La corrupción como factor de gobierno

El colectivo que no pelea por acabar con la podredumbre termina formando parte de ella. La encrucijada está planteada: o más depravación moral o impulsar un período de libertad constituyente que forje unas reglas íntegras

LUIS FERNANDO LÓPEZ SILVAPedagogo

Por fin el caso Gürtel, una década después de que fuera destapado, ha sido juzgado, quedando claro en la sentencia que los implicados crearon una red ilegal anudada en torno al Partido Popular, en la que hubo enriquecimiento ilícito por parte de los condenados y la existencia de una caja B por parte del Partido del Gobierno. Se demuestra así, el andamiaje de un sistema de corrupción institucional elaborado con el fin de detraer recursos de las arcas públicas para beneficiar bolsillos privados y crear un fraude electoral al mejorar la posición electiva de un partido que obtenía dineros fraudulentos. Este caso no es aislado como pretenden hacernos creer los de arriba, sino que es un carrusel de corrupción que permea desde hace muchos años la sociedad española. De hecho, España desde la Transición hasta los días de hoy ha visto incrementar exponencialmente los casos de corrupción, en los que un 90% de los sumarios detectados tiene una conexión directa o indirecta con los partidos políticos y su órbita clientelar, ya sea a nivel central, autonómico o local.

Con estos antecedentes, la sociedad española debería mirarse al espejo y hacer una profunda reflexión sobre los mecanismos institucionales con los que se gobierna. El actual estado de partidos o partitocracia que gobierna España no ha hecho sino promover y potenciar los factores de corrupción, inoculando en todas las instituciones públicas el patógeno corruptor.

Y este patógeno corruptor radica fundamentalmente en dos elementos: uno, la estatalización de los partidos, pues están anclados y financiados por el Estado. De facto, son el Estado y han suplantado al verdadero Estado. Dos, no separar los poderes. Pues en España, el poder legislativo y ejecutivo son indiferenciables. Estos hechos, que parecen nimios, son esenciales para entender parte de la brutal colonización institucional en la que han incurrido los partidos en los últimos años, y de cómo esa colonización edificó estructuras opacas y redes clientelares que saquean las arcas públicas de manera permanente y vergonzosa. Aunque el consenso político, las mociones de censura y las cuotas de poder entre los partidos nos suenen a virtudes democráticas, son un eficaz instrumento de manipulación ciudadana, con el cual, contentan y engañan a sus propios votantes con nuevos proyectos de regeneración política e inversión pública, que al final solo sirven para acrecentar el poder partidista, aumentar impuestos, y de paso, abultar de forma colateral unas cuantas cuentas corrientes.

Pero insisto. Existe un elemento aun más perverso, aunque indetectable, que han introducido los partidos políticos en el sistema social: la emulación por ósmosis social. Se sabe que a lo largo de la Historia las gentes del pueblo siempre han querido emular a las élites y poderosos. El antiguo dicho «juega el Rey, todos somos tahúres, estudia la Reina, todos somos estudiantes» bien lo atestigua. En esta emulación que hace el pueblo de las costumbres de sus gobernantes, la corrupción moral se ha filtrado hacia los de abajo, logrando que el freno ético y moral hacia la corrupción haya sido desactivado por aquellos mismos hombres que deben basar su vida pública en la ejemplaridad.

El grave problema de España ahora es que la corrupción moral de gran parte de su élite se ha trasladado y extendido a la psicología colectiva. Lo que acredita de forma fehaciente este fenómeno, es la indiferencia ciudadana hacia los casos de corrupción y la nula exigencia de ejemplaridad y transparencia hacia sus líderes. Cuando la moral es degradada de esta forma por los gobernantes, todas la formas de corrupción se ciernen sobre el país, porque la corrupción moral es anterior a todos los demás tipos de corrupción (política, económica, ideológica…). Todas se fundamentan en ella. Y cuando esto sucede, la sociedad normaliza la trampa y la usa como método de aspiración y ascenso social. Con lo que llegados a esta fase, la corrupción emerge como un claro factor de gobierno, pues las fuerzas corruptas y sus mecanismos de extorsión podrán dominar sobre aquellas minorías sociales más reacias a dejarse corromper.

España y otros muchos países de Europa (Italia, Grecia, Portugal y otros países del Este) son un fiel ejemplo de cómo la corrupción gobierna la sociedad, de cómo la arquitectura política de la que se han dotado no es capaz acotar el cáncer de la corrupción, sino que por el contrario, la tolera, la oculta y se sirve de ella como forma de mantener el 'status quo'. Y ya se sabe que aquel colectivo que no pelea por acabar con la corrupción y la podredumbre, termina formando parte de ella. La encrucijada está planteada hace tiempo: o más corrupción y depravación moral o impulsar desde la sociedad civil un periodo de libertad constituyente que forje unas reglas íntegras que den honor a la Democracia.

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