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Acabar con ETA

La detención del ultimo máximo dirigente de ETA, Mikel Irastorza, coincide en el tiempo con el anuncio de la puesta a disposición de España por Francia de una ingente cantidad de objetos y documentación, desde armas hasta cepillos de dientes con ADN de terroristas, proveniente de 46 intervenciones policiales contra la banda etarra desde 1997. Con este material, que actualmente está siendo clasificado por una treintena de especialistas, las autoridades judiciales españolas podrán desentrañar seguramente algunos casos abiertos y depurar las últimas responsabilidades de los delitos terroristas que todavía permanecen confusos o inaclarados. Será este un paso más del cierre definitivo e irreversible de la violencia terrorista en nuestro país, que ha concluido con la derrota sin paliativos de la organización etarra, que sin embargo todavía no se ha disuelto ni ha entregado las armas, dada la obstinación de los activistas en no hacerlo unilateralmente. El ministro anterior no quiso mantener la colaboración en esta delicada materia con el Ejecutivo de Urkullu, colaboración que hubiera facilitado un desenlace que ahora tendrá que lograr su sucesor, José Ignacio Zoido, quien, al haber sido magistrado, tendrá posiblemente mayor sensibilidad jurídica. La autodisolución de ETA y la entrega de las armas no pueden tener como es lógico contrapartida alguna, pero es evidente que si se produce este final definitivo no tendrá ya sentido que el Estado mantenga una política penitenciaria concebida como un arma más de la lucha antiterrorista. Los presos de ETA deberán entonces recibir el mismo trato que los demás reclusos, sin excepcionalidades ni rigores que ya no se podrían justificar con argumento alguno. Estos pasos todavía pendientes tienen poco que ver con la seguridad del Estado, ya que no hay que temer una reviviscencia de aquella lacra, pero sí contribuirán a la paz en el País Vasco, que todavía no es completa y que requiere el restablecimiento de una confianza superadora del conflicto que debe provenir del desarrollo tranquilo de la normalidad en todos los frentes.