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TRIBUNA

Educación y sociedad

PARA comprender la sociedad en que vivimos y entender las principales características de la civilización occidental, es preciso retroceder hasta la Grecia del primer milenio a. de C. En ella se establecieron las bases de la democracia, del conocimiento occidental y se desarrollaron disciplinas como la historia, la filosofía, las matemáticas, el derecho, el teatro, la medicina y la geografía. La educación occidental se asienta sobre la 'paideia' griega, la educación a través de la transmisión de valores (saber ser) y saberes técnicos (saber hacer), que será asimilada por los romanos. En la Edad Media el cristianismo mantendrá el legado clásico, que recuperemos plenamente en el Renacimiento con el Humanismo, continuado por el 'disciplinarismo pedagógico' (un hombre sano porque es necesario, instruido porque es útil y moral porque es digno) y la Ilustración: 'Sapere aude' (atrévete a saber). Con la educación contemporánea nacerán los actuales sistemas educativos, organizados y controlados por el Estado que universalizará el derecho a la educación.

Nunca había sido tan marcado el abismo entre dos generaciones como ahora. Mientras los niños hacen sus deberes en Internet y crecen sumergidos en las redes sociales, los adultos y profesores siguen aplicando una educación anquilosada, basada en formas de vida de hace dos siglos, sometida a la presión de los resultados académicos y a las agendas políticas. Las necesidades de un adulto para vivir en sociedad no son las mismas que hace 50 años, ni lo son tampoco las condiciones de vida de los adolescentes, ni las tecnologías que nos rodean y con las que vivimos. Sin embargo, los programas educativos han cambiado muy poco en el último siglo. La educación sigue en un periodo de transición entre la sociedad industrial y la sociedad de la información. Pero si obviamos los cambios precedentes y venideros, como la creciente tecnologización del aula, siguen siendo tres los elementos necesarios e inmutables en la educación: docente, alumno y familia.

La experiencia educativa enseña que la igualdad de oportunidades sigue siendo un mito. No basta la educación pública para que exista automáticamente la igualdad de oportunidades. En la práctica, las costumbres, los hábitos, las mentalidades, los estereotipos y sobre todo, las diferencias económicas, siguen discriminando a unos y a otros, aun cuando exista voluntad de superar las desigualdades. Ahí es donde la educación puede tener un papel primordial. El respeto al diferente, sea por su color de piel, por sus recursos económicos, sus capacidades... es también un hábito que se adquiere, como todos los hábitos, por la repetición de actos, por la insistencia en comportamientos dirigidos a desterrar cualquier forma de separación del diferente por el simple hecho de ser distinto. La familia, la escuela y los centros educativos son los espacios idóneos para la formación de tales hábitos.

¿Por qué decidimos ser docentes? Sea como maestros o sea como profesores, es una vocación basada en la convicción de que tenemos la responsabilidad de cambiar las cosas, de que podemos mejorar nuestra sociedad a través de la educación, en un viaje de descubrimiento hacia el conocimiento, siendo guía y ayuda en el camino del aprendizaje, de la experiencia, del crecimiento personal y académico de nuestros alumnos. Nos encanta el conocimiento, la investigación y hallar cosas nuevas. Pero en demasiadas ocasiones nos encontramos con una burocratización ajena a la práctica docente, una falta de recursos humanos que socava y agrieta nuestro sistema educativo público. Necesitamos una infraestructura que se adecue a las nuevas necesidades, que se renueve y revise de forma continua para optimizar espacios y materiales.

Nuestro trabajo diario en el aula se complementa con la labor educativa de las familias con sus hijos. Debe existir una implicación de las familias en la educación, debe crearse una relación de confianza con los docentes, ya que padres y docentes compartimos el mismo objetivo: educar para la vida. Hemos de mantener y acrecentar la comunicación entre docentes y padres para conseguir mejorar el mundo de nuestros alumnos; y sobre todo orientarles en su futura formación. Mantener un vínculo estrecho y de participación tiene un impacto positivo en sus resultados educativos.

Nuestros alumnos disponen de unas referencias diferentes a las nuestras, tienen otras demandas a las que nuestro sistema educativo no siempre responde correctamente, con distintas problemáticas que han sido agravadas por la universalización de la educación. Tal vez deberíamos pensar si la metodología y oferta educativa que les ofrecemos es la más adecuada para nuestra cambiante sociedad.

El profesorado no dispone de muchos recursos ni ayudas para manejar la nueva realidad que se presenta en nuestros centros: necesita nuevas medidas metodológicas, flexibilizar espacios y tiempos, reducir el número de alumnos por grupo, organizar los apoyos que sean necesarios, y todas aquellas otras medidas que necesitan del desembolso económico suficiente de las administraciones educativas.

Aquella sociedad que perciba con claridad cuáles van a ser las necesidades prioritarias en un futuro próximo, será la que esté en primera línea de salida para responder, de la mejor manera posible, a las nuevas demandas que van a surgir de la propia evolución de la sociedad. Contar con una infraestructura tecnológica adecuada, tanto en la propia comunidad como en los centros, organizar y crear espacios de aprendizaje que superen el margen estrecho del centro educativo, apoyar con recursos adecuados la atención de todos aquellos alumnos con problemas, tanto en la enseñanza obligatoria como cuando salen del sistema, contar en los centros con un profesorado que entienda las nuevas tendencias y necesidades de los alumnos, serán, entre otros aspectos, cuestiones que van a diferenciar aquellas sociedades que apuestan por el futuro de las que se quedan estancadas en modelos anacrónicos.