Una amenaza a erradicar

La violencia machista es un asunto de Estado que requiere más compromiso colectivo y más medios

Las denuncias judiciales por violencia machista se incrementaron en 2017 un 16,4%, con un 17,7% más de mujeres víctimas de la ignominia. La escalofriante cifra de 166.620 mujeres acercándose a instancias oficiales para relatar, entre la impotencia y la esperanza, que el hombre que quisieron las maltrataba; de policías dando cuenta de su actuación en casos de flagrante terror; de médicos dando parte de unas lesiones que solo podían responder a un calvario. De niñas y niños atrapados en la barbarie posesiva; en la inquina desatada de un hombre que dejó de sentirse su padre o su tutor. El Observatorio del Consejo General del Poder Judicial ha constatado, además, el incremento de los menores enjuiciados por tales delitos. El pasado año fueron un 50% más que en 2016. De 179 casos a 266. A pesar de que su cifra parezca insignificante en comparación a la incidencia general de la violencia machista, resulta descorazonador que el cambio generacional no erradique los más bajos instintos que se reflejan en el afán de un control por la fuerza sobre el albedrío de una menor por parte de alguien de su misma edad. No hay posibilidad alguna de estimar si la violencia machista va a más o a menos en cuanto a víctimas y victimarios. Solo sabemos que en 2017 hubo más denuncias; casi un 70% presentadas por las propias víctimas. Tan esperanzadora reacción no puede continuar emplazando a las mujeres agredidas –y a sus hijos– a actuar como heroínas haciendo frente a la brutalidad de género. Fueron menos las víctimas que se acogieron a la dispensa de declarar. Pero es imprescindible subrayar que no se trata de un drama personal, consecuencia de equivocaciones en la elección de la pareja, o de la sumisión durante años ante una situación opresiva inadmisible. Porque ninguna mujer está a salvo de tal fatalidad. La responsabilidad es y ha de hacerse colectiva frente a la violencia machista. La víctima lo es por los maltratos que sufre y las amenazas que la aterrorizan; y también por la coacción directa o el embaucamiento sentimental que padece para que no denuncie el delito. De ahí que sea tan importante la empatía con que actúen los servicios públicos, policiales o sanitarios, cada vez que se encuentren con indicios de maltrato. Que sea tan importante la actitud que muestren familiares, amistades y la vecindad, incluso antes de que la violencia física se haga evidente. Cuando una mujer –una hija, una hermana, una amiga– acaba cautiva de su pareja.

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