluso defendida por un abultado número de personas, una razón, una idea brillante, una pena, una queja, un agravio, un error o miles de errores desmonta esa supremacía, «ningún ciudadano estará a salvo». Ninguno. Ni usted. Ni sus padres. Ni sus hijos. Ni sus amigos. Ni el Rey puede arbitrar, mediar ni cumplir con todas sus funciones.

Por eso su discurso de anteayer fue excepcionalmente valioso. Porque la primera autoridad del Estado expresó el fundamento y la base sobre los que se asienta el marco de libertades y derechos que se ha dado la sociedad española, sin el que ninguna otra característica democrática es viable. Esto es lo que ha violentado y atacado la Generalitat, sus satélites sociales e ideológicos, con la ayuda de los mossos, gracias a la inoperancia histórica de nuestra clase dirigente y otro montón de circunstancias. Ante ello, lo de menos es si España pierde o gana Cataluña, si gobierna un partido u otro, si eso se decide en referéndum o lanzando una moneda al aire. Tiempo habrá de echar a Rajoy, de convertirnos en república, de aprobar una ley por la que decidamos todos los españoles que los catalanes, los vascos, los extremeños y los vecinos de Villarrín de Campos (Zamora) son los más guapos y listos de España. Lo que sea, pero dentro de la ley.

Por eso Felipe VI no apeló al diálogo ni a la empatía ni a la concordia, como se le ha reclamado desde algunas instancias. Lo ha hecho un sinfín de veces (sobre Cataluña también) en otras intervenciones. El diálogo, la negociación, su arbitraje y cualquier otro modo de resolver este serio atropello solo pueden prosperar en un contexto de escrupulosa legalidad. Por eso asombra que haya quien equipare sus palabras a un posicionamiento político. Nada más lejos, nada más preocupante que esas consideraciones en las que el imperio de la ley es vinculado a un color político o un gobierno. Lo único que hizo el Rey fue decir, con otras palabras, ajustadas por supuesto a nuestro momento, lo que en 1962 leyó JFK. Lo triste, el diagnóstico claro del fracaso político e institucional que supone el proceso secesionista catalán, empezando por el presidente Mariano Rajoy, es precisamente que el Jefe del Estado tuviese que expresarse en esos términos. Los españoles estamos arriesgando aquello que fundamentalmente nos hace libres, insisto, el imperio de la ley.

Recordemos, en fin, que la Constitución Española se compone de un preámbulo, 169 artículos organizados en once títulos, cuatro disposiciones adicionales, nueve transitorias, una derogatoria y otra final. Este texto es la clave de bóveda de todo lo que nos proporciona paz, prosperidad y libertad a los españoles. Y lo que nos da la capacidad de permanecer unidos o divididos, porque la propia Constitución establece cómo puede modificarse y bajo qué condiciones su articulado. Recordemos también su punto 56.1, que comienza: «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia…». El 61.1 reza: «El Rey, al ser proclamado ante las Cortes Generales, prestará juramento de desempeñar fielmente sus funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas». El Rey ha hecho su trabajo. Sin duda. Que los demás hagan el suyo, aunque sea lo último que hagan.

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