El dragón, las legumbres y Puigdemont

Si se requiere una historia que justifique el proceso, se le encarga a unos cuantos historiadores poco serios y doctrinarios que cocinen una hiperrápida historia que se venda en bandejitas para ser consumida por los independentistas en forma de eslóganes y tópicos simplificadores

JESÚS GALAVÍS REYES

Mi nieto Nanook y yo hemos mantenido una interesante y respetuosa discusión acerca de cuántos juguetes, de qué características y de cuánto valor debo regalarle en los siete días que voy a estar con él visitándole en Galicia. Como el desacuerdo ha sido patente en todos los términos discutidos y no era cuestión de solicitar un laudo al gobierno, me he dejado (con) vencer, al menos en el primer día de estancia. El resultado ha sido un dragón precioso, confeccionado en modo híbrido entre peluche y telas coloridas, a las que se adhieren en las alas, crestas dorsales y cola unas como lentejuelas iridiscentes. Tras la adquisición, Nanook tomó dos rápidas decisiones: una, determinar que el dragón era una dragona, o sea, una hembra, aspecto que me ha hecho reflexionar acerca de si los dragones, como los ángeles, puedan o no tener sexo diferenciado. La segunda fue ponerle nombre a su nueva amiga de juegos: Purpurina. Un niño con mucha imaginación, como todos, aunque espero que no se me pida que explique el proceso por el que mi nieto sexó a Purpurina y por qué eligió ese nombre tan químico, pero ciertamente tan rutilante.

En fin, de momento vamos a dejar al niño y su dragoncita reservados en este primer párrafo.

Antes de mi viaje a Galicia, había regresado a primeros de septiembre a Descargamaría. Allí enseguida se produce ese reencuentro placentero con los vecinos y amigos tras el veraneo. En el paseo de la mañana con la perrita, tiene lugar el inevitable encuentro: cruzando el puente sobre el río, viene mi amigo Pasmarín. Este, como si no hubieran pasado dos meses desde nuestra última charla, se dirige hacia mí al tiempo que me muestra un ejemplar reciente del HOY. Mira, me dice bastante agitado, mientras con el dedo me señala una de las noticias en una página sobre Extremadura, mira, la UCEx asegura que la población gasta más en golosinas que en legumbres y recuerda que las golosinas son «calorías vacías», casi sin valor nutritivo.

Y como entiendo, sigue Pasmarín, que la mayor parte de las golosinas las consumen los niños y adolescentes, y como estos suelen carecer de recursos, está claro que son sus padres los que propician esta dieta golosa y poco alimenticia. Los papás y mamás extremeños, concluye, son más amigos de proporcionar chucherías a sus criaturas antes que potajes y lentejas estofadas. En apenas un soplo de décadas, se ha pasado en Extremadura del garbanzo a las gominolas, de las carillas al «bollicao».

A punto estuve de lanzarme a despotricar de la abdicación comodona que ejercen los padres de hoy respecto a sus deberes educativos. Pero no lo hice, entre otras cosas, porque hay muchos padres actuales que no abdican de tal tarea.

Al rato, tuve la habilidad de cambiar de tema, y olvidamos pronto el asunto para abarcar otros muchos hasta que nos despedimos inventándome una urgencia.

En cuanto a Puigdemont, no hablaré de su persona, sino de lo que representa como icono actual del independentismo, el de una parte de los catalanes. En él, y en los independentistas, se genera también un proceso de creación imaginativa y de cambio de dieta política. Como Nanook, han puesto a trabajar la imaginación para concebir (y creerlo) un corpus de ideas que se podrían reducir a cuatro principios generales; 1. Ni somos ni nunca fuimos españoles 2. Somos diferentes y mejores que «ellos»; 3. Con España siempre nos fue mal y de ella solo hemos recibido agravios; y 4. Estamos capacitados para constituir una república independiente. La aceptación del credo ideado origina en los creyentes unos sentimientos compartidos que se evidencian mediante el formato de «nacionalismo independentista» con sus símbolos, manifestaciones públicas y demás muestras identificativas. Quien aglutina a cientos de miles de catalanes en las calles de Barcelona, no es el ejercicio racional de una concepción política, sino más bien la visceralidad a flor de piel, el gozo por compartir con otros un mismo sentimiento, la energía vital que produce sentirse «especialmente yo» frente al «no yo, el distinto». Así ha sido siempre.

El cambio de dieta política ha consistido en el abandono de aquellos platos tradicionales y de cocina lenta de la gastronomía nacionalista/autonomista, para pasarse a la comida rápida, precocinada, del independentismo, aunque, como las golosinas, sea de poco valor nutritivo. Si se requiere una historia que justifique el proceso, se le encarga a unos cuantos historiadores poco serios y doctrinarios que cocinen una hiperrápida historia que se venda en bandejitas para ser consumida por los independentistas en forma de eslóganes y tópicos simplificadores. Si se necesitan nuevas leyes que envuelvan el proceso de un aura de legitimidad, se usa el Parlament como un horno de microondas y en un plis plas se hornean leyes que, dicen los expertos, darían vergüenza incluso a un repetidor de primero de Derecho. Si el Estado Opresor contraataca con recursos ante los tribunales, Puigdemont se prepara urgentemente un bocadillo de soberanía restringida, única y catalana, a la que solamente debe atenerse y acatar. Aquí el choque de trenes es más bien un choque de concepciones culinarias: Rajoy va de puchero y brasas y Puigdemont de olla exprés y emparedados.

El problema catalán es una cuestión de imaginación forzada, credulidad y sentimientos. Con toda sinceridad, no le veo buena solución ni ahora ni en el futuro. Supongo que San Jordi –al que en Cáceres llamamos San Jorge– andará ahora afilando su lanza para matar al dragón que, para más de un catalán imaginativo, no será sino la Hidra española devoradora e insaciable. De la sangre que brotará del temido monstruo, nacerá una roja rosa que será la nueva república mediterránea. Que la Virgen de Montserrat nos ilumine.

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