Hoy

Cinco años sin terror

  • ¿Qué pasó en la Euskadi de la violencia? Diferentes voces aportan su relato en el 5º aniversario de la paz

El 20 de octubre de 2011, hoy hace cinco años, ETA decretó el «cese definitivo» de su actividad armada. Este periódico reúne a cuatro ciudadanos que vivieron de cerca y sufrieron los años más duros de la violencia terrorista para que relaten lo que ha sido para ellos este periodo en paz. Otros muchos han preferido guardar silencio y no aparecer en este reportaje.

Las últimas víctimas de la banda terrorista cobran un protagonismo especial en el análisis. Antonio Salvá, padre de Diego Salvá, última víctima de ETA en España junto a su compañero guardia civil Carlos Sáenz de Tejada, recuerda «minuto a minuto» lo ocurrido aquel trágico 30 de julio de 2009. «No se me olvidará nunca». Fue el día en el que ETA atentó por primera vez en Mallorca y asesinó a su hijo Diego. Antonio tiene la sensación de que «han pasado los años y todo sigue igual, salvo que los terroristas ya no matan». «El odio hacia España aún sigue ahí y mientras exista ese caldo de cultivo, ETA puede resurgir», considera. «Lo que sería un sinsentido en la Europa actual», añade.

Rubén Puelles es hijo del policía nacional Eduardo Puelles, asesinado el 19 de junio de 2009. Fue la última víctima mortal de ETA en Euskadi.«Hay personas a quienes les da igual lo que le haya pasado a los demás», reprocha. «En las fiestas sigue habiendo fotografías de terroristas por todos lados, se homenajea a presos en los colegios e incluso en las redes sociales tienes que ver cómo alguien de Cádiz, que no sabe ni de qué va la historia, aplaude a ETA», enumera.

Marta Buesa, hija del dirigente socialista Fernando Buesa, asesinado por ETA en febrero de 2000 con una bomba que también mató a su escolta, Jorge Díaz, considera que el final del terrorismo debería llevar aparejado «un nuevo tiempo». «Pero hemos vivido con un miedo tan férreo que seguimos en esa inercia de callar lo ocurrido y eso no puede ser. Si queremos una convivencia sana debemos afrontarlo», defiende. A veces me pregunto cuántas personas de EH Bildu han estado delante de una víctima de ETA y han escuchado su testimonio. Quizás deberíamos empezar por ahí», apostilla.

Cuando ETA declaró la tregua de 1998 Mari Carmen Hernández «intuía» que no era el final. «Te tranquilizabas, te alegrabas porque paraba la persecución por un tiempo, pero se notaba en el ambiente que habría más». Maldita sensación. Poco después, en el 2000, un pistolero asesinó a su marido, Jesús María Pedrosa, en el centro de Durango mientras poteaba con la cuadrilla. Un tiro en la nuca. A pesar de las advertencias, el concejal del PP no había aceptado llevar escolta y siempre realizaba el mismo recorrido por el casco antiguo de bar en bar. En el último lustro Mari Carmen Hernández ha sido abuela y está volcada en cuerpo y alma en su familia. Celebra con especial énfasis que la futura generación pueda crecer «sin el miedo a que haya más muertos». Lo considera prioritario, pero se niega a aceptar la estrategia de la izquierda abertzale. «Quieren hacer pensar que todo aquello ya pasó, que hay que darle carpetazo sin más, pero no. Las heridas se tienen que cerrar o esto no acabará nunca».