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Las huellas de ETA en Extremadura

  • Aunque la banda nunca atentó en la región, su zarpazo sí lo sintieron familias de aquí

Al ver las noticias sobre la entrega de armas de ETA, más de un niño español le habrá preguntado estos días a sus padres quién está detrás de esas imágenes de encapuchados que adornan sus comparecencias con banderas vascas y el símbolo de la serpiente. Y los padres harán bien en explicarle que durante más de medio siglo esa organización terrorista mató a casi mil personas en España, extorsionó a miles y aterrorizó con sus coches bomba y sus tiros en la nuca a millones de españoles que no veíamos cómo ponerle fin.

Ahora estamos preocupados por el terrorismo yihadista y ETA nos parece muy antigua. Parece que han pasado siglos desde que ametrallaba furgones de guardias civiles o provocaba una masacre con una bomba en el aparcamiento de Hipercor. Pero fue anteayer. En 2010 mató a un gendarme francés. Fue su último asesinato antes de declarar la tregua. Antes había matado a decenas de guardias civiles y policías, muchos de origen extremeño. Aunque ETA nunca atentó en la región, su zarpazo sí lo sintieron familias de Badajoz, de Cáceres, de Monesterio, de Azuaga, de Alburquerque, de Medellín. Muchachos de apenas veinte años que emigraron para ganarse la vida y se dieron de bruces con la muerte a manos del delirio terrorista. Apellidos tan inequívocamente extremeños como Lancharro, Morcillo, Godoy, Barrado, Holgado, Durán, Maldonado. jalonan la triste lista de los fallecidos a manos de la banda asesina.

El medio centenar largo de extremeños que fueron víctimas de ETA murieron en buena parte en los llamados años de plomo. Esa década de 1980 en que, instalada la democracia, la organización terrorista quiso echarle un pulso al Estado poniendo sobre la mesa varios muertos cada semana, un centenar al año. Cuando se hace el recuento de fallecidos se puede calibrar el peso del dolor causado: 28 guardias civiles de origen extremeño fueron asesinados por ETA. En el País Vasco, sobre todo, pero también en Madrid y en Cataluña. Ametrallados cuando patrullaban, con coches bomba, con tiros en la nuca. Pero no solo guardias. Hubo también 9 policías nacionales muertos, 2 policías municipales y un militar. Una larga lista a la que hay que añadir 13 civiles asesinados por razones tan variadas como ser amigos de guardias civiles; o por darle una patada a una bolsa que escondía una bomba, como le pasó al niño José Piris Carballo cuando volvía una mañana de un sábado de marzo de 1980 de jugar al fútbol en Azcoitia. Víctimas colaterales, dirían los cínicos de este niño de 13 años nacido en Alburquerque; o de Maudilia Duque, de 78 años, que vivía con su hija y su yerno guardia civil en el cuartel de Vic donde el comando Barcelona mató a 10 personas en uno de sus atentados más mortíferos, en mayo de 1991.

Los 80 eran la época en que los muertos de ETA se enterraban deprisa y corriendo. Y si eran guardias civiles o policías todavía más. Los mataban en Irún o en Rentería, los metían en un furgón camino de su pueblo natal (a veces venían en avión militar a Talavera la Real) y sus deudos les decían adiós casi en silencio, sin que la sociedad se estremeciera. Muchos años después los familiares se han quejado de esa 'clandestinidad', de la ausencia no ya de homenajes, sino de la mínima solidaridad que reclamaba su condición de víctimas. Han tenido que pasar décadas para que la ciudadanía reaccionara y para que, poco a poco, ese reconocimiento a los asesinados por ETA se traduzca en una placa o una calle de recuerdo en sus pueblos y ciudades. Se le han ido poniendo a partir de 2011, cuando ETA anunció el cese de atentados. Ya las tienen en Badajoz, Cáceres, Mérida, Plasencia y en muchas localidades ligadas o no directamente con las víctimas.

La entrega de armas supone un nuevo capítulo en esa larga y mortífera agonía de ETA. Todos queremos pasar página, pero hay muchas maneras de hacerlo. La de quienes pretenden presentar este acto como el fin de un conflicto, sin vencedores ni vencidos, sin víctimas y verdugos; y la de quienes quieren mirar adelante, sí, pero sin olvidar quién puso las balas y quién la nuca.

A los niños que hoy pregunten quién era ETA y qué hacía deberíamos dejárselo claro. Aunque solo sea para que entiendan que quien mete una bomba en una bolsa de deportes y la deja en la calle para que cualquier niño que pase le dé una patada y salte por los aires nunca puede ser un héroe. Por muy bonita que sea la bandera en la que se envuelva.