Brecha salarial y discriminación social

La inadmisible diferencia en los sueldos por razones de género oculta otras desigualdades que penalizan a las mujere

La igualdad constituye un imperativo básico en cualquier sociedad avanzada que aspire a funcionar bajo unos parámetros de justicia. Por ello, la brecha salarial por razones de género es una realidad intolerable y antidemocrática. Algunos países como Islandia se han lanzado a combatirla con medidas valientes, como auditorías generalizadas a las empresas y multas a las que mantengan esa discriminación. España estudia acciones para corregir el trato privilegiado que el mercado laboral ofrece a los varones, cuyos sueldos son un 25% superiores a los de las mujeres. La lucha eficaz contra esa situación inadmisible, que tiene causas diversas y complejas, requiere iniciativas de amplio espectro que vayan al fondo del problema. Es decir, a la feminización de los empleos más precarios y con salarios más bajos, y al enquistamiento en la sociedad de actitudes machistas que contribuyen a ello. Porque, en contra de lo que pudiera parecer, son muy minoritarios (e ilegales, por supuesto) los casos en los que cobran sueldos distintos un hombre y una mujer que desarrollan idéntico trabajo en la misma empresa, pertenecen a la misma categoría laboral y tienen la misma antigüedad y los mismos pluses por nocturnidad o peligrosidad. Otra cosa es la existencia de complementos discrecionales. La brecha salarial ancla sus orígenes en el todavía minoritario acceso de las mujeres a puestos de alta responsabilidad. No solo a los consejos de administración, que también, sino a puestos directivos, a los que lógicamente corresponden las retribuciones más altas de una empresa. A ese factor se le añade su muy reducida presencia en la industria –el sector con los sueldos más elevados–, que contrasta con una mayoritaria mano de obra femenina en los servicios; en especial, en actividades con salarios singularmente bajos. Las mujeres, además, absorben gran parte de los contratos a tiempo parcial y se acogen de forma mayoritaria a las reducciones de jornada (y, en consecuencia, de sueldo). Todo esto, no tanto por su propia voluntad como porque sobre ellas siguen recayendo en buena medida el cuidado de los hijos y las tareas domésticas en una sociedad que mantiene estereotipos de género propios de otra época y en la que la igualdad real continúa lejos de materializarse. La transparencia salarial o los planes de igualdad en las empresas son medidas adecuadas, pero insuficientes sin una profunda implicación de las instituciones y las compañías, y sin un reparto de papeles más equitativo en las familias.

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