El Gobierno de las mujeres

La mayoritaria presencia de ministras establece un antes y un después en la misoginia del poder en España

El presidente Pedro Sánchez logró ayer su segunda victoria política en una semana. Tras sacar adelante la moción de censura contra Mariano Rajoy, ha formado un Gobierno experimentado en la gestión pública y con figuras de relieve, que va mucho más allá de la paridad autoimpuesta en algunas instituciones: por primera vez en la historia las mujeres (11) no solo son mayoría, sino que casi doblan a los ministros varones (6). Además, ocupan buena parte de las carteras más delicadas y con más peso –entre ellas, las del área económica– y también la portavocía a través de Isabel Celáa, la responsable de Educación. Todo un golpe de efecto de un Ejecutivo que nace lastrado por su asfixiante minoría parlamentaria y aún carente de un programa de acción explícito. Pero, sobre todo, un acto de justicia por parte de uno de los poderes del Estado con más de la mitad de la ciudadanía. Y una decisión que rompe con las inercias dominantes en todas las esferas de poder, tanto públicas como privadas, en las que la misoginia y el machismo se hacen valer como si lo normal fuese que el vértice de toda pirámide estuviera ocupado por hombres. Sánchez ha tenido el acierto de compensar su falta de bagaje en la gestión de los intereses comunes al rodearse de mujeres y hombres competentes, de fuerte personalidad y criterio propio, cuya elección por parte del presidente es una muestra de audacia y su dirección un desafío. También ha tenido la visión de asegurar un vínculo natural con las instituciones de la UE a través de Borrell, Calviño y Planas; y el sentido de incorporar visiones que trasciendan el cuerpo a cuerpo más politiquero. En ese sentido cabe interpretar los fichajes del juez Grande Marlaska –una referencia en la lucha antiterrorista– para Interior y de la fiscal Dolores Delgado (Justicia), que dan una idea de cómo se las gastará el Gobierno en el obvio objetivo de la regeneración democrática; y la presencia en el Gabinete del astronauta Pedro Duque y la científica Teresa Ribera.

Dejar una impronta. Todos estos nombramientos van cargados de voluntarismo cuando la legislatura está ya avanzada; los Presupuestos del presente año, dictados; y el techo de gasto para 2019 se encontrará sujeto al déficit. Pero el ejercicio que el presidente ha realizado para ampliar a través de la composición de su Gobierno los límites del socialismo (84 escaños) supone un avance respecto a los usos y costumbres de la política tradicional. Cobra especial valor que tantas personas de relevancia se hayan sumado a una aventura para año y medio. Es la señal de que hay pulsiones que se escapan de la confrontación entre siglas y bloques. Es un pronóstico común que la presidencia de Sánchez lo tendrá muy difícil para contener, al mismo tiempo, las críticas y requerimientos que le dirijan quienes votaron a favor de la moción de censura contra Rajoy, y las andanadas continuas del PP y Ciudadanos. Procurar la cooperación con los aliados que le han conducido a La Moncloa y, a la vez, atemperar las discrepancias con la oposición resulta una misión imposible. Claro que su piedra de toque se llama Cataluña y la composición del Ejecutivo apunta a que Sánchez trata de conciliar el diálogo normalizado con la Generalitat con la más severa crítica a las veleidades independentistas. Sánchez ha reunido un Gobierno de ideas. De ministras y ministros capaces de establecer una agenda alternativa para España. De dejar su impronta, aunque la legislatura se acabe antes de que puedan hacer realidad algo de sus intenciones.

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