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La reconstrucción del PSOE

El problema de las soluciones traumáticas en política es que dificultan enormemente las reconciliaciones. Y la implosión del PSOE consiguió el objetivo que pretendían sus promotores, pero ha generado problemas nuevos de envergadura, básicamente relacionados con la supervivencia del histórico partido socialdemócrata y con la propia gobernabilidad. La ruptura ha hecho aflorar dos visiones del PSOE. Una de ellas, la tradicional, enemiga de la apertura, de las elecciones primarias y de la participación de las bases en la elección de los dirigentes y de los candidatos; los barones que capitanearon la rebelión contra Pedro Sánchez han manifestado que semejantes concesiones no forman parte de «la cultura del PSOE». La otra, la derrotada, apuesta por la democratización, aunque con poca fortuna. Esta fractura, que quedó de manifiesto el sábado con el abandono del escaño por Sánchez y la quiebra de la disciplina de voto de quince diputados, influye también en la gobernabilidad, toda vez que, como Rajoy ha manifestado con preocupación, de nada valdrá un Gobierno que no pueda gobernar, que no consiga reunir la mayoría absoluta que precisan determinadas leyes. Javier Fernández, presidente de la gestora, tan impresionado por la dura presión de Podemos como por las críticas de sus adversarios internos, ya ha explicado en todos los tonos que la colaboración con el PP empieza y concluye en la investidura, y no es probable que cambie de opinión desde su frágil posición subalterna. Antes o después, el PSOE debe recomponerse mediante un congreso -la gestora está en una posición jurídicamente débil con los estatutos en la mano- y unas primarias para la elección del secretario general, que podría ganar de nuevo Sánchez. Frente a esta opción, los barones encabezados por Díaz avisan de que el congreso puede tardar en llegar. lo que no resuelve ninguno de los dos problemas mencionados: el PSOE seguirá deslizándose hacia la irrelevancia, sin discurso ni capacidad de decisión, y el PP continuará sin interlocutor solvente, lo que podría llevarnos a unas nuevas elecciones a partir del 3 de mayo, fecha en que, cumplido un año de la anterior disolución, Rajoy ya podría disolver las cámaras.