Futuro histórico

Hay algo peor que un gobierno gobierne mal, o poco o para el 1 % de la sociedad, y es que ese gobierno esté a la defensiva, preocupado más que nada por su propia supervivencia

JUAN A. NICOLÁS JOCILESProfesor de Secundaria

Cuando despertó aquella mañana después de la turbulencia de los tiempos, el Individuo se encontró sobre la Historia convertido en un ser irrelevante. Había oído tantas veces a los políticos hablar de progreso, de lo realmente importante que eran para ellos los problemas de los ciudadanos, que no entendía que la vida fuera de repente esa nube oscura sin transparencia, como la confusa fatiga que sentía en la cabeza. Tuvo una corazonada de vértigo y pesadumbre; luego un arrebato místico porque estaba convencido de que el origen de su deplorable situación había sido una pérdida de fe: perdimos la fe en los políticos, luego en los bancos, en la justicia, en la educación, en los partidos y en las instituciones.

Es verdad que desde mucho tiempo atrás la política democrática, basada en el parlamento, en el diálogo, apenas tenía ya naturaleza lingüística. Los partidos y todos aquellos líderes estaban sobredeterminados por caracteres no estrictamente políticos. Con una mueca que nunca podría llegar a sonrisa triste, el Individuo evocó la época furiosa de los tuits, los chascarrillos, el gesto chocante, la expresión de impacto que tantos ciegos apoyos por entonces cosechaban. Fue toda una fiebre perniciosa por ahorrar argumentos y escatimar datos de análisis. También pensó el Individuo si su trance no estaría relacionado con aquellas oleadas sucesivas de corrupción en los tiempos del Gran Presidente. Recordó en la distancia que la corrupción parecía hacer un ruido lúgubre en la política y que mucha gente entonces ya iba por las calles como si no pasara nada. Asoció involuntariamente la idea con los pueblos viejos debatiéndose en mitad de ninguna historia. Se habló mucho de un mundo armonioso, desideologizado, con el sabio manto del Mercado cubriéndolo todo. Dijeron que el Progreso era un cadáver y que lo importante era el camino de regreso al «Tao» primordial a través de las Nuevas Tecnologías y la eterna juventud que un día no muy lejano proporcionaría la biogenética. Precisamente una noche en su sermón, el Presidente se refirió a la sintonía de su política con figuras del pasado eterno. Habló de Thomas Jefferson, padre americano defensor de que el mejor gobierno es el que gobierna menos, y del filósofo chino Lao-Tse, adalid de la inactividad tantas veces preferible a la actividad. El Progreso había traído recortes y desigualdad, pobreza infantil, abandono escolar, trabajo precario, emigración de los jóvenes. Pero la activa inacción en pro del Tao de nuestro Gobierno puede presumir del bruñido balance de las grandes corporaciones, los magníficos índices bursátiles, los incontables turistas que vienen a comprobar nuestro milagro económico. Ya lo habían dicho los Padres Precursores: «un gobierno de progreso no es la solución, es el problema». ¡Ah aquellos tiempos de la alegre desregulación masiva!

Hay algo peor que un gobierno gobierne mal, o poco o para el 1 % de la sociedad, y es que ese gobierno esté a la defensiva, preocupado más que nada por su propia supervivencia. Tanto taoísmo de pacotilla nos ha metido en esta época de renuncia donde sólo parecen luchar por la victoria los que Ayn Rand llama en ‘La rebelión de Atlas’ los «no saqueadores». El resto del mundo parece haberse esfumado por el mismo sumidero que las utopías, las ideologías y las grandes nociones hueras procedentes del siglo XVIII como las de libertad, democracia, igualdad o educación. La dietética y la elaboración de platos se convirtió en única ideología en aquellos tiempos. Hoy los privilegios se adquieren astutamente fingiéndose víctima y derrotado. Había en las postrimerías de los últimos tiempos históricos formaciones políticas con importante respaldo electoral a las que la democracia institucional les parecía aburrida; siempre con planteamientos reivindicativos altamente mediáticos, propagandísticos, banales o irrealizables muchas veces. Complacerse en una oposición de estruendo que les daba igual: querían ser «injustamente» derrotados pero mostrando autenticidad contestataria que era en verdad lo rentable. Había también independentistas almogávares ansiosos también por ser derrotados para al menos quedarse con lo heroico del fracaso y sostener por siempre la mamandurria nacionalista que los requetés tan bien explotaron con su cupo económico y la fragilidad del Gobierno. Hubo un principal partido de la oposición que, a falta de empuje para luchar por el poder, se dedicó a luchar entre sí, a dividirse en facciones para jugar encarnizadamente a derrotarse unos a otros. Sucumbieron todos en la irrelevancia continental de la socialdemocracia. Aquel año se habló del centenario de la revolución bolchevique pero más del fracaso histórico del comunismo y del fin de la amenaza que suponía para el Capital. Exaltación del mundo económico que conocemos, sobre todo por la enorme tendencia a incrementar cada vez más las desigualdades.

El Emperador, controvertido pero útil, anunció por entonces un aumento del 10 % del presupuesto militar para no seguir perdiendo no sé qué guerras, cuando el sector militar del Imperio ya era desde hacía tres emperadores la fuerza de combate más poderosa del mundo y consumía más que cualquier otra nación en términos de Producto Interior Bruto. Un ejército tan formidable que no resultó eficaz para las formas de violencia predominantes entonces. Incluso para justificarse en su expansión y distraer a la opinión pública agitaba de forma recurrente el espantajo nuclear «peligrosísimo» de una antigua dictadura comunista que se llamó Corea del Norte.

El Individuo irrelevante dedujo que un día se le borrarían los recuerdos y quedaría sin memoria. En el Valle de los Caídos no queda una estatua, ni una piedra sagrada, sólo un fuego insignificante rodeado de alambradas que algunos jubilados visitan en la hondura de los otoños.

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