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El dilema socialista

La posibilidad de facilitar con condiciones al PP el Gobierno del Estado debió haber sido considerada por el PSOE tras el 20-D porque constituía una opción razonable si, como realmente sucedió, no llegaba a cuajar una coalición de centro-izquierda. Sin embargo, el Comité Federal del 28 de diciembre negó unánimemente aquella posibilidad, si que ni un solo barón tuviera los arrestos de plantearla. El resto de la historia es conocida: el bloqueo de la gobernabilidad provocado por el «no es no» que a fin de cuentas seguía siendo la actitud del comité federal, junto a otros factores, terminó sumiendo al PSOE en la mayor crisis de su historia democrática. La gestora que se ha hecho cargo del PSOE es consciente de que, después de la implosión del partido, sería absurdo que no se cumpliera el objetivo de dar paso a un Gobierno. Pero, además, esta salida es ineludible porque unas terceras elecciones serían letales para el PSOE y obligarían a celebrar unas primarias para designar candidato que podría volver a ganar Pedro Sánchez. Sin embargo, no es fácil dar el paso, dadas la cerrada oposición de las bases -embarcadas en varias iniciativas de recogida de firmas y de búsqueda de apoyos para convocar un congreso- y la oposición de varios líderes territoriales. Además, planea el riesgo de ruptura, ya que algunas federaciones, como la catalana que acaba de confirmar a Iceta como primer secretario, han anunciado que no se abstendrán sea cual sea la consigna de Ferraz. Así las cosas, la decisión será dolorosa, y lo lógico es que el esfuerzo se haga de la manera más incruenta posible. Parece descartada la idea de que se abstengan los 85 diputados socialistas, algo que se interpretaría como un apoyo objetivo al PP, y que lo hagan sólo los once diputados que son necesarios para que en segunda investidura el futuro jefe de Gobierno obtenga más síes que noes. De este modo, se evitará que el PSC y quienes con más beligerancia pelearon por el no hayan de cambiar su voto o vulnerar la disciplina de partido. Será un mal trago para el PSOE pero su futuro político dependerá no tanto de este gesto cuanto del acierto con que gestione su influencia sobre el Gobierno durante la próxima legislatura.