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tribuna

Podemos ante el segundo Vistalegre

Anadie se le escapan las cruciales diferencias entre el Podemos que celebró hace ahora algo más de dos años su primera Asamblea Ciudadana estatal y el Podemos que dentro de unos días culminará la segunda. Aquel Podemos era un partido casi recién nacido y apenas estructurado, que inauguraba su singladura con el millón y cuarto de votos sorpresivamente arrancados al bipartidismo en las elecciones europeas de mayo de 2014 y encaraba el resto del ciclo electoral con irrefrenable entusiasmo e ilimitadas expectativas. El Podemos actual es un partido ya sólidamente asentado en las instituciones estatales, autonómicas y municipales, que atesora junto a sus socios de Unidas Podemos más de cinco millones de votos, pero también traumatizado por su primer revés electoral de consideración en las elecciones generales de junio de 2016, y ensombrecido por la prolongada confrontación entre las dos principales familias de su equipo dirigente, vinculadas respectivamente a su secretario general Pablo Iglesias (o 'pablistas') y su secretario político Íñigo Errejón (o 'errejonistas').

A menudo se reduce el origen de esta disputa a las diferentes visiones de Iglesias y Errejón sobre la relación entre Podemos y la izquierda tradicional o las causas del retroceso electoral del 26-J, pero son en realidad diagnósticos significativamente distintos sobre nuestra sociedad y las posibilidades abiertas a su transformación los que les separan. Para Errejón y los suyos, en sociedades capitalistas avanzadas como la nuestra, tras décadas de individualismo y despolitización neoliberal, una brecha insalvable separa las expectativas transformadoras de los sectores mejor informados, organizados y movilizados respecto a unas mayorías más temerosas del desorden que de la injusticia e irremediablemente paralizadas por el miedo, el cinismo o la desidia. No habría, pues, en la hoja de ruta errejonista, más alternativa para la transformación social que la lucha en el terreno institucional, guiada por un partido y unos líderes que representarían vertical y carismáticamente a una ciudadanía de la que demandar una mayor conciencia e implicación política sería ya poco menos que un imposible antropológico.

En un primer período, estas tesis de Errejón fueron unánimemente compartidas por la dirección de Podemos, pero tras las elecciones generales de diciembre de 2016 Iglesias comienza a distanciarse de ellas. Entre el 20-D y el 26-J el secretario general asume buena parte de las críticas de los sectores alternativos arrinconados por el errejonismo en el primer Vistalegre, se reconcilia con los Anticapitalistas (con mayúscula y sin comillas, en tanto única corriente formalmente constituida dentro de Podemos) liderados por el eurodiputado Miguel Urbán y la secretaria general andaluza, Teresa Rodríguez, nombra secretario estatal de organización al secretario general aragonés y portavoz crítico del primer Vistalegre, Pablo Echenique, e impulsa la alianza electoral con Izquierda Unida. Tiene razón Iglesias en señalar las incongruencias y los riesgos de la hipótesis errejonista. El neoliberalismo no es solo una manera de gobernar desde las instituciones, sino un conjunto de dispositivos y hábitos económicos, sociales y culturales que permean el conjunto de nuestra experiencia individual y colectiva. Intelectuales de referencia para el propio errejonismo, como el boliviano Álvaro García Linera o el argentino Ricardo Forster, señalan hoy, en plena crisis del populismo progresista latinoamericano, la manifiesta insuficiencia de la acción institucional para plantar cara al neoliberalismo sin la activa complicidad de una sociedad civil ilustrada y movilizada que debe inspirar, acompañar y proteger cada conquista legislativa transformadora, mano a mano con los gobiernos del cambio. Son sin duda ciertas, como recalca el errejonismo, las dificultades que encuentran estos procesos de empoderamiento democrático en sociedades tan atomizadas y despolitizadas como las nuestras. Pero la idea de eludirlos, sustituyéndolos por una agregación social difusa y en general pasiva en torno al liderazgo carismático y el ilusionismo retórico, resulta sencillamente disparatada y al cabo peligrosa, en tanto potencial coartada para un mero recambio oportunista de élites dirigentes o incluso para potenciales reapropiaciones autoritarias o reaccionarias.

Que Iglesias haya caído en cuenta y tomado distancia de estos errores del errejonismo resulta loable, pero el proyecto político alternativo que viene intentando enunciar desde su ruptura teórica con Errejón es aún confuso e insuficiente, apelando acertadamente a la necesidad de una mayor movilización colectiva, pero desde una perspectiva todavía demasiado partidocéntrica que encaja mal con la autonomía, creatividad y potencia desplegadas por la sociedad civil española tras la fecunda experiencia del 15-M y las mareas ciudadanas. Si la potencialidad transformadora de Podemos depende tanto de su capacidad para ganar posiciones en el terreno institucional como de su habilidad para establecer dinámicas innovadoras de reconocimiento mutuo, cooperación y codecisión con la heterogénea pluralidad de sujetos cívicos, sindicales, políticos o culturales transformadores activos en nuestra sociedad, es en los documentos y la candidatura de Podemos En Movimiento, impulsados por Anticapitalistas, intelectuales críticos y activistas sociales de muy diversa trayectoria, donde encontramos mejor orientada y perfilada esta alternativa.

Cualifican a Pablo Iglesias para revalidar su responsabilidad como portavoz de Podemos su acertada autocrítica, su incuestionable virtuosismo como comunicador y la singular conexión emotiva que ha sabido establecer con amplios y diversos sectores sociales, pero son el análisis y la estrategia política planteadas por Podemos En Movimiento los que permitirán a Podemos enfrentar con posibilidades de éxito los retos decisivos que le aguardan. Solo en común, entre iguales y en movimiento, Podemos puede ganar.