Dos días cruciales

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras tienen unas horas de margen para decidirse entre la declaración unilateral de independencia, o quedarse donde están

El Tribunal Constitucional ofreció una oportunidad para que los responsables de la Generalitat corrigieran su rumbo cuando resolvió suspender el pleno parlamentario previsto para mañana. Los términos de la resolución fueron inequívocos, y afectarían también a la eventualidad de que la mayoría de gobierno optase por convertir el pleno convocado para pasado mañana –a petición del presidente Carles Puigdemont– en la sesión en que se produzca la declaración unilateral de independencia. La última reforma del reglamento de la Cámara, promovida sin duda con el ánimo de agilizar el tránsito hacia la república propia, permitiría que el mismo martes se introdujera el tema en el orden del día del pleno anunciado para la comparecencia de Puigdemont. Pero el auto del TC es taxativo cuando resuelve, «declarar radicalmente nulo y sin valor ni efecto alguno, cualquier acto, resolución, acuerdo o vía de hecho que contravenga la suspensión acordada» del pleno fijado para mañana. El hecho sería doblemente grave, porque además de su intención última –la DUI– habría servido para sortear una vez más las garantías que caracterizan al sistema democrático; tanto a la hora de eludir una resolución del TC como a la hora de burlar el funcionamiento ordinario del poder legislativo autonómico como foro plural. Solo cabe esperar que ello no llegue a ocurrir; que el gobierno de coalición entre el PDeCAT y ERC aplique una moratoria sobre sus propósitos que permita rebajar la tensión que se ha ido incrementando hora a hora. Parece imposible que la Generalitat desoiga la inquietud mostrada por algunos de sus propios consejeros y, sobre todo, desatienda el significado de decisiones empresariales que conducen a Cataluña a pagar un precio muy alto por la temeridad secesionista. El ejecutivo que preside Puigdemont tiene unas horas de margen para decidirse entre dar un paso irreversible, con la declaración unilateral de independencia, o quedarse donde está. Para decidirse entre atender las recomendaciones de aquellos allegados que sobreviven tras la última depuración en las filas de la Generalitat y las señales que recibe de compañías emblemáticas para Cataluña, o seguir las pautas marcadas por la ANC y Òmnium, y las advertencias de la CUP respecto a la continuidad del ‘govern’.

El problema es la independencia

Existe el riesgo de que el independentismo en su conjunto trate de hacerse valer de datos contrapuestos como las concentraciones de ayer a favor del diálogo en Barcelona, en Madrid y en otras ciudades, la conversación sobre la situación en Cataluña mantenida entre Juncker y Merkel, y hasta el sucesivo traslado de las sedes sociales de compañías punteras a otras partes de España para reivindicarse en la solución de la crisis. Sin embargo, ha quedado demostrado que el independentismo no es la solución, sino el problema desde el momento en que sus dirigentes dan la espalda a la ley y la vulneran como parte esencial de la estrategia secesionista. Por eso, Puigdemont y Junqueras no pueden cobijarse tras las solicitudes de diálogo ni tras las ofertas de mediación mientras continúen envueltos en la ‘estelada’ las 24 horas del día y orienten toda la actividad de la Generalitat a dar pasos significativos e irreversibles en la desconexión de la Cataluña institucional respecto al Estado surgido de la Constitución y de los estatutos de autonomía.

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