Cataluña, ni un euro de más

Creo que la aplicación del artículo 155 de la CE y la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña por parte del Gobierno de España en los términos y con la mesura que se ha planteado, ha impedido consumar uno de los mayores ataques directos a la soberanía del pueblo español, a su exclusivo derecho a decidir como depositario del mismo y a la concepción democrática constitucional en sus aspectos formales, políticos, éticos y jurídico

JULIÁN CARRETERO CASTRO

Creo que el llamado ‘Procés’ catalán nos ha enseñado mucho. Más allá de haber puesto en brete a Cataluña como comunidad autónoma, a España y a toda la sociedad, fracturándola, nos ha descubierto las mentiras y manipulaciones del secesionismo y la falta de escrúpulos de sus pregoneros para con la ciudadanía, sus derechos fundamentales y sus intereses económicos, sociales y de supervivencia.

Creo haber aprendido que el problema no es de ayer. No es fruto sólo del estado autonómico, del franquismo o de las convulsiones políticas vividas en el siglo XIX. Es de génesis compleja y lejana. Aunque pueda pecar de simplista, tengo claro, de forma resumida, que gran parte del desaguisado hay que buscarlo en que durante más de doscientos años hemos alimentando, en una escalada ascendente, a una burguesía, por su condición de tal, ambiciosa, excluyente y trapacera. Proporcionándole privilegios, concesiones mercantiles, financieras, suministrando mano de obra barata e inversiones discriminatorias, en un contexto favorable, propio de su concepción supremacista de clase.

Creo que ante la situación hoy no cabe extrañarse. El independentismo como deriva del nacionalismo potenciado por la burguesía y la clase media catalana tiene padres voluntarios e identificados, aunque no hubiera alcanzado tal nivel, si no existieran familiares de distinto grado, tampoco desconocidos ni casuales, dispuestos históricamente a contribuir activamente a su mayoría de edad.

Creo que el nacionalismo es una ideología arcaica, predemocrática y filofascista. Es excluyente, supremacista y xenófoba. Los nacionalismos son todos iguales, con independencia del lugar de referencia o los barnices con los que se camuflen. Es la antítesis del internacionalismo de clase, de la izquierda y si me apuran, hasta de la democracia.

Creo que la lucha de banderas es interesada e innecesaria. Es un recurso pernicioso para aflorar y exacerbar los sentimientos más primarios, para apuntalar a los nacionalismos en su grado sumo, anular el debate, la política, el raciocinio, el entendimiento mutuo y la democracia en sí misma.

Creo que la democracia emergente de la Constitución del 78 (CE), con sus defectos que los tiene, encarna un régimen de libertades, garantías políticas y jurídicas del máximo nivel existente en el mundo y un modelo territorial del Estado, mejorable sin duda, plural y con un grado de autonomía fiscal y política de los más altos existentes.

Creo que la aplicación del artículo 155 de la CE y la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña por parte del Gobierno de España en los términos y con la mesura que se ha planteado, ha impedido consumar uno de los mayores ataques directos a la soberanía del pueblo español, a su exclusivo derecho a decidir como depositario del mismo y a la concepción democrática constitucional en sus aspectos formales, políticos, éticos y jurídicos.

Creo contradictorio, ética y políticamente reprochable que fuerzas políticas declaradas públicamente contrarias al independentismo, suscriban un recurso de inconstitucionalidad contra la aplicación de este artículo 155. De no haberlo aplicado, la independencia seguiría su curso en los términos aprobados por el Parlamento catalán. Igualmente censurable, políticamente un error e ideológicamente impropio de la izquierda es, con la que esta cayendo, plantear la bilateralidad como el modo de relación política entre Cataluña y el Estado, más en cuestiones tan fundamentales para la solidaridad interterritorial y la vida de las personas como son la política fiscal, el tratamiento de la deuda pública y, por ende, la financiación de los servicios públicos esenciales.

Creo engañoso y extremadamente peligroso que la derecha española, vieja y nueva, ante la situación catalana aflore su tentación a la recentralización del Estado, combinándola con esa exagerada exaltación del nacionalismo español que no es otra que la exaltación de valores profesados, desarrollados y enaltecidos durante la dictadura franquista.

Creo en una España Autonómica –federal– en sentido amplio. La experiencia a lo largo de los últimos 40 años pone de manifiesto, aún con sus errores, la eficiencia de las políticas públicas descentralizadas. Nunca antes en España se consiguieron tan altas cotas de estabilidad política y social, paz, bienestar, solidaridad e igualdad. La ampliación competencial en algunos casos y su ajuste en otros, no pueden ser subterfugio para recentralizaciones injustificadas, ni para nuevas ínfulas secesionistas y de impulso de formas nacionalistas.

Creo en un Sistema de Financiación de las Comunidades Autónomas transparente, entendible y sencillo de aplicar, solidario, equitativo, con corresponsabilidad fiscal, negociado multilateralmente, que garantice la financiación de los servicios públicos esenciales con igualdad de oportunidades y de acceso a los mismos por parte de todas las personas, con independencia de su lugar de nacimiento, donde vivan o trabajen.

Creo en una constitución reformada que fortalezca el modelo territorial descentralizado, inclusivo, coordinado y coherente, con criterios de solidaridad, cohesión social y territorial; con un senado convertido en verdadera cámara de representación territorial, mayor grado de descentralización y protagonismo de las administraciones locales, con un modelo fiscal progresivo, equitativo y corresponsable territorialmente, que evite la competencia a la baja entre CCAA y garantice constitucionalmente las prestaciones sociales y los servicios públicos de sanidad, educación y atención a la dependencia.

Creamos juntos en la solidaridad entre personas y territorios, en la igualdad y en los valores para una democracia plena, en la movilización social y en la acción política, en su grado más alto, como vehículos para su consecución. Amén.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos