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Las alegrías muertas

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Bomberos, policias y personal sanitario rescatan a las víctimas en el lugar de la tragedia / Afp

  • ACCIDENTE DE TREN EN GALICIA

  • Un año después de la tragedia, la aldea de Angrois pelea por sacudirse los malos recuerdos que la han colocado en la memoria negra de España

  • Los afectados sobreviven con la esperanza de que se haga justicia

Se presentó en la aldea de Angrois cinco días después del accidente. El hombre vestía bien y llevaba una especie de hisopo para bendecir bajo el brazo. Prometió limpiar Angrois de los espíritus de los muertos porque, aseguró, tenía trato directo con sus fantasmas. «Pero el único fantasma era él», replica Pilar Lamos, 30 años detrás del mostrador de O Teré. Lo echaron a patadas.

Este año no fue plato de gusto para los vecinos de Angrois. «Ha sido un sacrificio vivir aquí; muy duro, muy duro... Te vienen los familiares, te cuentan sus penas y tú aguantas y lloras con ellos. Te tocan, te dan un beso... y se van contentos. Pero todas esas penas me las quedo yo», se lamenta la mujer en este espacio antiguo y vacío decorado con vetustas botellas de Rioja, fotografías de batidas de caza y viejas alineaciones del Real Madrid y del Dépor.

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  • Los afectados sobreviven a la espera de justicia

Pilar es la encargada de cumplir las mandas. De ponerles agua a las rosas blancas que dejan los familiares, de proteger los cirios de la lluvia bajo un banco, de volver a prenderlos cuando escampa, de retirar los ramos ya marchitos... «Sobre todo recuerdo a un señor mayor, de unos 80 años. Venía todos los días a la valla y se pasaba media hora llorando agarrado a ella. Un día le pregunté qué le pasaba. Calló. Se me acercó al cabo de dos meses. 'Quería darle una explicación y hasta ahora no pude: aquí me murió la hija y la nieta y yo me quedé solo'».

Angrois, un nombre cosido a la memoria del dolor, es una aldea partida en dos por el trazo mecánico de la vía férrea. Esta isla verde, con sus castaños y sus vacas a tan solo 10 minutos a pie del Hipercor de Santiago, quiere sacudirse esa especie de luto perpetuo que vino a instalarse aquí la víspera del Apóstol a 179 kilómetros por hora.

Siempre hay movimiento en el lugar de la tragedia: grupos de peregrinos que llegan por la Ruta de la Plata se detienen y rezan en el lugar, curiosos observan las notas manuscritas ('Celtia Uxia tu abuela Tete no te olvida'. 'Nunca nos olvidaremos de los que pagaron con su vida los errores de otros'), las decenas de pulseras y cabos atados en la verja, el cachirulo maño deshilachado por el viento y la lluvia o la camisetita marrón con el lema '43 muertos+47 heridos=0 responsables' que recuerda el accidente de Metrovalencia...

Hace unas semanas, relata Pilar Lamos, vigía permanente de este enclave, hasta apareció en el puente que domina la curva de A Grandeira un grupo de indios americanos: Rodearon el crucero de piedra morena que recuerda la fecha y danzaron a su alrededor, «con mucha educación» y ante la mirada de una patrulla de la Policía Municipal que les dejó ulular mientras batían sus lanzas grandes y sus penachos de plumas. Angrois es una suerte de sumidero metafísico del dolor.

«Fue criminal. Esta casa tembló toda. Estábamos aquí, falando con Xuxo Zas, rebobinando la película de vaqueros que acababan de dar en la tele. Salimos y encontramos el vagón en la marquesina, ferro contra ferro. Metía miedo. Empezó a echar fuego y humo negro. 'El tren, el tren...', gritamos. Aquí delante había cuatro muertos. Vimos cabezas, cachos de carne... Y luego un silencio terrible», dice Manolo, a quien llaman 'Mourullo'.

Todos tienen aquí un recuerdo abrumador de aquellas horas. Chicos «duros» de 15 años que se metieron de cabeza en los vagones a sacar heridos y muertos, vecinos como Anxo Puga que, medio descalzos, acarrearon tablones, mantas, sábanas y agua en mitad del horror. «El tren era como un puzle de seis piezas que no era capaz de comprender», dice Anxo.

Hija y cuñada de la tragedia

Esperanza Fernández Iglesias («hija, cuñada y hermana de una tragedia», se presenta en Whatsapp) esperaba en la estación de Santiago, embarazada de seis meses y medio. «Siempre lo anuncian dos minutos antes y, al poco, asoma el morro... Estaba mirando para las vías cuando oí un revuelo en el hall. En ese momento empieza el guion de una película de terror: la incertidumbre, la espera, el horror... Llamé a sus teléfonos. El de mi padre, Isidoro, que venía al bautizo de mi primer hijo, nunca sonó...». Los recuerdos se agolpan en la voz de Esperanza que revive cada instante hasta el mínimo detalle: los quesos de Malagón que su difunto padre, un manitas de Tirteafuera (Ciudad Real) al que llamaban 'El Pintas', cargaba siempre que visitaba a su hija, el fajo de billetes en la cartera que nunca apareció para pagar el bautismo del nieto, la tarjeta amarilla de evacuación que recibió su hermano Isidoro... Isidoro, el artista, el grafitero que ahora hace el Camino y que pasó meses de morfina ingresado en la Unidad de Quemados. Isidoro, que ha dedicado un inmenso mural en Santiago a la memoria de su chica, Marta Jiménez, una chiquilla que adoraba las mariquitas... «Solo siento desolación y pérdida, rabia... Desde entonces lloro por todo. Nos rompieron las ilusiones. Todo esto me pesará un día. Sobre todo me duele... que no pude despedir a mi padre. Pero bauticé a mi hijo de todas maneras. El sábado 27, como habíamos previsto», remacha.

«Sí, trabajamos con personas que estaban pasando por el peor momento de sus vidas», susurra frente a un vaso de agua helada Ana Martínez Arranz, la psicóloga que coordinó el apoyo a las víctimas, la comunicación de los fallecimientos, los ámbitos de recogimiento y soledad para los familiares en aquella noche de negra sombra.

Un hombre deposita unas flores en la verja del puente de la curva de A Grandeira en Angroís

Un hombre deposita unas flores en la verja del puente de la curva de A Grandeira en Angroís / Efe

En Angrois, al atardecer, un vecino nos muestra un libro con fotografías nunca publicadas de la tragedia. Es cualquier cosa menos agradable. Volvemos la vista hacia los tres castaños enormes del otro lado de las vías, donde irá el futuro parque infantil por el que pelean estos vecinos a quienes se ha propuesto para el Príncipe de Asturias de la Concordia y que, en cuanto les dejemos, volverán a la plácida vida de la aldea, a sus magostos de 'caña' y a sus carnavales. «Hicimos lo que se hace aquí siempre. Cuando un viejo se cae en la calle corremos a levantarlo. Lo del tren fue así también».

A Isidoro Castaño se le murieron los viajeros en las manos. «Pero no somos ni héroes ni ángeles ni leches», se enfada Martín Rozas. «Lo peor fue que una mano te tiraba de una pierna. Tienes que elegir. Tienes que ser dios, decidir quién va a vivir y quién se queda dentro del tren. Yo no sé lo que es la guerra, pero muy distinto a aquello no debe de ser», dice con la mirada perdida en un pequeño limonero del jardín por donde su abuela, enlutada, pasea sin fatiga con una varilla de junco en la mano. «Aquí no se habla del accidente para nada, los psicólogos dicen que no es buena cosa. Ya lo superaremos nosotros solos», cabecea.

Nadie se sienta en O Soutiño

En Angrois es muy fácil caer en la truculencia, en el morbo. Manolo Fernández Otero, carnicero y matarife en el mercado, relata escenas que ponen los pelos como escarpias: el hombre que muere como los carneros, golpeándose la cabeza contra el cemento, o aquel chaval que habla como si tal cosa, pero con el cráneo abierto, con su novia muerta. «Después de aquello, lo que me echen. ¿Qué más puedo ver ya en mi vida?», se lamenta.

Uno de los vagones saltó el parapeto y vino a depositarse en lo que las gentes de Angrois llaman pomposamente la plaza, apenas unos pocos metros cuadrados de asfalto limitados por el muro de cemento que cerca una casa. Durante muchos meses ningún vecino quiso sentarse en los tres bancos de madera que se plantaron en el punto mismo donde cayó el vagón, en O Soutiño. Hoy ya sí.

En su casa de Barollobre (Fene), a cinco kilómetros de Ferrol, Lidia Sanmartín Novo sueña con el día en que pueda ponerse de nuevo su traje de bailar, con el dengue rojo y negro, el mantón de Manila y los bordados ricos de azabache. Gaitera, pandereteira y abogada en Madrid, a Lidia (32 años) la colisión le partió seis costillas. Pulmones perforados. Todavía no puede ni hinchar el fuelle. Y las tres fracturas abiertas y sucias de tibia y peroné la han sometido a una reeducación para poder andar de nuevo. «Ha sido un año más largo que ningún otro. Hoy quiero ser lo que era, una persona libre e independiente. Entonces lloraré lo que no he llorado todavía», dice.

La peor de las pesadillas de Julián Álvarez, jefe de anestesistas del Hospital Clínico de Santiago, cobró vida hace un año en la curva de A Grandeira. «Mi gran temor de siempre fue un accidente múltiple. La angustia de nuestra profesión es caer en desasistencia, no poder atender a heridos críticos por falta de medios. No fue así. Me sorprendí de lo buenísimo que es este hospital y de la entrega de sus profesionales. Hasta hubo enfermos que pidieron el alta voluntaria para dejar sus camas libres. Fue terrible, pero aprendimos muchísimo. En invierno yo voy en ese tren...», dice Álvarez.

Este magma de vida y muerte, de recuerdos sombríos e ilusiones esperanzadas, late en los miles de personas que, de un modo u otro, han quedado tocadas para siempre por la tragedia de Angrois. Cristóbal González Rabadán recorre estos días el Camino de Santiago en bicicleta junto al amigo que hizo en la ruta el pasado año, Óscar Luis Mateos, un guardia civil en excedencia y profesor ahora en Coria. González Rabadán preside Apafas, una de las plataformas de afectados, y fue uno de esos temerarios salvadores que ayudaron a evacuar los vagones. «Lo recuerdo todo, como si acabara de suceder ahora mismo», dice este antiguo capitán de Aviación que ocupaba el asiento número 9 del primer vagón. «'Jodé, qué rápido va esto', le dije a Óscar. 'Esto descarrila'. 'Imposible', me respondió. Y nos dimos un golpetazo contra el muro de cemento. Recuerdo sobre todo los chispazos.

Vista aérea del lugar lugar donde ocurrió la tragedia

Vista aérea del lugar lugar donde ocurrió la tragedia / Afp

El panorama era dantesco. Óscar estaba en la otra punta. La gente del vagón chillaba, lloraba, pedía ayuda... Lo primero que pensé fue en salir. Temía que el vagón ardiera o reventara. Pero cuando ves personas debajo de tus pies pidiendo ayuda, decidí no irme.... Ves lo que no has visto antes. Un silencio largo y, luego, los gritos. Una mano me agarró el tobillo. Era una mujer, le dije que no se preocupara, que ella iba a salir de allí antes que yo... 'Dios te tenga en la gloria', dijo».

Hoy González Rabadán, con su maillot ciclista, pedalea camino del Apóstol. «Ha sido un año nada fácil. Estoy desmotivado, sin ilusiones... Un recuerdo te hunde. Por mí me hubiera ido a un monasterio. ¿Qué pinto ya en esta vida?», se pregunta.

«Lo que me quedará para siempre es aquel olor. Plástico, humo... la oscuridad y el silencio», recuerda ahora Ismael Taboada, uno de los primeros voluntarios de Cruz Roja que llegaron a Angrois. «Entre nosotros se ha creado un vínculo especial, compartir aquella experiencia tan extrema nos ha transformado. Solo los que estuvieron allí saben lo que vivimos», sostiene Taboada junto a una de las cinco ambulancias que participaron en las evacuaciones.

Un hijo en el andén

Desde esta esquina de la barra de O Teré se ve la curva donde a las 20.40 horas del miércoles 24 de julio descarriló a 179 kilómetros por hora el Alvia 04155 que cubría la ruta Madrid-Ferrol. Hubo 79 pasajeros muertos y 147 heridos. Al caer la tarde, media docena de parroquianos se toman unos botellines de Estrella Galicia a la fresca. A la vuelta de la esquina están los homenajes y las medallas. Ellos ya han declinado asistir el día 24 a la ceremonia organizada por la Xunta, pero estarán el 25 junto a los Reyes en Santiago. Solo quieren pasar página, enterrar de una vez y para siempre esos malos recuerdos y la tristeza infinita que como una mala niebla se cierne sobre la aldea.

Pero no solo allí. Ángel Pinacho había acercado aquel día hasta la estación de Chamartín a su madre, María del Pilar Sastre (66), funcionaria jubilada del Ministerio de Trabajo. «Comimos en la cafetería y le ayudé a bajar la maleta al andén. Fue la última vez que la vi con vida», dice. «Teníamos mucha relación porque soy hijo único y mi padre murió hace 10 años. Estaba en la piscina con mis hijos cuando me enteré. Cogí un billete en Ryanair con Rumbo. Con las reservas hechas triplicaron el precio... No tenía confirmación de que mi madre estuviera entre las víctimas. Llegué al pabellón. Silencio. Solo oía los llantos. Fue un momento tremendo. Desde entonces, toda la familia está tratando de asimilar su muerte. Lloro. Lloro a menudo. El jueves habrá un homenaje a las víctimas en Angrois. Pero no creo que esté preparado para estar en esa curva maldita...».

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