Más deseos que realidad

Ni el país ha cambiado radicalmente, ni el PP y Ciudadanos tienen razones para imaginar que esto es fortuito y pasajero

El cambio experimentado por la política española desde el jueves 24 de mayo hasta la actualidad es el desenlace inesperado por la acumulación de dos tipos de tensiones fundamentalmente; las provenientes de los sucesivos casos de corrupción que afectan al PP, y las derivadas de la liza electoral que mantienen las cuatro principales formaciones del arco parlamentario. La moción de censura de Pedro Sánchez se hacía eco del pico de indignación generado con la sentencia de la primera parte de 'Gürtel', y reaccionaba sin duda ante la eventualidad de que una legislatura inercial acabara relegando a los socialistas al tercer o cuarto puesto del ranking demoscópico. La sorpresa estriba en que bastó una semana para que el actual presidente pasara de la inacción a la Moncloa. Lo que da cuenta, al mismo tiempo, del frágil equilibrio en el que se movía el Gobierno del Partido Popular, y de la endeble aritmética en que se asienta la 'alternativa Sánchez'. El líder socialista ha conseguido que los nombres de sus ministras y ministros se conviertan en el aval más solvente para sus propósitos, cuando estos no están aun claros. Sin duda, el ensayo ha reavivado ilusiones que se vieron frustradas tras los comicios de 2015 y 2016; en tanto que ha hecho verosímil una mayoría distinta a la que Rajoy fue entretejiendo con Ciudadanos y con el PNV hasta la víspera misma del vuelco político. Y ha devuelto tanto a las bases populares como a las emergentes expectativas de Rivera a la realidad de la desafección y la volatilidad en el comportamiento social respecto a la política. Hoy solo por pose puede un partido mostrarse deseoso de la celebración inmediata de elecciones. Porque ni las esperanzas de los alineados con la moción de censura, ni los temores de PP y Cs, ni siquiera el ánimo de la gente, permite a nadie reclamar la disolución anticipada de las Cortes Generales. Como si todos y cada uno de los grupos parlamentarios prefirieran quedarse tal cual están, por ahora. El sorpresivo cambio político ha podido inducir en las izquierdas y en el soberanismo independentista la ilusión de una transformación radical del país. Mientras que los seguidores del PP y de su más directo adversario electoral –Ciudadanos– necesitan pensar que la llegada de Sánchez a La Moncloa es un revés fortuito y pasajero. Son, ambos, errores de percepción que confunden los deseos con la realidad. Igual que el que llevó a la ministra Meritxell Batet a unir ayer dos conceptos antitéticos: reforma de la Constitución y urgencia.

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