Una dimisión inevitable

La revelación de los problemas con Hacienda de Màxim Huerta permite a Sánchez corregir el desliz de su nombramiento como ministro

La dimisión era la única salida que le quedaba a Màxim Huerta tras la revelación de que sobre él recayeron dos sentencias por utilizar una sociedad interpuesta para eludir impuestos entre 2006 y 2008 y deducir gastos ajenos a su actividad profesional. El fichaje de Huerta como ministro de Cultura y Deporte fue el nombramiento más desconcertante de Pedro Sánchez para conformar su Gobierno. La sensación de que el periodista y escritor asumía tan alto cargo con el propósito de aprender en su ejercicio y la naturalidad con que se disculpaba por algunos de sus mensajes en las redes sociales incrementaba la extrañeza general por su designación. Las explicaciones dadas al conocerse sus pasados problemas con Hacienda, aduciendo que se produjo un cambio de criterio en la Agencia Tributaria, realzaron ayer esa mezcla de improvisación y frivolidad que desde el principio se atisbaba entre el nombramiento de Huerta y su aceptación. La alegación de que todos los profesionales que se encontraban en su situación eran aconsejados para actuar del mismo modo soslayaba que un ministro está obligado a presentar una ejecutoria personal y profesional más limpia. Máxime cuando el Gobierno al que se incorpora parte de una moción de censura triunfante contra la corrupción que afectaba, directa o indirectamente, al Ejecutivo anterior. Huerta debió dar cuenta de la sentencia judicial que había corregido sus tres ejercicios de elusión fiscal e irregularidades al presidente Pedro Sánchez. Él aseguró ayer que no lo hizo al entender que era una cuestión personal ya arreglada y que formaba parte del pasado. Una vez dimitido o destituido, Màxim Huerta debió expresarse en un tono menos altanero, evitar referirse a una «jauría» que habría violentado su «inocencia» y presentarse como sacrificado para salvar la cultura y la regeneración. El anunciado nombramiento de un gestor cultural de la trayectoria de José Guirao puede reconducir la gestión del ministerio a la contrastada profesionalidad que requieren sus competencias.

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